Su esposa por un año

Capítulo 26: Cenizas y verdades

La música se detuvo, pero el zumbido en mis oídos continuó durante un buen rato. Tardé un par de segundos en procesar que ya no nos movíamos y que la mano de Nicolás se apartaba despacio de mi espalda, dejando una estela de frío justo donde antes ardía su tacto. La pista del Ritz seguía llena de parejas, pero para mí el espacio se había vuelto diminuto, asfixiante, cargado de una electricidad que no sabía cómo manejar.

—Necesito ir al baño —atiné a decir, con la voz un poco ronca, intentando no mirarlo directamente a los ojos.

Él asintió con la cabeza, manteniendo esos ojos oscuros fijos en mí, como si leyera con perfecta claridad el caos que me estaba pasando por dentro.

—No te demores —pidió en voz baja, con un tono que sonaba extrañamente protector—. Te espero cerca de la entrada principal.

Caminé hacia los baños del hotel con paso apresurado, huyendo de la pista, de las miradas de los invitados y, sobre todo, de la intensidad de ese momento. Me encerré en el tocador y me apoyé contra el mármol del lavabo, respirando el aire frío del lugar. El espejo me devolvió la imagen de una mujer que apenas reconocía: tenía las mejillas encendidas, las pupilas dilatadas y el labial levemente corrido por la cercanía de sus susurros.

Me pasé las manos mojadas por el cuello, intentando calmar el ritmo de mi corazón. Lo que Nicolás me hacía sentir era completamente nuevo y peligroso. No era solo atracción física ordinaria; era la forma en que me desarmaba con una sola palabra, la manera en que me hacía dudar de dónde terminaba el contrato y dónde empezaba la maldita realidad. Yo no sabía cómo reaccionar ante un hombre así. Ante alguien que me miraba como si me conociera de toda la vida y, por alguna razón que no lograba comprender, decidiera quedarse a mi lado para protegerme del mundo.

Respiré hondo un par de veces, me retoqué el maquillaje con dedos temblorosos y me obligué a salir. Ya había tenido suficiente agitación por una sola noche y lo único que quería era que los minutos pasaran rápido para poder marcharme.

Pero la pesadilla de la gala todavía no había terminado.

Apenas puse un pie en el pasillo alfombrado, un espacio largo y solitario que conectaba los salones con los baños, una silueta conocida me cortó el paso de golpe.

—Mercedes. Al fin sales. Necesitamos hablar.

Gabriel. Olía a whisky a un metro de distancia y tenía la corbata un poco torcida, señal de que se había estado pasando de copas en la barra libre. Sus ojos fijos en mí delataban que había estado esperando el momento exacto en que me quedara sola para poder emboscarme sin que Nicolás interfiriera.

—No tenemos nada de qué hablar, Gabriel. Hazte a un lado ahora mismo —dije, manteniendo la voz lo más firme posible, aunque por dentro la rabia empezó a ganarle terreno a los nervios.

—No me voy a quitar. Tienes que escucharme, Mercedes, aunque sea un minuto —insistió, dando un paso al frente de manera amenazante.

Intenté rodearlo por la derecha, pero se movió rápido, anticipándose a mis intenciones. Con su estatura y su cuerpo robusto me bloqueó por completo contra la pared del pasillo, acorralándome. La cercanía de su cuerpo y su aliento me revolvieron el estómago de inmediato. Ya no sentía el miedo paralizante de antes, ese que me dominaba en la clínica, solo un profundo y absoluto asco.

—Suéltame y déjame en paz de una vez —le siseé, clavándole la mirada con toda la hostilidad que pude reunir—. Ya no tienes que fingir nada conmigo, Gabriel. Me quedó claro lo que hiciste. Tienes el camino completamente libre con Camila. Quédate con ella, disfruten de su maravillosa farsa y déjame tranquila.

—¡A mí no me importa Camila! —soltó él en un arranque de desesperación, con la voz arrastrada y los ojos fijos en mis labios—. Esa mujer es una víbora envidiosa, Mercedes. Lo sabes perfectamente. Yo te amo a ti... Lo que pasó entre nosotros fue un error estúpido, ella no significó nada para mí en ningún momento. Me dejé llevar por la presión de tu madre, por el estatus, pero eres tú la única que me importa. Volvamos a empezar, lejos de toda esta gente. Sé que todavía me quieres.

—¿Ah, sí? ¿Eso es lo que soy para ti, Gabriel? ¿Una víbora envidiosa que no significa nada?

La voz de mi hermana cortó el aire del pasillo como una cuchilla afilada.

Camila apareció desde la esquina con la cara desencajada, pálida de la furia. Había estado siguiéndolo y había escuchado cada una de sus palabras. Se abalanzó sobre Gabriel con los puños cerrados y lo empujó con fuerza para apartarlo de mí. Él retrocedió un par de pasos, completamente acobardado por la sorpresa, intentando balbucear una disculpa sin sentido que ella no lo dejó terminar.

Camila se giró hacia mí de inmediato, temblando de rabia de pies a cabeza, descargando todo el veneno que llevaba guardado desde que entramos al Ritz.

—¿Te das cuenta de lo que eres? Una mosquita muerta, una oportunista —me escupió, dándome la cara con los ojos llenos de lágrimas de frustración—. Siempre metiéndote en lo que es mío, siempre buscando la forma de sabotearme. Primero arruinas mi relación y ahora te crees superior porque estás colgada del brazo de Nicolás Fernández. ¡Por favor! Siempre supe que eras una arrastrada, Mercedes. ¿Qué trampa hiciste para convencerlo? ¿Qué tuviste que ofrecerle en privado para que un hombre como él se fije en alguien tan insignificante como tú?




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