El viaje de regreso en el auto fue completamente silencioso, pero no era un silencio incómodo, sino uno denso, cargado de todo lo que habíamos dejado flotando en el pasillo del hotel Ritz. El motor del coche de Nicolás apenas emitía un ronroneo apagado, y el paisaje nocturno de la ciudad pasaba como ráfagas de luz borrosas a través de la ventanilla. Yo mantenía la mirada fija en el exterior, pegada al vidrio, intentando por todos los medios que él no notara el nudo que traía en la garganta ni los ojos contenidos.
La adrenalina de la gala estaba bajando de golpe, y con el frío de la madrugada empezaba a caer el peso de la realidad.
Nicolás manejaba con una calma imperturbable, con una mano firme al volante. Sin embargo, a mitad del camino, sin apartar los ojos de la carretera, estiró la mano derecha y la puso sobre la mía, que descansaba tensa en mi regazo. No dijo nada. No me pidió explicaciones ni me presionó para que hablara. Solo dio la vuelta a mi palma y entrelazó sus dedos con los míos, apretándolos con suavidad para darme calor. Ese simple gesto, ahora que estábamos completamente solos, sin cámaras, ni contratos, ni público mirando, me dolió de una forma extraña. Me dolió porque se sentía demasiado real para ser una farsa.
Cuando entramos a su casa, el peso de la seda azul de mi vestido se sintió como una armadura incómoda. Me quité los zapatos de tacón en la entrada con un suspiro de alivio y caminé descalza sobre la madera fría hasta el sillón de la sala, dejándome caer en el tapizado. Me abracé a las rodillas, apoyando la barbilla en ellas, de repente sintiéndome muy pequeña en medio de la enorme estancia.
Escuché los pasos de Nicolás acercarse. Se había quitado el saco del esmoquin y la corbata; se había desabrochado los primeros tres botones de la camisa blanca, remangándose los puños hasta los antebrazos. Apareció en la sala sosteniendo dos vasos de agua y se arrodilló frente a mí, quedando a mi altura en lugar de sentarse a mi lado, un detalle que me obligó a levantar la cabeza. Me tendió el vaso.
—Toma —diqueta con esa voz baja, profunda, que de inmediato lograba calmarme el pulso—. Bebe un poco. Te va a hacer bien para pasar el mal trago.
—Gracias —murmuré, tomando el cristal con dedos que todavía amenazaban con temblar. El agua fría me ayudó a deshacer el nudo de la garganta—. Siento mucho el espectáculo de hace un rato, Nicolás. Sé perfectamente que nuestro contrato era para ayudarte con tu imagen pública y terminar con los rumores de la prensa de negocios, no para que tuvieras que cargar con mis dramas familiares en mitad de una gala tan importante.
Nicolás dejó su vaso en la mesa ratona y, en lugar de levantarse, se acomodó en la alfombra, apoyando la espalda contra el sillón, muy cerca de mis piernas pero respetando mi espacio. Me miró con esa fijeza oscura que parecía leer mis pensamientos más ocultos.
—No me pidas disculpas por eso, Mercedes. Jamás —respondió con una seriedad absoluta—. De hecho, me alegra haber estado ahí para poner a ese tipo en su lugar. Lo que no me gusta es verte así. Estás temblando, tienes la mirada perdida y dudo mucho que sea por el frío de la noche.
Su nivel de atención me desarmó por completo. Un hombre común habría dejado pasar el momento o habría hecho un comentario incómodo, pero él estaba ahí, leyendo cada uno de mis silencios. Miré el agua en mi vaso y sentí que la última barrera de orgullo que me quedaba se rompía. Estaba cansada de fingir que era de piedra frente al mundo.
—No es por Gabriel —confesé en un hilo de voz, y una risa amarga, sin pizca de gracia, se me escapó de los labios—. Todo el mundo en el hospital y en mi círculo piensa que lo que me destruyó fue que él me engañara. Y sí, claro que dolió, el cinismo de descubrir que el hombre con el que planeabas una vida te miente en la cara es horrible. Pero la verdad es que lo de Gabriel solo fue la gota que derramó el vaso. Lo que de verdad me rompió... lo que me ha roto toda la vida, es Camila. Es mi madre.
Nicolás no me interrumpió. Se limitó a escucharme, con una atención tan pura y genuina que me hizo sentir el centro de su universo en ese instante.
—Camila siempre hizo eso —continué, y sentí la primera lágrima rodar por mi mejilla, aunque me la limpié rápido con el dorso de la mano—. Desde que éramos niñas. Si yo obtenía una buena calificación en la escuela, ella armaba un berrinche monumental hasta que mi madre le compraba algo mejor para que no se sintiera opacada. Si yo destacaba en algo, mi madre siempre encontraba la forma de recordarme que Camila era la hermosa de la familia, la que tenía futuro, la que merecía atención y ropa cara. Toda mi vida me trataron como si fuera un estorbo, como si mis logros en la facultad de medicina no valieran nada porque no encajaban en sus estándares superficiales de estatus.
Apreté el vaso con más fuerza, recordando el veneno y la burla en la voz de mi hermana en el pasillo del hotel.
—Cuando me enteré de lo de Gabriel, mi mayor dolor no fue perderlo a él —admití, mirándolo fijamente—. Fue darme cuenta de que Camila había ganado otra vez. Que había logrado quitarme lo único que yo creía que era puramente mío, solo por el maldito placer de demostrarme que podía hacerlo. Que para ellos, yo sigo sin ser nadie importante.
Me quedé callada de golpe, conteniendo el aire, asustada de haber soltado tanta vulnerabilidad. Esperaba que Nicolás dijera algo legal, un análisis lógico o un consejo práctico de esos que usan los hombres de negocios para resolver problemas.