Su esposa por un año

Capítulo 28: Sábado por la mañana

Me desperté con el sol dándome de frente en los ojos. Tardé un momento en ubicarme y recordar que ya no estaba en mi propio departamento, sino en la casa de Nicolás. La noche anterior todavía me daba vueltas en la cabeza; sus palabras firmes en el pasillo del Ritz y la forma en que me había limpiado la lágrima en el sillón me habían dejado las defensas completamente desarmadas.

Como era sábado y no tenía turno en el hospital, cambié el ambo médico por unos jeans gastados y una remera básica. Salí de la habitación de huéspedes y caminé por el pasillo principal. La casa es enorme, de techos altos y pisos de madera brillante, así que el silencio era absoluto hasta que bajé las escaleras y me acerqué a la zona de la cocina. Ahí, el olor a café recién hecho y el eco de unas risas limpias me indicaron dónde estaban.

Me asomé al umbral sin hacer ruido.

Nicolás estaba de espaldas a mí, frente a la cocina, sirviendo algo en un plato con movimientos pausados. Llevaba un pantalón de chándal gris y una remera negra lisa que le marcaba la línea de los hombros. Verlo así, descalzo, sin el traje impecable o el esmoquin de gala, me hizo dar un paso atrás por el impacto visual. Se veía demasiado real, demasiado accesible.

Sentada en una de las banquetas de la isla central estaba Martina. Su hija de cinco años hamacaba las piernas en el aire, con los ojos fijos en lo que su papá hacía mientras masticaba con entusiasmo.

—Te lo digo en serio, papá —decía la nena, apoyando los codos en el mármol—. El panqueque de ayer en el colegio parecía de plástico. Estos te salen muchísimo mejor.

—Es porque uso la receta secreta, princesa —le respondió Nicolás con una voz mucho más relajada y profunda que la que usaba habitualmente en el bufete—. Come tranquila y no hables con la boca llena.

—Buenos días —dije al fin, dando un paso hacia el interior de la estancia para no sentirme una intrusa.

Martina se giró de inmediato, regalándome una sonrisa enorme.

—¡Hola, Meme! Mira, papá hizo el desayuno para todos. Siéntate aquí conmigo, al lado mío.

Nicolás se dio la vuelta despacio. Me recorrió con la mirada de arriba abajo con una lentitud que me erizó la piel, se detenuvo un segundo de más en mis ojos y terminó esbozando una media sonrisa de lado.

—Buenos días, doctora —dijo—. ¿Café?

—Por favor, lo necesito —asentí, sentándome en la banqueta libre al lado de la nena.

Él dejó un plato con panqueques humeantes justo frente a mí y luego se estiró para alcanzar la cafetera. Me sirvió la taza en silencio. Negro, con un chorrito mínimo de leche fría. Me quedé mirándolo fijamente; no tuve que decirle ni una sola palabra sobre cómo lo tomaba. Se había acordado perfectamente por los días anteriores. Ese nivel de atención al detalle en un hombre como él era letal para mi cordura.

El desayuno pasó rápido y con un ritmo que me llenó el pecho de un calor extraño. Martina no paraba de hablar de sus dibujos animados favoritos, de sus tareas escolares y de lo que quería hacer durante el fin de semana. Nicolás la escuchaba con una atención absoluta, sin mirar el celular ni una sola vez. Se inclinaba hacia ella, le acomodaba los rulos rebeldes detrás de las orejas y le limpiaba una gota de miel de la mejilla con una servilleta, todo con una naturalidad tan tierna que me dejó ensimismada, mirándolo de más. Era un padre increíble, protector y presente, un contraste absoluto con el abogado implacable que todo el mundo conocía.

—Bueno, señorita —dijo Nicolás, dándole un toque suave con el índice en la punta de la nariz—. Ve a lavarte los dientes y a cambiarte si de verdad quieres que vayamos al parque más tarde.

—¡Voy corriendo! —Martina se bajó de la banqueta de un salto, pero antes de cruzar la puerta de la cocina, se detuvo en seco y miró a su papá con ojos suplicantes—. Papá... ¿podemos llevar a Meme con nosotros? No quiero que se quede sola.

Me quedé quieta, con la taza de café a mitad de camino a la boca. Miré a la nena y después busqué la mirada de Nicolás, sintiendo de inmediato que me estaba entrometiendo en su espacio familiar.

—Martina, tu papá seguro quiere pasar el día a solas contigo, mi amor —intervine rápidamente, intentando suavizar la situación—. Además, tengo que revisar unos informes pendientes del hospital y ponerme al día con el trabajo.

—Pero es sábado, Meme, no es justo que trabajes todo el día —protestó la nena, haciendo un puchero adorable—. Papá, dile algo. Dile que venga. Vamos los tres, por favor.

Nicolás dejó el repasador sobre la mesada y se apoyó contra la isla de mármol, justo enfrente de mi banqueta. Cruzó los brazos sobre el pecho, dejando a la vista los tatuajes del antebrazo que las camisas de vestir siempre ocultaban, y me clavó esos ojos oscuros e intensos.

—A mí me parece una excelente idea —dijo en voz baja, sosteniéndome la mirada—. De hecho, no acepto un no por respuesta, doctora. Te va a hacer bien salir a respirar un rato después de todo el movimiento de anoche.

Martina pegó un grito de alegría pura y salió corriendo por el pasillo hacia su cuarto, haciendo que sus pasos resonaran en toda la planta baja.

La cocina se quedó en un silencio repentino, espeso. Nicolás dio un paso hacia mí, rompiendo la distancia que nos separaba y obligándome a levantar la cabeza para poder mantenerle la mirada.




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