El llanto apagado de Martina me despertó a las tres de la mañana.
Me puse los pantalones de chándal a toda prisa y salí al pasillo a oscuras. Pero cuando abrí la puerta de la habitación de mi hija, me detuve en el umbral. Mercedes ya estaba ahí.
Llevaba puesto un pantalón cómodo y una remera holgada de entrecasa. Tenía a Martina sentada en su regazo en mitad de la cama, susurrándole palabras suaves mientras le acomodaba los rulos empapados de sudor. La nena estaba hirviendo, tiritando de frío a pesar del calor de su cuerpo. Mercedes sostenía el termómetro digital en una mano y una pequeña dosis de antitérmico en la otra.
—Tiene mucha fiebre —dijo Mercedes en voz baja sin levantar la mirada, concentrada en colocarle el termómetro—. Tranquilo, Nicolás. Es un virus común, pero la temperatura subió rápido. Voy a medirla bien y a darle esto para bajarla despacio.
Quise intervenir, tomar el control como suelo hacer siempre, pero la serenidad y la precisión médica con la que Mercedes se movía me dejaron inmóvil. El termómetro pitó marcando treinta y nueve y medio. Con una paciencia infinita, Mercedes le dio el remedio a Martina y se quedó en la cama junto a ella durante horas. No descansó ni un segundo. Preparó recipientes con agua tibia, aplicó paños fríos en sus muñecas y en su frente, y le habló con una dulzura tan profunda que Martina, entre sus delirios de fiebre, solo buscaba el contacto de sus manos.
Alrededor de las cinco de la mañana, la fiebre finalmente cedió. La respiración de Martina se volvió tranquila y profunda.
Salí un momento a la cocina a buscar agua y me quedé en la planta baja dando vueltas, sintiendo un peso extraño en el pecho. No era preocupación por la salud de mi hija; sabía que estaba en las mejores manos posibles. Era algo más. Algo que llevaba días gestándose y que amenazaba con romper todas mis estructuras.
Cuando volví a subir, las primeras luces del amanecer empezaban a filtrarse por las cortinas de la habitación.
Me acerqué a la cama sin hacer ruido y la imagen me golpeó directo en el centro del pecho.
Mercedes se había quedado dormida dentro de la cama, al lado de la nena. Estaban las dos profundamente dormidas, abrazadas. Martina tenía la cabeza apoyada en su pecho y un brazo rodeándole la cintura, aferrada a su remera como si fuera su refugio más seguro. Mercedes, incluso en sueños, la rodeaba con un brazo protector, resguardándola del frío de la noche.
El silencio de la habitación se volvió absoluto.
Me acerqué despacio, deteniéndome justo al borde del colchón. Las sombras del cansancio se marcaban debajo de los ojos de Mercedes, pero su rostro transmitía una paz inquebrantable. Lo había dado todo por mi hija. Sin pedir nada a cambio, sin contratos, sin cámaras, sin nadie mirando. Solo por la pureza de su corazón.
Me incliné sobre la cama, conteniendo el aliento. Mi mano se movió por instinto propio, levantándose despacio hasta rozar su mejilla. Deslicé el dorso de mis dedos por la suavidad de su piel dormida, apartándole un mechón de pelo que le tapaba la frente.
Mercedes soltó un suspiro tibio al sentir mi tacto, pero no se despertó. Se acomodó apenas un milímetro más cerca de mi mano, buscando instintivamente mi calor.
Me quedé congelado, mirándolas. Mirando la forma en que sus cuerpos encajaban, la manera en que Mercedes había llenado de vida, ternura y calor una casa que antes solo era un edificio elegante y vacío.
Y en ese instante, en la penumbra del amanecer, todo mi maldito control saltó por los aires.
Dios mío, esto ya no es ningún contrato.
La certeza me atravesó con un peso helado. Esta mujer se estaba metiendo en lugares de mi vida de los que no iba a poder salir, derribando en una sola noche las murallas que me había tomado años construir. Ya no había estrategia legal, ni excusas de prensa, ni límites profesionales que me sirvieran de escudo.
Me retiré unos centímetros con extrema lentitud, dejando que descansaran, pero sin quitarle los ojos de encima. Estaba perdiendo el control por completo. Y lo más peligroso de todo era que no tenía ninguna intención de recuperarlo.