Su esposa por un año

Capítulo 30: El desliz del corazón

El peso cálido de la luz del sol dándome en el rostro me despertó despacio.

Tardé un par de segundos en ubicarme. Sentía el cuerpo entumecido por haber dormido en una postura extraña y la garganta seca por el cansancio de la noche. Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue la habitación teñida de un dorado suave por las cortinas a medio cerrar. Lo segundo que sentí fue el peso del pequeño brazo de Martina rodeándome la cintura, aferrada a mi remera con una confianza ciega.

Puse mi mano sobre su frentita por puro instinto médico. La piel estaba fresca, tibia y seca. La fiebre había cedido por completo. Dejé salir un largo suspiro de alivio, sintiendo cómo los hombros se me descontracturaban después de horas de tensión.

Moví la cabeza con cuidado sobre la almohada y ahí fue cuando lo vi.

Nicolás estaba de pie al borde de la cama. Llevaba un pantalón oscuro y una remera gris, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en nosotras. Se notaba que llevaba rato ahí parado, velando nuestro sueño en silencio. La luz del amanecer le daba de perfil, endureciendo sus facciones pero suavizando, de una manera casi peligrosa, la mirada que tenía puesta en mí.

—Ya no tiene fiebre —murmuré con la voz un poco afónica por el sueño, intentando no romper el silencio casi sagrado de la habitación.

—Lo sé. Lo vi —respondió él en un susurro profundo que me recorrió la espalda—. Gracias, Mercedes.

No tuve tiempo de contestar. Martina comenzó a moverse entre las sábanas, desperezándose lentamente como un gatito. Soltó un gemido bajito, refregándose los ojos con los puños cerrados, y se acurrucó un poco más contra mi pecho.

—Buenos días, mi amor —le dije con suavidad, acariciándole la espalda—. ¿Cómo te sientes?

La nena abrió los ojos despacio, parpadeando contra la luz de la mañana. Me miró con esa inocencia pura que solo tienen los niños cuando despiertan, sonriéndome con la cara todavía arrugada por el sueño. No había rastro del dolor ni del malestar de la madrugada. Solo había una gratitud infinita y un afecto sin filtros.

—Me siento bien —murmuró Martina, acomodando su carita en el hueco de mi cuello. Y entonces, con la voz entrecortada por el cansancio pero llena de una ternura absoluta, soltó las dos palabras que congelaron el aire de la habitación—: Gracias, mamá.

El mundo se detuvo de golpe.

Me quedé helada en la cama, sin atreverme a respirar, con el corazón dándome un vuelco tan violento que sentí un mareo físico. Las palabras de la niña se quedaron flotando en el silencio como un eco ensordecedor. Martina no lo había dicho con intención ni por juego; le había salido del alma, de la memoria más profunda de haberse sentido cuidada y protegida en medio de la noche.

Tragué saliva, sintiendo que la sangre me subía al rostro por la culpa y el impacto, y levanté la vista despacio hacia Nicolás. Esperaba ver en su rostro la incomodidad, el gesto severo del abogado que necesita corregir un error o la prisa por aclararle a su hija la verdad del contrato para evitar malentendidos.

Pero no hubo nada de eso.

Nicolás no se movió. Tampoco desmintió a la niña.

Se quedó allí, mirándome fijo desde la altura con los ojos oscuros completamente brillados, visiblemente conmovido por lo que acababa de escuchar. Había una intensidad tan cruda y contenida en su rostro, una emoción tan profunda y desnuda, que me dejó sin defensas en mitad de esa cama, atrapada entre el abrazo de su hija y la promesa tácita que brillaba en los ojos del padre.




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