Su esposa por un año

Capítulo 31: El peso de lo inevitable

A pesar de que el cuerpo me pedía a gritos quedarme en esa cama con Martina, el deber llamaba. Después del desliz de la niña al llamarme «mamá» y del silencio cargado de emoción de Nicolás, me levanté con las pulsaciones aceleradas, me cambié rápido y me preparé para ir al hospital.

Cuando estaba cruzando el recibidor para salir, escuché sus pasos a mis espaldas. Me giré y vi a Nicolás acercándose. Llevaba en la mano un vaso térmico cerrado y humeante.

—Toma —dijo en voz baja, extendiéndome el vaso—. No tuviste tiempo de desayunar nada por estar pendiente de Martina. Es café negro con un chorrito de leche, tal como te gusta. No quiero que te me desmayes en medio de una guardia.

Tomé el vaso con ambas manos, sintiendo el calor atravesar el plástico. El detalle me llegó directo al centro del pecho.

—Gracias, Nicolás. De verdad —murmuré, mirándolo a los ojos—. Por favor, mantenme al tanto de cómo sigue. La fiebre bajó, pero si vuelve a subir de treinta y ocho, dale la dosis que te dejé anotada en el papel de la mesa.

—Tranquila, doctora. Tengo todo bajo control —respondió él, apoyándose contra el marco de la puerta con una sonrisa contenida—. Aunque debo admitir que el ambiente en esta casa se siente un poco vacío sin ti.

Sentí un calor de inmediato en las mejillas, pero intenté mantener la postura.

—No te acostumbres, Fernández. Te veo más tarde.

Durante todo mi turno en el hospital, mi teléfono no dejó de vibrar. Pero no eran notificaciones del trabajo; eran reportes continuos de Nicolás.

Nicolás: La paciente ha ingerido el cien por ciento de sus panqueques. Su humor mejora, pero exige la presencia de su médica de cabecera.

Mercedes: Me alegra saber que el enfermero está haciendo bien su trabajo. Dile que en unas horas estoy allá.

Nicolás: El enfermero exige una recompensa por sus servicios nocturnos y diurnos. Iré pensando en los términos del pago.

Mercedes: Cuidado, abogado. Recuerda que hay un contrato de por medio.

Nicolás: El contrato no decía nada sobre prohibir que te extrañe en la casa.

Me quedé mirando la pantalla con una sonrisa tonta en medio del pasillo del hospital, sintiendo que el corazón me daba vueltas en el pecho. Ese leve coqueteo, esa complicidad que crecía entre mensaje y mensaje, se sentía mil veces más real que cualquier papel firmado.

Cuando volví a la casa por la tarde, el silencio era cálido y acogedor. Me quité los zapatos en la entrada y caminé hacia la sala de estar.

La escena que encontré me detuvo en seco: las luces estaban tenues, la televisión proyectaba una película animada y en el enorme sillón estaba Nicolás, en ropa de entrecasa, con Martina acurrucada a su lado bajo una manta tejida.

—¡Meme! —susurró Martina al verme, con la voz apagada por el cansancio pero los ojos brillantes—. Ven, ponte aquí con nosotros. Estamos viendo mi peli favorita.

Nicolás levantó la vista y me regaló una sonrisa despacio, dándole un golpecito al espacio libre en el sillón, justo a su lado.

—Hazle caso a la jefa de la casa —dijo en voz baja—. No aceptamos un no como respuesta.

Me acomodada al lado de Nicolás, sintiendo el calor de su cuerpo atravesar mi ropa. Martina se acomodó en medio de los dos, apoyando la cabeza en mi regazo. Nicolás estiró el brazo por detrás del respaldo del sillón, y sus dedos rozaron mi hombro con una delicadeza que me erizó la piel.

A mitad de la película, la respiración de Martina se volvió pesada y pausada. Se había quedado profundamente dormida, vencida por el cansancio de la fiebre de la noche anterior.

Nicolás se inclinó un poco hacia mí, bajando la voz al mínimo.

—Gracias por volver —susurró cerca de mi oído—. La tarde no era lo mismo sin ti.

Iba a responderle, pero la vibración corrida de mi teléfono interrumpió el momento. El aparato, apoyado sobre la mesa ratona, comenzó a iluminarse sin parar.

Un mensaje tras otro cayó en ráfaga desde un número desconocido:

Número desconocido: Mercedes, no me alcanza con lo que pasó en la gala. Ver las fotos de ustedes en todos los diarios me está enloqueciendo.

Número desconocido: Fui a buscarte al departamento de Lucía y no estabas. ¿Dónde carajo estás, Meme? ¿Te estás quedando a dormir con él?

Número desconocido: No me puedes cambiar por él. Lo de Camila fue un error, tú eres la mujer de mi vida. Respóndeme o te juro que te voy a ir a buscar a la casa de ese abogado.

Me quedé completamente rígida en el sillón, con el pecho apretado por la angustia y la respiración cortada.

Nicolás lo notó al instante. Sintió la rigidez de mi cuerpo a su lado, bajó la mirada hacia mi rostro pálido y frunció levemente el ceño.

—¿Mercedes? —preguntó en un susurro, observándome con atención—. ¿Está todo bien? Te pusiste helada de golpe.

Tragué saliva, sintiendo que las manos me temblaban. Estiré el brazo hacia la mesa ratona, tomé el teléfono y, en lugar de ocultarlo, se lo alcancé en silencio para que lo leyera él mismo.




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