Su esposa por un año

Capítulo 32: Tormenta y proximidad

Un trueno ensordecedor hizo retumbar los ventanales de la casa a medianoche.

El impacto me sacó de golpe del sueño. Me senté en la cama de la habitación de huéspedes, con el corazón martillándome las costillas por el susto repentino. Afuera, la tormenta eléctrica caía con una furia desmedida sobre la ciudad, azotando los vidrios con ráfagas secas de lluvia y viento.

Antes de que pudiera encender la veladora, la puerta de mi cuarto se abrió de golpe y una pequeña figura cruzó el umbral corriendo a toda prisa.

—¡Meme! —el sollozo asustado de Martina resonó en la penumbra.

—Ven aquí, mi amor —dije de inmediato, abriendo las sábanas para recibirla.

La nena se trepó a la cama y se enterró en mi pecho, tiritando por el miedo al retumbar constante de los truenos. La abracé con fuerza, acariciándole la espalda para tranquilizarla, pero otro relámpago iluminó la habitación por completo, seguido de un estruendo que hizo temblar el piso. Martina dio un pequeño grito y apretó los puños contra mi remera.

—Quiero a papá... —murmuró entre lágrimas—. Tengo miedo, Meme.

—Vamos con él, dale —asentí sin dudarlo.

La tomé en brazos y salí al pasillo a oscuras. La puerta del dormitorio principal estaba entreabierta. La luz de los relámpagos que entraba por el ventanal de la suite creaba sombras largas sobre la cama king size, donde Nicolás ya se había incorporado, alerta ante el ruido de la tormenta.

—¿Martina? —preguntó su voz profunda en medio de la penumbra.

—Le asustan los truenos —expliqué desde el marco de la puerta, manteniendo a la nena bien abrazada a mí.

Nicolás se corrió hacia un lado del colchón de inmediato, destapando las sábanas.

—Ven acá, princesa —dijo con esa calidez que reservaba solo para ella.

Caminé hacia el borde de la cama para dejar a Martina en el centro, con la intención de regresar a mi habitación una vez que estuviera instalada con su papá. Pero cuando intenté soltarla, la nena me sujetó del cuello con una fuerza sorprendente para su tamaño.

—No te vayas, Meme —suplicó Martina, mirando alternadamente a Nicolás y a mí con ojos llorosos—. Por favor, quédense los dos conmigo. Tengo mucho miedo.

Me quedé congelada en el borde del colchón. Miré a Nicolás en la oscuridad, buscando una salida o una excusa amable para no incomodarlo, pero la luz de un nuevo relámpago me permitió ver su rostro. No había tensión ni incomodidad en sus facciones; solo una invitación tácita y tranquila.

—Entra, Mercedes —dijo en un susurro bajo—. La cama es enorme. No tiene sentido que camines a oscuras por la casa con este temporal.

Tragué saliva, sintiendo que el pulso se me aceleraba por motivos que ya no tenían nada que ver con la tormenta. Me acomodé del lado izquierdo de la cama, mientras Martina se acurrucaba justo en el centro, funcionando como una pequeña barrera de contención entre los dos.

A la media hora, el cansancio y la sensación de seguridad vencieron a Martina. Su respiración se volvió pausada y profunda, cayendo en un sueño pesado. Buscando más espacio, la nena rodó hacia el costado de Nicolás y se acurrucó contra su torso, dejando el centro del colchón completamente libre.

El silencio de la suite se volvió espeso, casi palpable. La distancia entre Nicolás y yo se redujo a la nada en cuestión de segundos.

En la penumbra, sentí cómo él se giraba despacio hacia mi lado. La presencia de ese hombre parecía ocuparlo todo. Su respiración tranquila chocaba a pocos centímetros de mi rostro y el calor que emanaba de su cuerpo era una tentación peligrosísima.

—¿Sigues despierta? —susurró Nicolás. La vibración de su voz grave pareció retumbar directo en mi pecho.

—Sí —logré responder en un hilo de voz—. Me cuesta dormirme. Sigo pensando en lo de esta tarde... en Gabriel.

Nicolás estiró la mano lentamente en la oscuridad. El dorso de sus dedos rozó mi mejilla con una delicadeza extrema, apartándome un mechón de pelo detrás de la oreja. La yema de su pulgar se delineó suavemente sobre el pómulo, haciendo que se me erizara hasta el último poro de la piel.

—Escúchame bien, Mercedes —murmuró, acercándose un poco más. La penumbra nos rodeaba, pero podía sentir la intensidad fija de sus ojos clavados en los míos—. Sé que la reacción de Gabriel se desató por mi culpa. Por haberte traído conmigo, por haberte tomado de la mano en esa gala y por las fotos que salieron en los diarios. Yo provoqué que ese imbécil saltara.

—Nicolás, tú no tienes la culpa de cómo actúa él...

—Tengo parte en esto —me interrumpió con suavidad, rozando con el pulgar la comisura de mis labios de una manera tan lenta y abrasadora que me cortó el aliento por completo—. Pero no vas a preocuparte por nada. De él me encargo yo. Te prometo que todo va a estar bien.

Su mano bajó por mi cuello hasta aferrar suavemente mi nuca, trayéndome apenas un milímetro más cerca de su rostro. Estábamos tan ridículamente cerca que podía sentir el pulso desbocado de su garganta y el aroma a su perfume mezclado con el calor de su piel. Mi mirada bajó instintivamente a sus labios, que estaban a tan solo un aire de los míos. La tensión en la habitación creció hasta volverse casi insoportable, un hilo invisible que tiraba de los dos para acortar esa última distancia.




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