El aire frío del estacionamiento subterráneo del hospital me recibió de golpe apenas crucé las puertas automáticas del ascensor. Mi turno había sido agotador y el cansancio acumulado me pesaba en los párpados, pero la sola idea de ver a Nicolás esperándome afuera me devolvía el aire. Llevábamos varios días así, inmersos en una rutina tácita pero constante en la que él se encargaba de ir a buscarme, pendiente de mi horario, asegurándose de que comiera bien y cuidando cada uno de mis pasos con una atención silenciosa que me derretía por dentro.
Caminé hacia el punto donde siempre solía estacionar, revisando la hora en mi teléfono, cuando el sonido seco de unos pasos apresurados resonó a mis espaldas sobre el cemento.
—Mercedes.
Me congelé. Reconocí esa voz de inmediato y un escalofrío helado me recorrió la espalda.
Antes de que pudiera darme la vuelta, Gabriel salió de la sombra de una columna y me cortó el paso. Tenía el cabello despeinado, la ropa arrugada y los ojos desencajados, inyectados en sangre. Lucía completamente fuera de sí, consumido por la furia y la obsesión.
—Gabriel... ¿Qué haces aquí? —dije, retrocediendo un paso instintivamente y apretando el bolso contra mi pecho—. Te dije que no me buscaras más.
—¡No me puedes ignorar así! —exclamó, acortando la distancia con agresividad—. Fui al departamento de Lucía, te busqué por todas partes. ¿Qué haces viviendo en la casa de ese tipo, Meme? ¿Aceptaste ser su juguetito de fin de semana?
—¡No me hables así y no te acerques! —alcé la voz, intentando mantener la firmeza a pesar del miedo que empezaba a cerrarme la garganta. Sabía que Nicolás estaba por llegar, pero Gabriel estaba demasiado cerca.
—Ese tipo rico solo te está usando —dijo Gabriel, con una mueca amarga y desesperada, dando un paso más—. Le sirve la foto con la médica buena para arreglar su reputación. ¡Él no te conoce! No te ama como yo te amo, Meme. Cometí un error con Camila, te lo juro por Dios que fue un error, pero tú eres la mujer de mi vida.
—¡Estás loco, Gabriel! Suéltame —exclamé cuando su mano se cerró con fuerza alrededor de mi muñeca.
—Vuelve conmigo, no te me hagas la difícil —maldijo, tirando de mi brazo para pegarme a su pecho.
Intenté empujarlo, pero me sujetó la nuca con brusquedad, apretando su boca contra la mía a la fuerza. El asco y el pánico me paralizaron por un segundo mientras intentaba zafarme de su agarre.
De pronto, el rugido de un motor quebró el silencio del estacionamiento.
Un auto negro frenó cruzado a pocos metros de nosotros, haciendo chillar las llantas sobre el piso de cemento. La puerta del conductor se abrió de un portazo violento y una figura imponente salió a toda velocidad.
Nicolás.
No hubo advertencias. No hubo palabras. La compostura del abogado elegante, del hombre pulcro de trajes a medida y modales impecables, saltó en mil pedazos en una fracción de segundo.
Nicolás cruzó la distancia que nos separaba como un depredador. Enganchó a Gabriel del cuello del saco con una mano y, con un envión lleno de pura furia, lo arrancó de encima de mí y lo estrelló contra el costado de una camioneta estacionada. El impacto de la chapa resonó por todo el lugar.
—¡Nicolás! —grité, llevándome las manos a la boca.
Gabriel soltó un quejido de dolor al rebotar contra el vehículo, pero antes de que pudiera levantarse, Nicolás lo acorraló, clavándole el antebrazo en la garganta y presionando con el peso de su cuerpo hasta dejarlo casi sin aire.
La mirada de Nicolás era algo que jamás le había visto: sus ojos oscuros estaban completamente desorbitados, llenos de un odio primario y una rabia peligrosa. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza de la presión.
—Vuelves a tocar a mi mujer... —dijo Nicolás en un susurro grave, helado, tan cargado de violencia contenida que hizo temblar el aire—. Vuelves a ponerle un solo dedo encima o a respirar en su misma dirección, y te juro por la memoria de lo que más quieras que te destruyo.
Gabriel intentó hablar, sofocado por el aire que le faltaba, pero Nicolás apretó un poco más, inclinándose directo a su oído.
—Te voy a quitar la matrícula, te voy a arruinar la vida en los tribunales y después me voy a encargar de que no te quede un solo rincón en esta ciudad donde esconderte. ¿Me entendiste?
Nicolás soltó a Gabriel de golpe. El tipo cayó de rodillas al suelo, tomándose el cuello y tosiendo de manera descontrolada, aterrado ante la demostración de poder y furia ciega del hombre que tenía enfrente.
Sin dedicarle una sola mirada más a Gabriel, Nicolás se giró hacia mí.
La respiración agitada le levantaba el pecho y el pulso le ardía, pero en cuanto sus ojos se cruzaron con los míos, toda esa furia brutal desapareció para dar paso a una angustia pura y desesperada. Se acercó a mí a pasos agigantados, enmarcando mi rostro entre sus manos grandes y tibias con una delicadeza absoluta.
—¿Te hizo daño? —preguntó con la voz entrecortada, examinándome el rostro y los brazos con desesperación—. Dime si te tocó, Mercedes. Por favor.
—Estoy bien... estoy bien —murmuré con la voz temblorosa, aferrándome a sus muñecas mientras las lágrimas acumuladas por el susto finalmente se me escapaban.