Su esposa por un año

Capítulo 34: La confrontación (POV Nicolás)

El trayecto de regreso en el auto fue un infierno de silencio y adrenalina amarga.

Mis manos apretaban el volante con fuerza. Todavía sentía en la sangre la rabia helada de ver a ese infeliz poniendo sus manos sobre ella. Ver a Mercedes asustada, vulnerable, había quebrado la última barrera de contención que me quedaba.

Apenas cruzamos el umbral del vestíbulo y la puerta principal se cerró a nuestras espaldas, me giré hacia ella. Quería cuidarla, quería rodearla y asegurarme de que supiera que conmigo no tenía nada que temer.

—A partir de mañana el chofer te va a acompañar al hospital, Mercedes —dije con la voz grave pero suave, quitándome el saco—. Y voy a encargarme de la orden de restricción a primera hora. No quiero que tengas que pasar por una situación así nunca más.

—¿Perdón? —la voz de Mercedes resonó en el vestíbulo, no con miedo, sino con un filo de indignación que me detuvo en el sitio.

Me quedé mirándola. Estaba de pie en el centro del pasillo, con las mejillas encendidas, la respiración agitada y los ojos brillantes.

—Agradezco que me hayas sacado de esa situación, Nicolás —continuó, dando un paso firme hacia mí—, pero no necesito que me organices la vida. ¡Perdiste el control allá abajo! Lo golpeaste, lo amenazaste... Te comportaste como si fueras el dueño de mi vida. ¿Todo esto es por el bendito contrato? ¿Tanto te importa que los medios piensen que tu prometida falsa tiene un ex rondando?

¿El contrato?

La palabra me cayó como un balde de agua helada.

Sentí un vuelco doloroso y profundo en el pecho. Di dos pasos agigantados hacia ella, cortando la distancia de golpe. Mercedes intentó dar un paso atrás por el impacto de mi avance, pero no tuvo tiempo: la acorralé con delicadeza pero con una firmeza absoluta contra la pared de madera del vestíbulo, apoyando mis manos a cada lado de su cabeza.

—¿El contrato? —repetí en un susurro bajo, cargado de una emoción cruda que me raspaba la garganta—. ¿De verdad piensas que todo lo que hago, todo lo que siento cuando te miro, tiene algo que ver con un papel firmado, Mercedes?

Su espalda rozó la pared. Se quedó helada, pero sus ojos no se apartaron de los míos. El calor de su cuerpo atravesaba mi camisa y su pecho subía y bajando de forma desenfrenada, rozando el mío con cada respiración. Su aroma, dulce y cálido, llenaba todo el aire entre los dos.

—Nicolás... —murmuró, y el temblor en su voz ya no era de enojo, sino de una pura y desbocada tensión.

—¡No es por el contrato, Mercedes! —dije en un susurro apasionado, inclinándome sobre ella hasta que mi frente rozó la suya con infinita ternura—. ¿Es que eres ciega? ¿No te das cuenta de lo que me pasa contigo desde el primer día que pusiste un pie en esta casa?

Nuestras miradas se clavaron la una en la otra con una intensidad que cortaba el aliento. Bajé la vista a sus labios entreabiertos, sintiendo la necesidad viva de borrar cada mal recuerdo de su piel y llenarla solo de mis besos.

El deseo acumulado durante semanas de convivencia, de noches en vela, de miradas contenidas y rozaduras en la oscuridad comenzó a manifestarse entre los dos, lento pero imparable.

Mi mano derecha bajó despacio por su cintura, acomodándose con una firmeza cálida y posesiva que fue eliminando, centímetro a centímetro, la distancia entre los dos. Mercedes dejó salir un suspiro entrecortado que chocó directo contra mi boca. No intentó alejarse; al contrario, sus manos subieron lentamente por mi pecho hasta que sus dedos se enterraron en mi cabello, buscando esa cercanía con una necesidad callada pero profunda que terminó de desarmarme.

No había prisa, pero la intensidad en el aire se volvió casi palpable.

Me incliné sin afán, rozando la yema de mis dedos por su mejilla antes de apoyar los labios sobre la piel tibia de su cuello. Fue un beso lento, prolongado, sobre el latido desbocado de su pulso. Sentí cómo un leve temblor la recorrió de pies a cabeza y cómo su cuerpo se relajó contra el mío, rindiéndose a la calidez de ese contacto.

Deslicé la boca sin prisa por la línea de su mandíbula, disfrutando la textura de su piel, hasta detenerme a tan solo un aire de sus labios.

Estábamos a un suspiro de cruzar el límite. Sentía el roce sutil de su respiración agitada mezclándose con la mía, la calidez de sus manos sujetando mis hombros y esa certeza compartida de que los dos deseábamos exactamente lo mismo.

Apreté suavemente su cintura, atrayéndola un milímetro más hacia mí, tomándome el tiempo para mirarla a los ojos antes de darle ese beso que llevábamos semanas postergando...

—¡Papi! ¡Meme!

La voz clara de Martina rompió el silencio desde el pasillo, acompañada por el sonido de sus pasitos rápidos y las pisadas más pausadas de Marta que venía unos pasos detrás.

La realidad cayó sobre nosotros con la suavidad de un susurro interrumpiendo un sueño.

Nos separamos despacio, rompiendo el abrazo con lentitud pero manteniendo las miradas fijas la una en la otra. Mercedes quedó apoyada contra la pared, intentando serenar su respiración entrecortada, con las mejillas ruborizadas y el pecho subiendo y bajando al ritmo del mío.

Me pasé una mano por el cabello, dejando salir un largo suspiro para recuperar la compostura mientras la sangre me volvía al cuerpo.




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