Su esposa por un año

Capítulo 35: La secuela y la notificación judicial

El aroma a café recién colado impregnaba la enorme cocina de la casona, pero el aire pesaba tanto entre las paredes altas que me costaba llenar los pulmones.

Estaba de pie junto a la isla central de mármol, con la taza entre las manos, fingiendo una concentración absoluta en el vapor que salía de la superficie negra del líquido. Era una mentira burda. Cada uno de mis sentidos estaba peligrosamente enfocado en el hombre que, a solo dos metros de mí, terminaba de abrocharse los puños de su camisa blanca frente a los grandes ventanales que daban al jardín principal.

Nicolás no llevaba la corbata puesta. Traía el cabello ligeramente húmedo y la piel recién afeitada, despidiendo ese aroma a madera y menta que se me había instalado en la memoria desde la tarde anterior.

Incliné la cabeza para tomar un sorbo, pero al levantar la vista atrapé la suya clavada en mí. Sus ojos oscuros no me miraban a la cara; estaban fijos en mis labios.

El calor me subió de golpe por el cuello, recordándome con una nitidez escalofriante la sensación de su boca a un milímetro de la mía, la calidez de su mano firme sobre mi cintura y el temblor que me había recorrido entera cuando nos acorralamos contra la pared del vestíbulo. Si Martina y Marta no hubieran aparecido al final del pasillo en ese preciso segundo...

Tragué saliva. La taza chocó contra el plato de cerámica con un tintineo delator.

—Buenos días —musitó Nicolás. Su voz sonó más grave de lo normal, rasposa, cargada de una complicidad no dicha que me hizo dar un vuelco al corazón.

—Buenos días —respondí, intentando sostener la voz con la profesionalidad que desesperadamente intentaba recuperar—. ¿Cómo durmió Martina?

Nicolás caminó despacio hacia la isla. Cada paso suyo sobre el piso de madera de la casona tenía una deliberación pausada, como si supiera exactamente el efecto que causaba en mí su cercanía. Se detuvo del otro lado de la barra, tan cerca que pude notar cómo la tela de su camisa rozaba el borde.

—Descansó directo hasta la mañana —dijo, sin dejar de mirarme a los ojos—. Sin fiebre. Tu receta médica funcionó a la perfección.

—Me alegro. En un rato la reviso antes de irme al hospital.

—Mercedes... —su mano se movió sobre la superficie pulida de la isla, deslizando sus dedos hasta que el dorso de su pulgar rozó la piel de mi muñeca. El contacto, tan sutil como eléctrico, me sacó un suspiro entrecortado—. Sobre lo de ayer...

El sonido metálico del timbre de la entrada principal retumbó por el gran recibidor de la casona, interrumpiendo la frase en el aire.

Un segundo después, se escucharon los pasos apresurados de Marta cruzando el pasillo de la planta baja. Nicolás cerró los ojos un instante, dejando salir un suspiro de frustración contenida antes de retirar la mano de mi piel. El calor que dejó su ausencia me dolía.

—Señor Fernández —habló Marta desde el marco de la cocina a los pocos segundos—. Hay un oficial de la justicia en el portón de entrada. Trae una notificación cédula con carácter de urgente a su nombre.

La atmósfera de la casona cambió en una fracción de segundo. La electricidad sensual y la calidez que flotaban entre los dos se congelaron de golpe.

Vi cómo la espalda de Nicolás se tensaba. La soltura del hombre que buscaba mi boca desapareció tras una máscara de frialdad absoluta. Su rostro pareció esculpido en piedra en un pestañeo.

—Dile que pase al vestíbulo —ordenó con tono seco y profesional.

Un par de minutos después, Nicolás se encontraba en el vestíbulo principal. Me quedé a unos pasos de distancia, junto a las escaleras que subían a la planta alta, observando la escena. Un hombre de traje gris gastado le extendió un sobre oficial con sello del Poder Judicial, haciéndolo firmar una planilla antes de retirarse en silencio.

Nicolás esperó a que la pesada puerta de madera de la casona se cerrara. El sonido del cerrojo retumbó en la entrada silenciosa.

Rompió el sello del sobre con movimientos metódicos, pero la rapidez con la que sus ojos recorrieron las primeras líneas del documento delató la tormenta que se estaba gestando en su interior. La mandíbula se le marcó tanto por la presión que pensé que se rompería un diente. Las venas de sus manos se brotaron sobre el papel.

—¿Nicolás? —pregunté desde los primeros escalones, bajando la voz al notar su rigidez—. ¿Qué pasa? ¿Ocurrió algo malo?

Él no respondió de inmediato. Releyó el párrafo final, dejando salir un aire denso por la nariz. Cuando finalmente levantó la mirada hacia mí, sus ojos oscuros ya no reflejaban la ternura de la mañana; estaban inyectados en una furia fría y calculadora.

—Son los padres de Nataly —dijo, y su voz sonó tan dura que me dio un escalofrío—. Mis exsuegros.

—¿Los abuelos de Martina? —pregunté, dando un paso hacia el centro del vestíbulo—. ¿Qué quieren?

Nicolás levantó la cédula judicial, mostrándomela sin soltarla.

—Interpusieron una demanda cautelar para reclamar la custodia unilateral de Martina —explicó Nicolás con una calma peligrosísima—. Alegan que soy un padre soltero ausente, incapaz de brindarle un entorno familiar estable debido a las exigencias de mi profesión. Dicen que la niña está creciendo en un ambiente desestructurado dentro de esta casona.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.