Su esposa por un año

Capítulo 36: El evento escolar de Martina

La notificación judicial de esa mañana había cambiado las reglas del juego. La amenaza de los abuelos ya no era una sombra vaga, sino un trámite en marcha con fecha límite. Si queríamos que el tribunal viera una familia inquebrantable, teníamos que empezar a mostrarnos como tal en público, sin fisuras ni dudas.

Por eso, cuando pedí permiso en la jefatura del hospital para ausentarme unas horas y salí al estacionamiento, no me sorprendió ver el auto de Nicolás esperando. Él mismo se había encargado de pasar a buscarme.

Apenas abrí la puerta del copiloto y me senté, el aroma a madera y menta inundó mis sentidos. Nicolás vestía un traje impecable pero sin corbata, con los primeros botones de la camisa desabrochados.

—Llegas a tiempo, doctora —dijo con una sonrisa de lado, desenfadada y con ese toque pícaro que me aceleró el pulso de inmediato. Se inclinó hacia mi lado y, antes de que pudiera reaccionar, me plantó un beso tibio y pausado en la mejilla, rozando con el pulgar la línea de mi mandíbula—. Nos estaban extrañando.

—Pedí el permiso justo a tiempo —respondí, intentando contener la sonrisa que amenazaba con dársele delatadora—. No me habría perdido esto por nada.

—Lo sé. Le dije a Martina que nosotros jamás le fallaríamos en un día así —recalcó el «nosotros» con una naturalidad calculada, mientras ponía el auto en marcha—. A partir de hoy, Mercedes, nos van a ver juntos en todos lados. Hay que ir acostumbrando a la gente a vernos así de unidos.

—¿Ah, sí? —le seguí el juego, mirándolo de reojo—. ¿Y te cuesta mucho trabajo, abogado?

Nicolás soltó una risita baja, pícara, y estiró su mano derecha desde el volante para posarla sobre mi rodilla, dándole un apretón suave.

—Es un sacrificio enorme, pero creo que voy a poder superarlo —murmuró con voz juguetona, dejando su mano allí unos segundos más antes de regresar al volante.

Apenas cruzamos el portón del colegio, la atmósfera cambió. Había padres y maestros por todas partes. Nicolás no perdió el tiempo: apenas bajamos del auto, pasó su brazo por mi cintura, pegándome a su costado sin el menor disimulo. Su mano grande se asentó sobre mi cadera con una firmeza deliciosa, posesiva y cálida. Me encantó la sensación. En lugar de marcar distancia, me amoldé a su cuerpo sin dudarlo, pasándole un brazo por la espalda como si lleváramos años haciéndolo.

—Buenas tardes, señor Fernández, doctora —nos saludó la maestra en la entrada del salón de actos—. Qué alegría verlos acompañando a Martina.

—No podíamos faltar —respondió Nicolás, apretándome un poco más contra su cuerpo de forma cariñosa—. Para nosotros es fundamental estar presentes en cada uno de sus logros.

—Lo teníamos agendado desde el primer día que supimos del evento —añadí con soltura, mirándolo hacia arriba con una sonrisa cómplice—. Imposible faltar.

Nicolás bajó la vista hacia mí y sus ojos oscuros chispearon con un deseo pícaro. Se inclinó levemente y me susurró cerca de la oreja, para que solo yo lo escuchara:

—Me encanta cuando hablas así de nosotros, doctora.

Un escalofrío me recorrió entera.

Dentro del aula, Martina nos vio y se le iluminó el rostro. Corrió hacia nosotros y se abrazó a nuestras piernas. La pequeña nos guio de la mano hacia una de las mesas de trabajo donde había témperas, cartulinas y pinceles.

—¡Miren, vengan! —exclamó Martina, tomando a dos de sus compañeritos de la mano para acercarlos a nuestra mesa. La nena infló el pecho con un orgullo infantil que me derritió el alma—. ¡Les presento a mi papá y a mi mamá Meme!

Se me cortó la respiración de golpe. Miré a Martina con los ojos muy abiertos, sintiendo un vuelco violento en el pecho.

—¡Yo también tengo una mamá! —continuó la nena con la voz llena de alegría pura, señalándome con su pincel manchado de pintura—. Y es doctora... ¡de las buenas! De las que curan de verdad.

Las palabras de Martina me calaron directo en el centro del corazón. La ternura del momento fue tan abrumadora, tan real y desprovista de cualquier contrato o estrategia legal, que sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas al instante. Tragué saliva, intentando contener el nudo de emoción en mi garganta.

Nicolás lo notó de inmediato. Su mirada cambió, perdiendo la picardía para llenarse de una calidez infinitamente dulce. El agarre de su brazo alrededor de mi cintura se volvió más apretado, más protector, trayéndome contra su pecho para sostenerme mientras me susurraba contra el cabello:

—Tranquila, mi amor...

Me apoyé un segundo en él, disimulando una lágrima con la yema del dedo mientras me agachaba a la altura de Martina para darle un abrazo apretado.

Durante toda la actividad de pintura, Nicolás buscó cada excusa sutil para mantenerse cerca de mí. Se inclinaba sobre mi hombro con la excusa de alcanzar los frascos de témpera, dejando que el calor de su pecho me rozara la espalda por unos segundos o que su aliento me erizara la nuca al hablarme en voz baja. Cuando a Martina se le cayó un pincel y ambos nos agachamos al mismo tiempo a recogerlo, sus dedos atraparon los míos debajo de la mesa, dándoles un apretón pausado y cargado de intención que me hizo perder el hilo de lo que estaba diciendo.

A la vista de los demás padres y maestras, éramos la imagen de una pareja atenta, unida y profundamente cariñosa. Pero en la intimidad de nuestras miradas cruzadas entre manchas de pintura y risas de niños, el contacto no tenía nada de actuación. Y yo no solo no marcaba distancia, sino que me descubrí buscando su cercanía, devolviéndole las sonrisas y disfrutando en secreto de cada pequeño roce.




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