Su esposa por un año

Capítulo 37: "Mi nueva mamá Meme" y la culpa (POV Nicolás)

Las últimas setenta y dos horas en la casona habían sido un desierto de ausencia.

Mercedes había tenido una guardia maratónica e insólita en el hospital por una emergencia de cobertura, y su falta se sintió en cada bendito rincón de la casa. Martina no dejaba de preguntar por ella, Marta cocinaba raciones de más por costumbre y yo... yo estaba al borde de la locura.

Estaba apoyado contra el capó del auto frente a la salida del hospital, con el motor apagado y el atardecer cayendo sobre la ciudad. Martina jugaba en el asiento trasero con una muñeca, mientras yo miraba la pantalla de mi teléfono.

Deslicé los dedos por nuestro chat de WhatsApp, releyendo los mensajes de la noche anterior. Lo que había empezado como un reporte inocente sobre la fiebre de Martina había ido escalando de tono en la madrugada, amparado por el cansancio de ella y mi soledad en la casona.

Mercedes (02:14 AM): No doy más, Nicolás. Llevo 18 horas de pie. Daría lo que fuera por estar en casa.

Nicolás (02:16 AM): Yo daría lo que fuera por ir a buscarte ahora mismo y traerte a mi cama para que descanses.

Mercedes (02:18 AM): Cuidado, abogado... No me digas esas cosas cuando tengo las defensas bajas.

Nicolás (02:20 AM): No estoy jugando, doctora. La casona está demasiado grande y silenciosa sin ti. Te extrañamos.

Mercedes (02:22 AM): ...Yo también. Mucho. A los dos.

Nicolás (02:25 AM): Mañana te esperamos en la puerta. Y no te vas a librar de nosotros en todo el fin de semana.

Sonreí para mis adentros, sintiendo un calor familiar recorriéndome la espalda. La distancia solo había conseguido avivar un fuego que ya era imposible de apagar.

—¡Ahí viene Meme! —gritó Martina desde el asiento trasero, pegando la carita al vidrio.

Guardé el teléfono de golpe y me erguí. Mercedes salía por las puertas de cristal del hospital, luciendo agotada, con el ambo médico algo arrugado y el cabello recogido en un rodete deshecho. Pero para mí, era la visión más hermosa del mundo.

Apenas me vio, sus pasos se detuvieron un segundo. Su mirada se clavó en la mía y vi cómo las mejillas se le encendían al recordar la conversación de la madrugada. Corrió a abrir la puerta trasera para abrazar a Martina, y cuando se puso de pie, me acerqué sin pedir permiso. La tomé de la cintura con firmeza y le planté un beso largo en la mejilla, rozando la comisura de sus labios.

—Te extrañamos, doctora —le susurré al oído, enfatizando el plural aunque mi mano apretaba su cadera con una posesión puramente mía.

—Yo también —murmuró ella, devolviéndome una mirada cargada de promesas no dichas.

El viaje de regreso a la casona fue una tortura de miradas por el retrovisor y roces disimulados de manos en los semáforos. La tensión entre los dos estaba en su punto más alto, lista para estallar en cuanto Martina se durmiera.

Pero el destino tenía preparado un choque de realidad.

Apenas cruzamos el vestíbulo de la casona y dejamos los bolsos, Martina nos agarró de la mano a los dos con una energía desbordante.

—¡Meme! ¡Papi! ¡Marta, vengan a la cocina, rápido! ¡Tengo que mostrarles algo! —gritaba la nena.

Nos dejamos arrastrar. Marta ya estaba allí, secándose las manos con un repasador, y Rosa, la cocinera, se asomó desde la mesada con una sonrisa. Martina subió de un salto a uno de los banquetes de la isla de mármol y desplegó con orgullo una cartulina grande que traía en la mochila.

—¡Hoy en la clase de arte terminamos el dibujo de la familia feliz! —anunció la nena, inflando el pecho—. ¡Y la maestra me puso una carita sonriente gigante!

El dibujo estaba hecho con trazos firmes de crayones coloridos. En el centro, dibujados de la mano bajo un sol amarillo brillante, había tres figuras: una alta con traje azul que claramente era yo, una pequeña en el medio que era Martina, y a su otro lado, una figura de cabello largo y ambo médico blanco.

Arriba, escrito con la letra inclinada y orgullosa de una nena de cinco años, se leía:

«Mi nueva mamá Meme, mi papá y yo».

El silencio cayó sobre la cocina con el peso de una tonelada.

Marta se llevó una mano a la boca, soltando un murmullo emocionado, y a Rosa se le escapó un «¡Qué belleza, Dios mío!» mientras se limpiaba una lágrima.

Pero entre Mercedes y yo, el aire se congeló.

Sentí un impacto violento y frío en el centro del pecho. Miré a Mercedes: el rubor coqueto que traía del auto había desaparecido por completo. Estaba paralizada, con los ojos muy abiertos fijos en la palabra «mamá» y los labios entreabiertos. Tragó saliva con una dificultad desgarradora.

—¿Te gusta, Meme? —preguntó Martina, tirándole suavemente de la manga con ojos suplicantes de aprobación—. Como tú vives con nosotros y nos cuidas, la maestra dijo que eres mi mamá de corazón.

Mercedes hizo un esfuerzo sobrehumano para sonreír. Se inclinó y abrazó a Martina con una ternura infinita, escondiendo el rostro en su cuellito para que nadie pudiera ver las lágrimas que amenazaban con caérsele.




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