Su esposa por un año

Capítulo 38: La visita sorpresa

Los días posteriores al dibujo de Martina se convirtieron en una forma muy específica de tortura.

Nos habíamos prometido marcar límites. Habíamos acordado congelar cualquier impulso por el bien de la nena y para protegernos a nosotros mismos. Pero la atracción entre Nicolás y yo no entendía de tratados ni de frenos morales; era un monstruo hambriento que solo crecía con cada intento de reprimirlo.

Cada cruce en los pasillos de la casona era una descarga de electricidad. Cada vez que él rozaba mi mano al pasarme la jarra de jugo en el desayuno, el aire se nos volvía espeso. Las miradas que intercambiábamos cuando creíamos que el otro no nos veía duraban un segundo de más, cargadas de una tensión tan densa que el silencio de la casa parecía zumbar. Estábamos al borde del colapso, fingiendo distancia mientras nos consumíamos por dentro.

El universo, sin embargo, parecía tener un sentido del humor bastante retorcido.

Era un martes por la tarde. Yo acababa de llegar del hospital y me estaba quitando el abrigo en el vestíbulo cuando el teléfono del despacho de Nicolás sonó con una insistencia fuera de lo común. Segundos después, la puerta de madera se abrió de golpe y Nicolás salió a pasos agigantados, con el rostro desencajado y la corbata floja.

—Mercedes —dijo con la voz cortada, deteniéndose justo frente a mí—. Nos acaban de notificar del juzgado.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Qué pasó? ¿Los abuelos?

—El juez ordenó una inspección ambiental de veinticuatro horas. De carácter inopinado y urgente —explicó, pasándose una mano por la nuca—. Mandan a un asistente social del tribunal para evaluar la dinámica familiar, la rutina real de la casa y si Martina vive en un ambiente estable.

—¿Cuándo vienen? —pregunté, sintiendo un nudo ciego apretarme el estómago.

Nicolás miró su reloj de pulsera y tragué saliva al ver su expresión.

—El inspector llega en cuarenta y cinco minutos. Y se queda a dormir.

El pánico nos atravesó a los dos al mismo tiempo. Miré hacia las escaleras que subían a la planta alta.

—Mi habitación... —musité, sintiendo que la sangre se me iba de la cabeza—. Si el asistente entra al cuarto de huéspedes y ve mi cama tendida con todas mis cosas, la demanda de los abuelos avanza y pierdes a Martina.

—No necesitamos mover toda la casona —dijo Nicolás, tomándome del brazo con firmeza. El contacto de sus dedos quemó a través de la tela de mi blusa, pero no había tiempo para dudar—. Solo lo esencial. Lo que delate tu día a día: las cosas de aseo, el maquillaje, un par de batas en el vestidor y las fotos. Tenemos que hacer que mi cuarto parezca el nuestro.

Subimos las escaleras a toda prisa. Mientras Marta preparaba la habitación de invitados para el inspector, Nicolás y yo corrimos a montar la escena.

Entramos al baño principal de su dormitorio. Vacié mi neceser de uso diario sobre la mesada de mármol. Mi cepillo de dientes rosa quedó de pie en el mismo vaso de cristal que el suyo, negro y sobrio. Mis cremas y perfumes de flor de azahar se acomodaron junto a sus lociones de afeitar pesadas, inundando el ambiente con una mezcla embriagadora.

En el enorme vestidor de Nicolás, apartó algunas de sus prendas para hacer espacio y colgamos mi bata, un par de pijamas y un par de vestidos de uso frecuente. Ver mis prendas personales ocupando un rincón de su armario y mis zapatillas junto a sus zapatos de vestir envió un escalofrío directo a mi vientre.

—Faltan las fotos —recordó Nicolás, mirándome a través del espejo del baño. Tenía la respiración agitada y el pecho subiéndole y bajándole a un ritmo acelerado.

Corrimos al despacho, tomamos dos fotografías que nos habíamos tomado en los eventos recientes y las encajamos en los portarretratos de madera de sus mesas de luz, una a cada lado de la gran cama king size.

A diez minutos de que se cumpliera el plazo, nos detuvimos en el centro de su dormitorio.

El cuarto ya no era impersonal. Olía a ambos. Sobre la cama compartida reposaba mi almohada junto a la suya. La fachada del matrimonio perfecto estaba impecablemente montada, pero la realidad de lo que significaba era aplastante: íbamos a compartir esa cama y a ser evaluados durante veinticuatro horas continuas.

Nicolás se giró hacia mí. Tenía el cabello ligeramente despeinado por el esfuerzo y la camisa medio desabrochada. Se acercó despacio, acortando la distancia hasta que su sombra me cubrió por completo.

—No podemos dudar ni un segundo frente al asistente social, Mercedes —susurró, con la voz volviéndose peligrosa, espesa, cargada de todo el deseo que veníamos reteniendo durante días—. Va a estar observando cómo nos miramos, cómo nos tocamos, cómo nos hablamos cuando nadie ve. Si hay la más mínima frialdad, nos destruye.

Tragué saliva, sintiendo que el corazón se me salía del pecho. Clavé los ojos en los suyos, incapaz de dar un paso atrás.

—No voy a dudar —respondí en un hilo de voz, aunque el temblor de mis manos me delataba.

En ese preciso instante, el timbre metálico de la entrada principal retumbó por toda la casona.

El inspector había llegado.




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