El asistente social, un hombre de unos cincuenta años llamado licenciado Benítez, no era un novato. Traía una carpeta arrugada bajo el brazo, anteojos de marco metálico colocados sobre la punta de la nariz y una mirada clínica que parecía capaz de atravesar cualquier pared de la casona.
—Buenas tardes, señor Fernández, doctora —nos saludó con voz neutra en el vestíbulo, ajustándose los lentes mientras recorría con la vista la entrada impecable—. La inspección será continua durante las próximas veinticuatro horas. Evaluaré la rutina, la comunicación no verbal, el ambiente afectivo y la estabilidad del hogar. Por favor, continúen con su tarde normal como si yo no estuviera.
Como si no estuviera. Una frase fácil de decir, pero imposible de ejecutar cuando la tenencia de Martina dependía de cada pestañeo.
Acomodamos sus cosas en el cuarto de huéspedes y bajamos a la planta baja. Martina corría por el salón jugando con un rompecabezas, ajena a la lupa legal sobre nuestras cabezas. Nicolás y yo nos fuimos a la cocina a preparar el té de la tarde. El licenciado Benítez se acomodó en el taburete del rincón con su libreta abierta y una lapicera lista.
La prueba había comenzado.
—¿Me pasas la miel, mi amor? —pregunté desde la isla de mármol.
La palabra «mi amor» brotó de mis labios con una soltura que me sorprendió a mí misma, pero la reacción de Nicolás fue inmediata. Se acercó por detrás. No se limitó a darme el frasco; se pegó a mi espalda con una lentitud calculada, dejando que su pecho me rozara los hombros. Deslicé un respingo contenido cuando su mano izquierda me envolvió la cadera con firmeza, mientras con la derecha me alcanzaba la miel por encima del hombro.
El calor de su cuerpo desprendía ese aroma a madera y menta que me mareaba.
—Aquí tienes, linda —me susurrou contra la oreja, dejando que su aliento me acariciara la nuca y me erizara la piel por completo.
No me aparté. En lugar de marcar distancia, incliné la cabeza hacia atrás, apoyándola ligeramente sobre su hombro, y le regalé una mirada de reojo cargada de un fuego tan real que el aire de la cocina se volvió denso como plomo.
—Gracias, cielo —murmuré, pasándole una mano por la mejilla para darle una caricia lenta con la yema del pulgar.
Al rabillo del ojo vi que la lapicera del asistente social se congelaba sobre el papel. Poco después, Benítez se puso de pie en silencio y salió de la cocina hacia el salón para observar a Martina jugando con Marta.
Ni Nicolás ni yo nos movimos. Estábamos tan atrapados en la inercia del contacto que la partida del inspector pasó completamente desapercibida.
—Nicolás, te manchaste la camisa con café —dije unos minutos después, señalándole el pecho.
—Ven y límpiame —repuso él con la voz más grave, agarrándome suavemente de las muñecas para atraerme hacia su cuerpo.
Dí dos pasos y me coloqué entre sus piernas mientras él permanecía sentado en la barra. Tomé una servilleta de tela de la mesa y comencé a dar golpecitos suaves sobre su pecho, justo encima del corazón. Estaba tan cerca que podía contar sus pestañas y sentir el latido desbocado de su pulso bajo mis dedos.
Levanté la vista. La mirada de Nicolás no tenía nada que ver con los abogados ni con el juicio; era el hambre voraz de un hombre que llevaba días queriendo devorarse mi boca. Me clavó los ojos oscuros en los labios y luego subió lentamente hasta los míos con una intensidad que me quemaba la piel. Tragué saliva con dificultad y sentí que la mano me temblaba ligeramente sobre su camisa.
—Estás jugando con fuego, doctora —me dijo en un murmullo, sosteniéndome firme por la espalda baja.
—Tú empezaste, abogado —le devolví el susurro en un hilo de voz, sin romper el contacto visual, mientras mis dedos se demoraban más de la cuenta sobre la tela de su pecho.
A las ocho de la noche, durante la cena, la dinámica no dio tregua. Ante las preguntas minuciosas de Benítez sobre cómo coordinábamos nuestros horarios, hablé de nosotros con una complicidad maravillosa. Nicolás me tomó la mano sobre la mesa, entrelazando sus dedos con los míos a la vista del inspector. La firmeza de su agarre y la calidez de su piel me recorrían el brazo en una descarga eléctrica constante. No me soltó la mano en toda la comida.
Para cuando terminamos de acostar a Martina —quien nos dio un beso a los dos en la mejilla antes de quedarse dormida—, la casona quedó envuelta en un silencio pesado.
Benítez se despidió para retirarse a la habitación de huéspedes en la planta baja, anotando un par de observaciones finales en su cuaderno.
—Ha sido una jornada muy revelatoria —comentó en la puerta del pasillo, mirándonos por encima de los lentes—. Se nota que hay una dinámica afectiva muy profunda en esta casa. Los veré mañana temprano para cerrar el informe.
—Descanse, licenciado —respondió Nicolás con la voz tranquila.
Apenas se cerró la puerta de la habitación de huéspedes, nos quedamos solos en el gran pasillo de la planta alta, iluminados únicamente por las luces tenues del techo.
El aire entre los dos quemaba. Nicolás soltó mi mano, pero en lugar de separarse, me acorraló despacio contra la pared del pasillo, quedando a un milímetro de mi cuerpo. La respiración de ambos estaba agitada, el pecho subiendo y bajando al mismo ritmo.