El chasquido del picaporte de la habitación de huéspedes abajo nos devolvió a la realidad, pero la corriente eléctrica entre nuestros cuerpos pegados a la pared del pasillo no se cortó. Nicolás me sostuvo la mirada un segundo más antes de dar un paso atrás, rompiendo el espacio a regañadientes.
Entramos a su dormitorio principal y el cierre de la puerta sonó definitivo. De pronto, la timidez me invadió por completo. La habitación se sentía enorme, pero el aire entre los dos estaba tan cargado que me costaba respirar. Con el corazón batiéndome en el pecho como si fuera a explotar, caminé directamente hacia el vestidor para buscar mi pijama.
—Voy al baño a cambiarme —dije en un murmullo, sin atreverme a mirarlo a los ojos.
Me encerré en el baño con la respiración entrecortada. Me quité la ropa del día y me puse el camisón de seda, tomándome un par de minutos para apoyar las manos sobre el lavatorio y tratar de calmar el temblor de mi cuerpo.
Al salir, Nicolás estaba de espaldas junto a su armario, vistiendo solo el pantalón de pijama gris y con el torso desnudo. La visión de su espalda ancha y sus hombros marcados bajo la luz tenue me detuvo un instante. Sin hacer ruido, me deslicé rápidamente hacia la gran cama king size, me metí bajo las sábanas y me acurruqué de costado, dándole la espalda y cerrando los ojos para hacerme la dormida.
Escuché sus pasos cruzando la alfombra y la puerta del baño cerrándose. Unos minutos después, el colchón se hundió a mi lado con su peso. La luz del velador se apagó, dejando el cuarto en penumbra.
Sentí cómo se acomodaba a mi espalda. No tardó ni dos segundos en romper la distancia.
—Vas a ser la muerte mía, Mercedes —susurró muy cerca de mi oído, revelando que había notado mi actuación desde el primer momento.
Se inclinó apenas y me dejó un beso tibio, suave y pausado en el hombro desnudo antes de volver a apoyarse en su almohada.
—Buenas noches —murmuró.
Tragué saliva en silencio, esperando a que el ritmo de su respiración se calmara antes de poder intentar conciliar el sueño.
En algún momento de la madrugada, me desperté desorientada.
No había espacio entre los dos. Estábamos en el centro exacto de la cama, completamente envueltos en el calor del otro. Nicolás me tenía rodeada con un brazo firme sobre la cintura, pegando mi cuerpo al suyo sin la menor reserva.
Solté un respingo ahogado. Mi cuerpo entero chocó contra el suyo. La tela fina de mi camisón era una barrera ridícula ante la calidez de su piel. Podía sentir el latido rítmico y acelerado de su corazón contra mi pecho, y la firmeza de sus muslos entrelazándose con los míos bajo la colcha.
—Shh... —susurró contra mi frente, acomodando su barbilla sobre mi cabeza—. Pégate a mí... no puede haber espacio entre los dos.
No necesitaba que me lo dijera dos veces. Escondí el rostro en el hueco de su cuello, inhalando el aroma a menta y piel tibia que me emborrachaba los sentidos. Pasé mi mano por su torso, sintiendo la tensión de sus músculos bajo mis dedos. Mis yemas se demoraron en sus costillas, subiendo lentamente por su pecho hasta llegar a su hombro duro.
Nicolás dejó ir un gruñido bajo en la penumbra. Su mano en mi espalda no se quedó quieta; comenzó a trazar caricias lentas, pausadas y tortuosas que subían por mi columna hasta ahuecarse en mi nuca y luego bajaban hasta presionar la curva de mi cadera. Cada roce era una chispa sobre gasolina.
—Me estás volviendo loco —murmuró cerca de mi oído, y su aliento caliente me erizó los vellos del cuello.
Subí la cara apenas un par de centímetros en la penumbra. Nuestras narices se rozaron. Estábamos a milímetros, conteniendo el aliento, sintiendo la vibración de cada respiración agitada en los labios del otro. La tentación de romper la última regla y estrellar mi boca contra la suya era tan violenta que me dolía físicamente el pecho.
Nicolás deslizó su pulgar por mi pómulo, delineando la forma de mis labios con una lentitud agonizante. Sentí el temblor en la yema de su dedo, el deseo brutal que intentaba dominar sin éxito. Sus piernas se apretaron más contra las mías, buscando un contacto aún más íntimo bajo las cobijas, acorralándome suavemente entre el colchón y su cuerpo.
—No te muevas... por favor —suplicó en un hilo de voz rasposa, cerrando los ojos con fuerza mientras apoyaba su frente contra la mía.
Me pegué aún más a él, pasándole el brazo por la cintura y entrelazando mis dedos en su espalda. Las caricias continuaron en la penumbra durante horas, un baile hambriento de manos, respiraciones entrecortadas y piel contra piel que rozaba el límite de lo tolerable sin llegar al beso que ambos exigíamos a gritos.
Abrazados de esa forma tan absoluta, consumiéndonos en el fuego silencioso de lo que ya era imposible negar, la madrugada nos encontró sin haber pegado un solo ojo, atrapados en la cama más peligrosa del mundo.