La luz tenue de la mañana entrando por el ventanal del dormitorio me despertó de una vigilia prolongada. La gran cama king size estaba vacía a mi lado, pero las sábanas aún conservaban el calor de Nicolás y su aroma penetrante a madera y menta. El agotamiento de no haber pegado un ojo en toda la noche, sumado a que era mi día libre en el hospital, hizo que mis párpados pesaran más de la cuenta. Me quedé un rato más entre las cobijas, asimilando la electricidad que aún me recorría el cuerpo.
Cuando por fin me cambié y bajé las escaleras, el murmullo de voces y risas proveniente del comedor iluminó el pasillo principal.
Apenas asomé la cabeza por la puerta, Martina fue la primera en verme. La nena bajó de un salto de su silla y corrió hacia mí a toda prisa, rodeándome las piernas con un abrazo apretado.
—¡Meme! —exclamó con una sonrisa gigante, mirando al resto de la mesa—. ¡Mamá es una dormilona!
Un calor dulce y profundo me inundó el pecho al escucharla llamarme así frente a todos. Antes de que pudiera responderle, escuché los pasos firmes de Nicolás acercándose. Venía en mangas de camisa, con la corbata floja y una taza de café en la mano.
Se detuvo justo a mi lado. Sin pedir permiso y frente a la mirada atenta de la casa, pasó un brazo por mi cintura, pegándome suavemente a su costado, y me plantó un beso tibio, pausado y lleno de una ternura inédita en la mejilla, justo cerca de la comisura de mi boca.
—Ella se lo merece por lo mucho que trabaja, Marti —dijo Nicolás con la voz grave, acariciándome la cadera con el pulgar antes de mirarme a los ojos con una calidez que me derritió por dentro—. Buenos días, doctora.
A un lado de la mesa, el licenciado Benítez nos observaba con una sonrisa aprobatoria sobre su taza de té, mientras Marta terminaba de servir las tostadas.
Al ver la protección de Nicolás, la ternura de Martina y el respeto con el que me trataban todos en esa casona, me invadió una emoción insospechada. En toda mi vida nunca me había sentido tan cuidada, tan querida y tan parte de algo real. La actuación de la noche anterior se sentía distante; lo que flotaba entre nosotros en ese comedor era abrumadoramente sincero.
Una hora después, la inspección llegó a su fin. En la puerta principal, el licenciado Benítez guardó su libreta en el maletín y estrechó la mano de Nicolás con firmeza.
—Debo felicitarlo, señor Fernández —dijo el inspector, mirándonos a ambos—. He presenciado muchos procesos de custodia y pocas veces encuentro un entorno tan sólido, genuino y lleno de afecto. Martina está en excelentes manos con ustedes dos. Mi informe para el tribunal será inmejorable.
Cuando el auto del asistente social se alejó por la entrada, Nicolás y yo dejamos salir un suspiro de alivio contenido. Martina subió a su cuarto a jugar con Marta, y la casona recuperó la calma.
Con el día libre por delante, me ofrecí a juntar los carpetones, carpetas médicas y documentos que habíamos dejado desparramados en el escritorio del despacho durante la preparación de la inspección. Quería ayudar, sentirme útil en esa victoria compartida.
Entré al despacho de Nicolás. El aroma a cuero y libros antiguos me envolvió mientras me acercaba al gran escritorio de roble. Comencé a ordenar los folios, pero al levantar una carpeta pesada sobre el expediente de la custodia, rosé un cajón del escritorio que no había quedado bien cerrado.
Dentro, sobresaliendo de un sobre de papel madera sin abrochar, había una pila de documentos legales y varias fotografías impresas en papel brillante.
Pensando que eran pruebas suplementarias para el juez, tomé el sobre para guardarlo. Pero al deslizar las imágenes, el mundo se me detuvo de golpe.
Eran varias fotografías antiguas de Nicolás y Nataly juntas. En la primera, una mujer despampanante de cabello rubio brillante y sonrisa perfecta lo abrazaba por el cuello en unas vacaciones, mientras él la miraba con una entrega absoluta. En otra, aparecían riendo en una fiesta elegante, tomados de la mano con una complicidad intacta. Y en la última, los dos estaban en la clínica, abrazados con ternura mientras sostenían a Martina recién nacida, envuelta en una manta rosa. Formaban el retrato perfecto de la vida y el amor que alguna vez construyeron juntos antes de que ella los abandonara.
Junto a la pila de fotos, leí por encima el encabezado del documento legal que las acompañaba: Estrategia de defensa contra la pretensión de la familia materna y reconstitución del núcleo familiar.
Sentí como si me hubieran arrojado un balde de agua congelada en la cabeza. La sangre se me fue de la cara y las manos me empezaron a temblar tanto que casi se me caen las imágenes de los dedos.
Miré la sonrisa radiante de Nataly en cada una de esas fotos y luego miré las palabras frías del pacto legal que regía mi estancia en la casona.
Un nudo ciego y doloroso me cerró la garganta de golpe. La ilusión del desayuno, el beso en la mejilla, las caricias de la madrugada en su cama... todo cayó estrepitosamente como un castillo de naipes. De repente, la realidad me golpeó con la fuerza de un martillazo: Nicolás no guardaba todos esos recuerdos con Nataly por puro trámite. Guardaba la nostalgia de la mujer rubia que había amado y de la familia real que alguna vez tuvo.
Y yo... yo solo era la pieza de repuesto. La mujer con la que había hecho un trato de conveniencia mutua para montar la fachada perfecta frente a los jueces, ganarle la batalla a los abuelos y tapar el vacío que Nataly había dejado. Mis sentimientos, la emoción de que Martina me llamara mamá y la atracción brutal que nos estaba consumiendo eran solo una ilusión mía. Él solo me estaba usando estratégicamente como una ficha en su tablero para proteger a su hija.