Entré al despacho con una sonrisa tranquila dibujada en los labios y una ligereza en el pecho que hacía meses no experimentaba. Marta acababa de llevarse a Martina al parque de la esquina a jugar con la bicicleta nueva, y la casona había quedado sumergida en esa calma apacible, luminosa y tibia de los sábados por la mañana.
—Mercedes, Marti se fue al parque con Marta por... —comencé a decir mientras cruzaba el umbral de madera pesada.
Las palabras se me congelaron en la garganta. La sonrisa se me desintegró en la cara.
Mercedes estaba de pie frente a mi escritorio de roble, de espaldas al ventanal por donde entraba la luz del sol. Tenía la cabeza gacha, los hombros completamente rígidos y el cuerpo entero temblándole en un espasmo fino y silencioso. Sobre la superficie pulida de la madera reposaban, esparcidas de forma caótica y destapadas, las fotografías de mi pasado con Nataly y las carpetas clasificadas con los documentos de la estrategia de defensa contra los abuelos maternos.
Cuando levantó la cara hacia mí, el impacto fue tan violento que sentí como si me hubieran asestado un golpe seco en el centro del pecho, dejándome sin aire. Sus ojos claros, anegados en lágrimas que resbalaban sin control por sus pómulos, me miraban con una mezcla desgarradora de dolor, decepción absoluta y un desamparo que me partió el alma en mil pedazos.
—Mercedes... ¿qué pasa? —pregunté en un hilo de voz, dando dos pasos rápidos e instintivos hacia ella.
—No te acerques, por favor no... —murmuró, dando un paso drástico hacia atrás y levantando una mano temblorosa para frenarme. Su voz no era firme; era un susurro quebrado, ahogado por un nudo de llanto retenido en la garganta.
—¿Qué es esto? —pregunté, señalando las fotos sobre el escritorio, sintiendo cómo un frío amargo y visceral se me instalaba de golpe en las entrañas—. Mercedes, por favor... ¿qué estás pensando?
—Estoy pensando que todo esto se me está escapando de las manos, Nicolás —dijo, y al pronunciar mi nombre rompió a llorar con una desesperación contenida que hizo eco en las paredes del despacho—. Esto no era lo que habíamos convenido en un principio. Quedamos en un trato mutuo, en un acuerdo frío y transparente para ayudarnos... no en esto. No en que yo terminara durmiendo en tu cama creyendo que había algo real entre los dos, mientras en el primer cajón de tu escritorio guardas los recuerdos intactos de la mujer que amabas y de la familia que extrañas.
—No, no, no... escúchame, estás entendiendo todo mal —supliqué con la voz alterada, dando otro paso desordenado hacia ella, sintiendo cómo el pánico me oprimía el cuello al ver la brecha gigantesca que se estaba abriendo entre nosotros.
—¡No estoy entendiendo mal nada! —me interrumpió con un grito ahogado, apretándose el centro del pecho con la mano, como si le costara respirar—. Me siento una estúpida, Nicolás... ¡Una completa estúpida! Por eso Gabriel me engañó con mi propia hermana, por eso mi madre nunca me quiso ni me dio mi lugar en esa casa. Porque nunca soy suficiente para nadie. ¡Porque no soy merecedora de que nadie me ame de verdad! Me siento una maldita ficha de ajedrez en tu guerra personal contra la familia de Nataly. Me usas para que tu hija me llame mamá frente a un inspector, me usas para tapar el vacío de la mujer que perdiste y para que los jueces te vean como el hombre perfecto ante la ley. ¡Solo soy una pieza estratégica en tu tablero! Y lo peor de todo... lo que me está matando por dentro... es que yo... yo sí estaba sintiendo cosas reales.
Cada una de sus palabras cayó sobre mi conciencia con el peso de una losa de hormigón. Escuchar la herida abierta de su pasado, verla destrozada por mi culpa, cargando con el fantasma de la traición de su hermana y el desprecio de su madre, pensando que para mí era solo un peón de reemplazo cuando llevaba semanas volviéndome completamente loco por ella, me hizo perder el control de mí mismo.
La angustia y el pánico a perderla me nublaron la razón.
Caminé a pasos agigantados hacia el escritorio. Estiré la mano con una brusquedad salvaje, tomé el fajo entero de fotografías donde aparecía Nataly y, sin dudarlo un solo segundo, las agarré por el centro y las rasgué por la mitad con un chasquido sordo que retumbó por todo el despacho. Volví a juntar los pedazos y los rompié en cuatro, en ocho, en pedazos insignificantes de papel brillante que destruí con las manos temblorosas de rabia e impotencia, hasta arrojarlos con furia al fondo del cesto de basura.
Mercedes ahogó un grito de sorpresa, cubriéndose la boca con ambas manos mientras retrocedía un milímetro más.
—¡No me importa una puta mierda esa mujer! —grité con la respiración desbocada, el pecho subiéndome y bajándome a un ritmo violento y los ojos ardiéndome por las lágrimas de rabia que amenazaban con salir—. ¿Crees que guardo esos papeles por nostalgia? ¿Crees que me importa un carajo su recuerdo? ¡Esa mujer nos abandonó a Martina y a mí cuando la nena apenas tenía dos años! ¡Se fue sin mirar atrás, nos dejó destruidos, juntando los pedazos de esta casa en soledad, y jamás en la vida se volvió a preocupar por si su hija comía, lloraba o respiraba!
Mercedes se quedó completamente paralizada contra el borde de la ventana, mirándome con los labios entreabiertos, mientras las lágrimas continuaban resbalándole por la barbilla y cayendo sobre su Blusa.
—¿Y sus padres? ¿Los abuelos por los que crees que monté todo este circo? —continué, dando el último paso que nos separaba hasta acorralarla suavemente contra la pared, sintiendo el aire del despacho arder entre los dos—. A esos viejos jamás les importó Martina. Nunca le mandaron un regalo de cumpleaños, nunca levantaron el teléfono para saber si estaba enferma, nunca la vinieron a ver. ¡Buscan dinero y buscan venganza contra mí por no haber podido controlar mi vida! Guardo esos folios y esas fotos porque los abogados necesitan probar en el expediente que hubo un abandono real de Nataly antes de que sus padres intentaran reestructurar la historia. ¡Es estrategia judicial, Mercedes! ¡Es la maldita mierda con la que tengo que defender a mi hija, no amor!