Su esposa por un año

Capítulo 44: La mañana siguiente

La luz tibia del sol de la mañana se colaba entre las rendijas de las cortinas, dibujando líneas doradas sobre el acolchado de la gran cama king size. Me desperté despacio, con esa pesadez deliciosa en el cuerpo que solo deja una noche de entrega absoluta.

No hizo falta abrir los ojos para saber dónde estaba. El aroma a madera y menta me envolvía por completo, y el calor firme de Nicolás pegado a mi espalda era mi único refugio. Tenía su brazo largo y pesado rodeándome la cintura, con la mano grande afirmada sobre mi vientre en un agarre posesivo e inquebrantable. Nos habíamos puesto la ropa de dormir en la madrugada por pura prudencia —Martina dormía en la habitación contigua y en cualquier momento podía aparecer con su andar sigiloso—, pero la tela fina de los pijamas era una barrera insignificante para la electricidad que seguía flotando entre los dos.

Durante la noche nos habíamos dado amor sin tregua, entre besos lentos, caricias infinitas y murmullos en la penumbra que me habían curado el alma.

Traté de girarme con cuidado para no despertarlo, pero en cuanto me moví un milímetro, el agarre de Nicolás en mi cintura se ajustó. Escuché su respiración volverse más profunda cerca de mi nuca antes de sentir la presión de sus labios dejándome un beso pausado y tibio justo en la curva entre mi cuello y mi hombro.

—Buenos días... —murmuró con esa voz grave, ronca de sueño, que me provocó un escalofrío instantáneo en la columna.

—Buenos días —respondí en un hilo de voz, terminando de girarme para quedar de frente a él.

Nicolás abrió los ojos despacio. Sus pupilas oscuras me recorrieron la cara con una fijación y una ternura tan desarmantes que sentí un vuelco violentísimo en el pecho. Me acarició la mejilla con el dorso de los dedos, apartándome con delicadeza un mechón de pelo rebelde.

—¿Cómo estás? —preguntó suavemente, clavando sus ojos en los míos.

—Muy bien... Increíblemente bien —confesé, dejando escapar una pequeña sonrisa contenida.

Él sonrió también, un gesto pequeño y genuino que le suavizó las facciones del rostro como nunca antes lo había visto. Se inclinó y me buscó los labios en un beso corto, tibio y dulce que olía a sueño y a una complicidad profunda.

—Voy por el desayuno antes de que la enana se despierte —dijo en un murmullo contra mi boca, guiñándome un ojo antes de salir de la cama.

Lo vi ponerse la bata de casa sobre el pantalón de pijama con movimientos ágiles y salir de la habitación. Me quedé unos minutos a solas, abrazando su almohada, asimilando la transformación abismal de nuestra realidad. Ya no había un contrato frío flotando en el aire, ni la sombra amarga de Nataly, ni el fantasma de mi pasado haciéndome dudar de mí misma.

Poco después, la puerta se abrió de par en par. Nicolás entró con una bandeja de madera re repleta: dos tazas de café humeante, tostadas, mermelada y un tazón con frutas picadas.

—Servicio a la habitación, doctora —bromeó con una sonrisa ligera, dejando la bandeja en el centro de la cama y acomodándose a mi lado.

Nos quedamos ahí, cruzados de piernas sobre el acolchado, compartiendo el café en un silencio cómodo y hermoso. La forma en que me miraba mientras yo hablaba, cómo me rozaba la mano cada vez que me pasaba algo de la bandeja o la naturalidad con la que reíamos de cualquier tontería me hacían sentir que ese lugar a su lado era verdaderamente mío. Me sentía respetada, deseada y, por primera vez en mi vida, cuidada en la misma medida en que yo cuidaba a los demás.

El impulso de decirle "Te amo" me quemó la garganta. Estaba ahí, contenido en la punta de la lengua, a un milímetro de salir. Las tres palabras resonaban en mi cabeza con la fuerza de una revelación.

Pero el miedo... el viejo y maldito miedo a salir lastimada me hizo frenar.

El fantasma de la traición de Gabriel y el dolor de haber entregado mi corazón a la persona equivocada en el pasado aún dejaban un eco lejano de prudencia. Me aterraba acelerar las cosas, quemar las etapas o decir algo que pusiera en riesgo la paz perfecta que habíamos construido en esa habitación. Guardé las palabras en el pecho, prefiriendo demostrárselo con la mirada y con la forma en que entrelacé mis dedos con los suyos sobre las sábanas.

—¿En qué piensas? —preguntó Nicolás, notando mi pequeño silencio mientras me acariciaba el pulgar.

—En nada... En que no quiero que esta mañana se termine nunca —admití con sinceridad, mirándolo a los ojos.

Él se acercó, tomó mi taza para dejarla en la mesa de noche junto a la suya y me envolvió entre sus brazos, tumbándome despacio sobre el colchón.

—No se va a terminar —prometió contra mi oído, pegando su cuerpo al mío—. Esto recién empieza, Mercedes.

Antes de que pudiera responderle, escuchamos los pasos rápidos y menudos de Martina corriendo por el pasillo. La puerta se abrió de golpe y la nena apareció despeinada, en pijama de monitos, mirándonos con los ojos muy abiertos.

—¡Sabía que estabas aquí, Meme! —exclamó con una carcajada contagiosa, corriendo a saltar sobre la cama entre los dos.

Nicolás y yo nos miramos sobre la cabeza de Martina, compartiendo una sonrisa cómplice y llena de luz. Viendo a la nena reír entre los dos y sintiendo la mano de Nicolás buscando la mía por debajo de las cobijas, supe que, dijera o no las palabras en voz alta, mi corazón ya le pertenecía por completo.




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