Su esposa por un año

Capítulo 46: La integración de Lucía

El sonido de la campana del horno resonó en la cocina justo cuando el eco del timbre principal retumbó. Me limpié las manos apresuradamente con el repasador y eché un último vistazo a la mesa del comedor diario. Marta se había encargado de dejar todo impecable antes de terminar su turno, pero la tensión dulce que me recorría el pecho me hacía revisar cada detalle por tercera vez: los individuales de lino, las servilletas perfectamente dobladas y el aroma casero a la tarta de manzanas que acababa de sacar del fuego.

Era la primera vez que alguien de mi vida de antes, alguien ajeno al círculo cerrado de la casona y al equipo legal de Nicolás, cruzaba la puerta de esta casa.

—¡Yo voy! —escuché el grito alegre de Martina desde la sala, seguido por el golpeteo rápido de sus zapatillas corriendo por el piso de roble.

—¡Marti, no abras sola! —exclamó la voz grave de Nicolás desde el recibidor, aunque el tono divertido delataba que venía persiguiéndola a paso firme.

Aceleré el paso para alcanzarlos en la entrada. Para cuando llegué, Nicolás ya había abierto la puerta doble de madera y Lucía estaba parada en el umbral. Llevaba una chaqueta de cuero sobre su vestido casual, un bolso cruzado y una botella de vino tinto envuelta en papel de regalo. Su mirada astuta y vivaz recorrió la fachada, el vestíbulo elegante y finalmente se posó en la pequeña niña que la observaba con curiosidad desde detrás de la pierna de Nicolás.

—¡Lú! —exclamé, dando un paso al frente para envolverla en un abrazo apretado.

—¡Meme, por fin! —respondió mi amiga, correspondiendo al abrazo con fuerza antes de apartarse apenas un centímetro para mirarme de arriba abajo—. Dios mío, mírate esa cara de paz... El aire de esta casona te sienta ridículamente bien.

Sentí un calorcito suave subiendo por mis mejillas. Me giré hacia Nicolás, que nos observaba con una postura relajada, en mangas de camisa y con esa serenidad que ahora parecía envolver cada uno de sus movimientos cuando estábamos dentro de la casa.

—Lucía, él es Nicolás —los presenté, sintiendo un cosquilleo en la garganta al pronunciar su nombre frente a mi mejor amiga—. Y ella es Martina.

—Un placer al fin, Lucía. Mercedes me ha hablado muchísimo de ti —dijo Nicolás con su voz profunda, dando un paso adelante para estrecharle la mano con la calidez justa y una sonrisa sincera—. Bienvenida a nuestra casa.

Lucía parpadeó, tomándolo por sorpresa al aceptar el saludo pero dedicándole una mirada inquisidora de arriba abajo que Nicolás aguantó con impecable caballerosidad.

—El placer es mío, Nicolás. Tenía muchas ganas de conocer al hombre que revolucionó la vida de mi mejor amiga —respondió ella con esa franqueza descarada que la caracterizaba, antes de agacharse de inmediato para quedar a la altura de la nena—. Y tú debes ser la famosa Martina. ¡Qué vestido tan increíble tienes puesto!

Martina, que llevaba un vestido amarillo con volados y una vincha de flores, sonrió de oreja a oreja, encantada por la atención inmediata.

—¡Es de princesa! —declaró la nena con orgullo, dando una vueltita sobre sí misma—. Meme me ayudó a peinarme. ¿Quieres ver mi castillo de bloques antes de cenar?

—Me encantaría ver ese castillo —aseguró Lucía, dejándose guiar de la mano por Martina directamente hacia la sala, sin mostrar el menor reparo.

Nicolás y yo nos quedamos un segundo a solas en el recibidor. Él me tomó la botella de vino de las manos y se inclinó hacia mi oído, rozándome la piel sensible debajo de la oreja con sus labios cálidos.

—Tu amiga es perspicaz —susurró con una sonrisa ligera contra mi piel—. Me gusta. Pasa el examen.

—Ni te imaginas lo analítica que puede ser —se me escapó una risita, mientras sentía su mano grande asentarse un segundo en mi cintura antes de ir hacia la cocina a abrir el vino.

La cena transcurrió con una fluidez que me tomó por sorpresa. Nos acomodamos en la mesa del comedor, y lo que en mi cabeza había imaginado como una noche llena de formalidades y prudencia se convirtió en una velada cálida, ruidosa y profundamente hogareña. Lucía, con su sentido del humor chispeante, llenó el ambiente de anécdotas del hospital, haciendo reír a Nicolás con los enredos del área de guardia.

Pero lo que más me impactaba no era la conversación, sino la dinámica que fluyó entre nosotros tres sin que tuviéramos que forzar absolutamente nada.

Cuando a Martina se le cayó un trozo de pan al suelo, Nicolás y yo nos inclinamos al mismo tiempo para recogerlo, rozándonos los dedos por debajo de la mesa y buscándonos la mirada en una sonrisa cómplice que no necesitó palabras. Cuando la nena empezó a mostrar signos de cansancio, apoyando la cabecita en mi hombro mientras comía su postre, me acomodé de instinto para sostenerla, pasándole la mano por la espalda. Nicolás se acercó por detrás, me besó la sien con absoluta naturalidad y le quitó el tenedor de la mano a su hija para que no se pinchara.

—Creo que alguien ya no aguanta el sueño —dijo él en voz baja, acariciándole el pelo a la pequeña.

—Yo no tengo sueño... —protestó Martina con un bostezo enorme que hizo reír a Lucía.

—Vamos a la cama, princesa. Mamá y yo te arropamos en un ratito —le respondió Nicolás.

El uso casual de la palabra "mamá" frente a Lucía flotó en el aire con una solidez tan pura que el corazón me dio un vuelco en el pecho. No había inspectores cerca. No había abogados tomando notas en un cuaderno. Era simplemente la vida real abriéndose paso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.