Su esposa por un año

Capítulo 47: Mente fría, pasión desbordada (POV Nicolás)

Hay una regla no escrita en el ejercicio de la abogacía: cuando tu adversario se sabe acorralado y desprovisto de argumentos legales sólidos, deja de litigar en los expedientes y empieza a mugir en las sombras.

Me acomodé el nudo de la corbata mientras cruzaba el pasillo del Palacio de Tribunales a pasos largos, sintiendo la vibración del teléfono en el bolsillo interior de mi saco. Era el Dr. Morales, el abogado que lideraba la embestida de los abuelos maternos.

—Fernández, necesitamos hablar —soltó sin rodeos al atender, con un tono cargado de una falsa condescendencia que me revolvió las entrañas—. Nos llegó una información sumamente delicada sobre tu pareja, la doctora Rossini. Parece que hay ciertos antecedentes de inestabilidad emocional, episodios depresivos severos tras su ruptura previa y un entorno familiar que no la respalda en absoluto. Su propia hermana, Camila, está dispuesta a presentar una declaración jurada sobre el estado psicológico alterado de Mercedes. Sugiero que revisemos los términos antes de que llevemos esto a la audiencia de custodia.

Se me congeló la sangre por medio segundo, no por temor a sus amenazas, sino por la furia hirviente que me provocó escuchar el nombre de Camila salpicando de veneno la reputación de mi mujer.

—Escúchame muy bien, Morales —dije con una voz helada, quirúrgica y tan baja que lo obligó a pegar el teléfono a la oreja—. Tienes exactamente dos horas para retirar cualquier intento de escrito difamatorio. Si esa mentira toca el expediente, no solo presentaré una querella criminal por calumnias e injurias contra ti y tu representada, sino que iniciaré una demanda por daños y perjuicios contra Camila Rossini que la dejará en la ruina financiera de por vida. Tengo los informes de evaluación psicológica del equipo interdisciplinario del juzgado que declaran a Mercedes perfectamente apta, sólida y ejemplar. Están jugando con fuego y se van a quemar.

No esperé su respuesta. Corté la llamada y caminé directo hacia la mesa de entradas del juzgado de familia.

Durante las tres horas siguientes, trabajé con la precisión de un cirujano. Desplegué una maniobra legal impecable: redacté un recurso de protección por violencia mediática y hostigamiento contra los abogados de la contraparte, adjunté los peritajes oficiales del licenciado Benítez que aplastaban cualquier rumor de inestabilidad y presenté una advertencia de sanción ética ante el Colegio de Abogados contra Morales por intentar introducir testimonios falsos y no ratificados.

Para las cuatro de la tarde, el juzgado emitió una resolución fulminante desestimando de plano cualquier recurso basado en dichos de terceros no citados en la causa y apercibió a la defensa de los abuelos.

Los aplasté en tiempo récord. No iba a permitir que nadie, absolutamente nadie, volviera a poner en duda el valor, la cordura o la dignidad de Mercedes.

Cuando salí del tribunal, el cielo de la tarde comenzaba a teñirse de un naranja oscuro y fresco. Consulté el reloj de pulsera: faltaban quince minutos para que terminara el turno de Mercedes en la guardia del hospital. Habían sido tres días eternos. Mercedes había quedado enganchada en una guardia maratónica de 72 horas seguidas por una seguidilla de emergencias, tres días enteros en los que apenas si habíamos podido intercambiar un par de mensajes rápidos de madrugada.

La casona se había sentido helada y vacía sin ella. Esas 72 horas me habían servido para entender que la necesidad que tenía de su presencia ya no era un deseo leve: era una adicción física y emocional que me carcomía por dentro.

Subí a mi auto, puse el motor en marcha y conduje a través del tránsito de la ciudad con una urgencia febril metida debajo de la piel. Resolver el ataque legal me había dejado una descarga de adrenalina brutal, pero la necesidad imperiosa de tenerla cerca era lo único que ocupaba mi mente.

Aparqué el vehículo en la calle lateral del hospital, justo frente a la salida del personal de guardia. Apagué el motor y me quedé observando la puerta de vidrio, sintiendo el latido de mi propio corazón retumbando en mis oídos.

Pocos minutos después, la vi salir.

Llevaba el cabello recogido de forma algo desprolija, su ambo médico azul y un abrigo encima para protegerse del viento fresco de la tarde. Se la veía físicamente agotada tras tres días continuos dentro del hospital, pero para mis ojos no había nada más hermoso en todo este maldito planeta. Estaba buscando las llaves en su bolso cuando levantó la vista y divisó mi auto.

En cuanto nuestros ojos se cruzaron tras tres días de separación, el cansancio de su rostro se disipó como por arte de magia, reemplazado por una mirada de alivio puro y una sonrisa radiante que me aceleró la respiración.

Destrabé los seguros del coche mientras la veía caminar hacia mí. En cuanto abrió la puerta del copiloto y el aroma a lavanda y antiséptico invadió el habitáculo, la contención con la que había manejado el día se evaporó por completo.

—Nicolás... ¿qué haces aquí? —preguntó sorprendida, acomodándose en el asiento—. Pensé que estabas en el juzgado.

No respondí con palabras. Me estiré sobre la consola central, le tomé la nuca con la mano abierta y la atraje hacia mí para pegar mi boca a la suya con una desesperación contenida que nos tomó a los dos por sorpresa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.