La luz tibia de la mañana se filtraba suavemente por entre las cortinas pesadas de la habitación principal. Despertar en esa cama ya no se sentía como una novedad extraña, sino como el único lugar del mundo al que pertenecía.
Nicolás todavía dormía a mi lado. Tenía un brazo pesado rodeándome la cintura, pegando mi espalda contra su pecho desnudo en un abrazo posesivo e inconsciente. Escuchar el ritmo pausado de su respiración y sentir el calor constante de su cuerpo me llenó de una paz tan profunda que me quedé inmóvil un largo rato, simplemente disfrutando del momento.
Recordar lo de anoche me sacó una sonrisa involuntaria que me encendió las mejillas. Después del encuentro salvaje en la penumbra del garaje, habíamos entrado a la casa a tiempo para cenar tranquilos en familia. Compartimos la mesa entre risas y charlas sencillas, y tras acompañar a Martina a su cuarto y arroparla hasta que quedó profundamente dormida, subimos a nuestro dormitorio como si el mundo se fuera a acabar. Nos amamos otra vez bajo las cobijas, con una lentitud y una ternura casi devocional, curando el cansancio de la guardia y las secuelas de las batallas legales hasta quedar completamente exhaustos.
Me giré despacio sobre el colchón para no despertarlo y estiré la mano hacia la mesa de noche para tomar mi teléfono. La pantalla indicaba dos llamadas perdidas y un mensaje de voz dejado a última hora de la noche anterior.
El remitente era mi padre.
Sentí un pequeño vuelco en el estómago. Hacía meses que no hablaba con él; desde que Camila y mi madre habían convertido nuestra relación en un campo de minas y desde que Gabriel había tomado partido por mi hermana, la comunicación con mi padre se había reducido a silencios incómodos y distanciamiento.
Toqué la pantalla para escuchar el mensaje de voz y me pegué el altavoz al oído en el volumen más bajo posible.
"Mercedes, hija... Soy papá. Sé que las cosas han estado difíciles y que cometí errores al no poner límites a tiempo. Quiero recomponer las cosas contigo. Me enteré de todo lo que estás logrando con Nicolás y su hija... Quisiera invitarlos a cenar este fin de semana a la mansión. Solo los dos, conmigo. Por favor, llámame cuando puedas."
El tono de su voz sonaba cansado, casi suplicante, despojado de la altivez que solía imponer mi madre en esa casa.
Un movimiento a mi lado me hizo bajar el teléfono. Nicolás había abierto los ojos. Tenía la mirada entrecerrada por el sueño, pero en cuanto vio la expresión de mi rostro, su mirada se volvió alerta en un segundo.
—¿Qué pasó, mi amor? —preguntó con su voz mañanera, más grave de lo habitual, estirando el brazo para traerme de vuelta hacia su pecho—. ¿Quién era?
Me acomodé contra él, apoyando la barrilla en su torso y dejando el teléfono sobre las sábanas.
—Era mi padre —confesé en un susurro, buscando sus ojos oscuros—. Dejó un mensaje de voz recién.
Nicolás me acarició la espalda desnuda con la yema de los dedos, de forma pausada y tranquilizadora.
—¿Qué quiere?
—Dice que quiere recomponer las cosas. Que quiere invitarnos a cenar a la mansión familiar este fin de semana para conocerte bien y hablar... solo los dos con él.
Nicolás se quedó en silencio un instante, procesando mis palabras mientras sus dedos subían por mi columna hasta mi nuca. Podía ver el análisis frío de su mente de abogado evaluando los riesgos, pero lo que prevaleció en su rostro fue una ternura absoluta hacia mí.
—¿Tú qué quieres hacer, Mercedes? —me preguntó con suavidad, dejando la decisión entera en mis manos—. Si no te sientes lista, no tenemos por qué ir. No le debes nada a esa familia y no voy a dejar que te expongas a nada que te haga daño.
Dejé ir un suspiro largo, sintiendo el conflicto interno en mi pecho. Mi padre no era un hombre malvado, pero su debilidad frente a mi madre y a Camila siempre me había dejado desprotegida. A pesar de todo, una parte de mí anhelaba darle una última oportunidad para cerrar esa herida.
—Tengo miedo de que sea una trampa o una manipulación de mi madre y de Camila —admití con honestidad, apretándole la mano que descansaba en mi cintura—. Pero es mi padre, Nico. Necesito saber si de verdad hay una intención genuina de su parte.
Nicolás me tomó el mentón con delicadeza y se inclinó para darme un beso suave en los labios, largo y lleno de una promesa silenciosa.
—Entonces vamos a ir —declaró con absoluta firmeza al separarse apenas un centímetro—. Vamos a ir juntos. Si es una oportunidad real para sanar la relación con tu padre, voy a estar a tu lado apoyándote. Y si intenta ser una emboscada de tu madre o de tu hermana, te aseguro que las voy a frenar antes de que alcancen a pronunciar una sola palabra que te lastime.
Las palabras de Nicolás fueron el ancla firme que necesitaba. Saber que no tendría que volver a pisar esa casa sola, que ya no era la mujer desprotegida a la que todos podían pisotear, me dio una fuerza que jamás había experimentado.
—Gracias, Nico... —murmuré, buscándole la boca para darle un beso profundo, lleno de gratitud y amor.
—No tienes que agradecer nada, doctora —sonrió contra mis labios, envolviéndome con los brazos para pegarme del todo a él—. Somos un equipo. Donde tú vayas, yo voy.