Su esposa por un año

Capítulo 50: La emboscada y la verdad

Las ruedas de la camioneta de Nicolás hicieron crujir la gravilla de la entrada principal de la mansión Rossini. Al mirar a través de la ventanilla las paredes de piedra tallada y los jardines simétricos donde me crié, sentí una opresión fría y conocida instalándose en el centro del pecho. Esta casa, que debió haber sido un refugio de infancia, solo evocaba en mi memoria recuerdos de exigencias desmedidas, favoritismos hirientes y una soledad amarga que había tardado años en sanar.

A mi lado, Nicolás apagó el motor. El silencio del habitáculo se volvió denso, roto únicamente por el crujido de la madera del tablero al enfriarse. Lucía impecable con un traje a medida de corte perfecto, pero no era la elegancia de su ropa lo que me daba seguridad, sino la firmeza absoluta de su mirada cuando se giró hacia mí. Tomó mi mano, que descansaba helada sobre la falda de mi vestido, y entrelazó sus dedos con los míos con una presión lenta y firme.

—¿Lista, mi amor? —preguntó con esa voz grave que siempre lograba calmar mi pulso acelerado.

—No sé si lista, pero estoy tranquila porque vine contigo —admití, devolviéndole el apretón con fuerza.

—Recuerda lo que pactamos: en el primer momento en que te sientas incómoda o sientas que te faltan al respeto, nos levantamos y nos vamos. No le debes nada a esta gente, Mercedes. Ni a tu madre, ni a tu hermana, ni a nadie.

Asentí en silencio, tomando una bocanada profunda del aire fresco de la noche antes de abrir la puerta.

Subimos los tres escalones de mármol del pórtico y Nicolás tocó el timbre. Apenas unos segundos después, la imponente puerta de roble se abrió y apareció mi padre. Se lo veía notablemente más envejecido que la última vez que lo vi: el cabello completamente canoso, arrugas profundas enmarcando sus ojos y los hombros levemente caídos, despojado de la postura recta y altiva que solía ostentar. Al verme, sus ojos se iluminaron con una chispa de alivio genuino.

—Mercedes... Hija —dijo, dando un paso al frente para envolverme en un abrazo rápido y torpe que le devolví con cautela—. Qué alegría enorme que hayas venido. Nicolás, buenas noches.

—Buenas noches, señor Rossini —respondió Nicolás con impecable caballerosidad, estrechándole la mano con firmeza respetuosa.

Avanzamos hacia el gran vestíbulo de techos altos. La casona olía a las mismas flores de cera y barniz costoso que mi madre elegía desde que yo era niña. Me giré hacia mi padre, esperando que nos guiara hacia la biblioteca o al comedor diario para la cena privada que me había prometido en su mensaje de voz, pero los pasos firmes y el eco de unos tacones provenientes de la sala principal me congelaron la sangre.

De la sala salieron mi madre, vistiendo un conjunto de seda color marfil y con su postura rígida de siempre, seguida de cerca por Camila, quien lucía un vestido entallado de diseñador y una sonrisa ladina cargada de una autosuficiencia desagradable.

Me detuve en seco en medio del vestíbulo. Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.

—Papá... —murmuré, girándome hacia él con los ojos ardiendo de incredulidad y reproche—. Me dijiste que estaríamos solos. Que era una cena tranquilos, entre nosotros tres.

Mi padre bajó la mirada por una fracción de segundo, masticando una vergüenza evidente antes de buscar mis ojos con una súplica casi patética.

—Perdóname, Mercedes... Te pido disculpas de corazón, de verdad —susurró en voz baja, acercándose un paso para que las demás no escucharan del todo—. Hubo cambios a último momento. Tu madre insistió mucho y... bueno, yo quiero recomponer la relación con todos. Entenderás que no podía dejar fuera a tu hermana en un momento así. Es una oportunidad para que la familia vuelva a estar unida. Te ruego que hagas el esfuerzo por mí.

Sentí el peso aplastante de la trampa. Mi madre y Camila habían manipulado la situación a sus espaldas, utilizando su debilidad y su deseo ingenuo de una "paz familiar" inexistente para tenderme una emboscada perfeccionada. Sentí la mano grande de Nicolás posarse de inmediato en la curva de mi espalda, un contacto cálido, firme y profundamente protector que me impidió dar un paso atrás.

—Qué sorpresa, Mercedes —dijo mi madre con tono gélido, barriéndonos a Nicolás y a mí con una mirada crítica sin el menor ademán de saludarme con un beso—. Veo que al final decidiste honrar a tu padre con tu presencia... y del brazo de tu distinguido abogado.

—Buenas noches, Sra. Rossini —intervino Nicolás, cortando el aire con una helada cordialidad que no admitía replicas.

Camila dio un paso al frente, cruzándose de brazos y dedicándonos una sonrisa cargada de un veneno espeso. Estiró la mano izquierda de forma deliberada para acomodarse un mechón de pelo detrás de la oreja, haciendo destellar bajo la luz de la araña de cristal un enorme anillo de compromiso con un diamante solitario.

—Qué bueno que vinieron —soltó Camila con un tono falso y dulce que rezumaba malicia pura—. Supongo que ya se habrán enterado de la novedad... Aunque con lo ocupados que están en los tribunales defendiendo su famoso "acuerdo", quizás no hayan tenido tiempo de enterarse de las buenas noticias de la verdadera familia.

Nadie le respondió. El silencio de Nicolás era una amenaza latente, pero Camila dio un paso más cerca de mí, disfrutando visiblemente del momento.




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