Su esposa por un año

Capítulo 48: Fuego en la penumbra

El beso que Nicolás me dio en la puerta del hospital fue solo una chispa en medio de la tormenta.

Habían sido setenta y dos horas brutales de guardia. Tres días enteros envuelta en olor a antiséptico, luces de neón y monitores de urgencias, extrañando el sonido de su voz y el calor de sus manos. Cuando subí al auto, el agotamiento físico acumulado en mis músculos era enorme, pero la forma en que sus ojos oscuros me barrieron de arriba abajo en cuanto cerré la puerta activó una corriente eléctrica que me recorrió de pies a cabeza.

—Hola, doctora —murmuró con esa voz grave que me aflojaba las piernas, tomándome la mano para entrelazar sus dedos con los míos sobre la consola central.

—Hola... —suspiré, apretando su agarre con fuerza, incapaz de soltarlo.

—¿Cómo estás? Mírate esa cara... Te destruyeron en esa guardia —dijo con preocupación sincera, estirando la mano para acomodarme despacio un mechón de pelo suelto detrás de la oreja.

—Estoy molida, Nico. Tres emergencias seguidas de madrugada, dos cirugías que se complicaron... No paré ni un segundo —admití, dejando caer la cabeza hacia atrás contra el apoyacabezas y cerrando los ojos por un segundo—. ¿Y en el juzgado? ¿Pudiste resolver lo del escrito de los abuelos?

Nicolás soltó una risita baja y fría, repleta de esa confianza absoluta que siempre me fascinaba de él.

—Está completamente resuelto. Aplasté el recurso antes del mediodía. Nadie en ese tribunal va a volver a poner en duda tu nombre, Mercedes —dijo con firmeza.

—En casa te voy a cuidar como te mereces —prometió en un susurro grave.

Manejando con la mano izquierda afianzada en el volante, deslizó su mano derecha hacia mi nuca. Sus dedos largos empezaron a masajearme la base del cuello con una presión lenta y precisa que me sacó un suspiro de alivio inmediato.

—Estás tensionada como una cuerda de guitarra... —murmuró, mientras su pulgar recorría la piel sensible de mi cuello, provocándome un cosquilleo caliente que bajó directo por mi columna.

—Tengo todos los músculos de la espalda hechos un nudo —admití.

Instantes después, su mano bajó despacio hacia mi hombro y descendió hasta afianzarse en mi muslo. Apretó mi pierna por encima del pantalón del ambo con una fuerza posesiva que hizo que la atmósfera dentro del auto cambiara de golpe.

El trayecto de regreso a la casona se convirtió en una tortura lenta y deliciosa. Mientras conducía a través del tránsito, su mano en mi pierna apretaba suavemente, subía por la parte interna de mi muslo y trazaba caricias ardientes cada vez que el semáforo en rojo nos obligaba a detenernos. Cada roce suyo me sacaba un jadeo disimulado. Me retorcía sutilmente en el asiento, buscando más contacto, sintiendo una corriente cálida invadirme por completo antes de llegar a destino.

—Falta poco... —susurró él con la mandíbula apretada, acelerando por la avenida al notar cómo se me cortaba la respiración.

Cuando el auto finalmente giró por la entrada de la casona y las luces del tablero iluminaron el portón automático del garaje, la contención se pulverizó. En cuanto el portón de madera se cerró a nuestras espaldas, dejándonos sumidos en la penumbra total del garaje, Nicolás ni siquiera esperó a apagar las luces del tablero.

Puso el freno de mano, se desabrochó el cinturón y se estiró sobre la consola central para atraparme la boca con una intensidad contenida que me hizo saltar el corazón por la boca.

—Ven aquí —ordenó con la voz rasposa contra mis labios.

Reclinó el asiento del conductor hacia atrás y, con un movimiento rápido y dominador, me tomó de la cintura y me levantó en el aire para acomodarme a horcajadas sobre su regazo. La incomodidad del espacio reducido solo volvió todo más febril y clandestino. Le enredé las manos en el pelo con desesperación, tirando de él hacia abajo, sintiendo cómo su boca me abría los labios y me devoraba con un hambre voraz.

—Nico... —gemí sobre su boca cuando sus labios bajaron en un trazo hirviendo por mi mandíbula hasta la curva de mi cuello.

—Tres días, Mercedes... No me pidas paciencia hoy —gruñó contra mi piel, rozando la carne sensible de la clavícula con un beso firme que me hizo arquear la espalda.

Con una impaciencia febril, Nicolás metió su mano derecha por debajo de la cintura de mi pantalón de ambo, buscando el contacto directo con mi piel. Sin previo aviso, su palma cálida me cubrió en una caricia íntima y precisa, encontrándome completamente rendida a la excitación del viaje.

—Dios, mírate cómo estás por mí... —dijo en un murmullo posesivo que me hizo perder el juicio.

Sus dedos empezaron a trabajar con una destreza enloquecedora: se deslizaron en un ritmo constante, intenso y directo, concentrando la presión exacta donde sabía que me desarmaba por completo. El roce de su barba en mi cara, el sonido de nuestras respiraciones desbocadas rebotando en el interior del auto y la velocidad de sus movimientos me llevaron directo al borde del abismo.

—Nicolás... no puedo más... —supliqué en un hilo de voz, clavándole las uñas en los hombros mientras la presión en mi vientre amenazaba con estallar.

—Eres mía, Mercedes... así como yo soy tuyo —repetía contra mi oído, apretando su cuerpo contra el mío mientras aceleraba el compás de sus caricias.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.