Las palabras de Nicolás quedaron flotando en el aire del despacho, espesas y cargadas de emoción. Sus manos me sostenían la cara con una firmeza que me hacía temblar. Lo vi tragar saliva, vi cómo se le apretaba la mandíbula y cómo sus ojos oscuros, brillando por la emoción retenida, me buscaban la mirada como si se estuviera ahogando.
No hubo tiempo de procesar nada. La distancia simplemente se rompió.
Se abalanzó sobre mi boca. No fue un beso suave; fue una entrega desesperada. Me buscó los labios con una fuerza arrolladora, devorándome, exigiéndome, como si le fuera la vida en respirar de mí.
Le enredé las manos en el pelo con vehemencia, tirando de él hacia abajo y pegando mi cuerpo al suyo hasta que no quedó un solo espacio entre los dos. Soltó un suspiro hondo desde lo más profundo del pecho y me rodeó la cintura, estrechándome contra él con una necesidad que me hizo dar un respingo.
Nos besamos con intensidad, con el hambre acumulada de semanas, mezclando el sabor de las lágrimas con el alivio de sabernos finalmente juntos. Sentí sus labios temblar contra los míos y la presión de sus brazos rodeándome con una protección absoluta.
—No te vas a ir... —murmuró contra mis labios, sin separarse un milímetro, buscando mi mirada entre bocanadas de aire desbocado—. Dime que no te vas...
—No me voy... —susurré sobre su boca, volviendo a buscar sus labios, adicta a la calidez de su contacto.
Nicolás desató el nudo de tensión que lo acompañaba, dejando caer su coraza por completo. Me tomó de la cintura y me acercó aún más, sujetándome el rostro con ambas manos para profundizar el beso con una devoción que me aflojó las piernas.
Sentí el latido frenético de su corazón retumbando directamente contra el mío. El hombre frío e inquebrantable estaba deshaciéndose entre mis manos.
—Mercedes... —susurró mi nombre como una súplica, apoyando su frente contra la mía, con la respiración entrecortada.
Un suspiro de puro alivio se me escapó de la garganta. Clavé las manos en sus hombros, sintiendo la firmeza de su agarre. Ya no había dudas, ni sombras, ni miedo a no ser suficiente. Solo estaba la certeza de que nos pertenecíamos.
Nicolás me tomó de la mano y nos sacó del despacho a pasos lentos pero firmes. Martina no estaba; la casa era un refugio tranquilo solo para los dos. Llegamos a su dormitorio y la puerta se cerró suavemente, dejando el mundo exterior del otro lado.
Me miró a los ojos con las pupilas dilatadas por la emoción.
—Esto no es un juicio. Esto no es un contrato —susurró, acariciándome la mejilla con el pulgar—. Esto eres tú enseñándome a amar de nuevo.
Un calor dulce y sanador me recorrió el pecho. Nos dejamos llevar por la paz del momento, despojándonos de las armaduras del día a día y refugiándonos bajo las cobijas de su cama.
Nos abrazamos con una intimidad profunda y suave, perdiéndonos en la calidez de nuestros besos y en el roce de nuestras manos entrelazadas. No hizo falta la prisa ni la fuerza; la entrega fue lenta, sincera y llena de una ternura que nos dejó sin aliento.
Un suspiro de absoluta plenitud se me escapó al sentir la seguridad de sus brazos rodeándome. Me entregué por completo a la calma de estar a su lado, sintiendo cómo cada fibra de mi ser encontraba por fin su lugar.
—Abre los ojos... —me pidió en un murmullo cálido, buscando mi mirada en la penumbra.
Lo miré. Clavé mis ojos en los suyos mientras una ola de felicidad pura me envolvía por completo.
Quedamos abrazados, con los corazones latiendo al mismo ritmo y la respiración volviéndose pausada. Nicolás me rodeó en un gesto profundamente protector, pegándome a su pecho y acariciándome la espalda con lentitud.
Con los dedos aún temblorosos, me apartó los mechones de pelo pegados a la cara y me besó la frente con una ternura infinita.
—Eres mía, Mercedes —murmuró contra mi oído, con la voz llena de emoción—. Ya no hay vuelta atrás.
Se detuvo un segundo, tomó mi mentón para obligarme a mirarlo y añadió:
—Y no quiero que nunca más en tu vida vuelvas a pensar que no eres suficiente. Para mí lo eres todo.
Apoyé la cabeza en el hueco de su hombro, cerrando los ojos mientras unas lágrimas de paz me resbalaban en silencio por las mejillas. Escuchando el latido firme de su corazón, supe que las sombras de mi pasado habían quedado destruidas. Ya no había contratos ni fantasmas; solo la certeza absoluta de que teníamos un futuro juntos.