Sueño Vivido /por Siempre Mi Amor

Capítulo 1) A la realidad

La nieve caía sobre Alaska, cubriendo cada rincón en un manto blanco, espeso y brillante. A través de las ventanas, la luz del amanecer se filtraba suavemente, creando reflejos plateados en el paisaje helado. Las copas de los pinos se doblaban bajo el peso del hielo, y el cielo, de un gris pálido, parecía estar en calma antes del ajetreo de otro día.

Olivia escuchó el sonido del despertador, interrumpiendo la quietud que llenaba la habitación. Se giró de lado, aún adormilada, y lentamente abrió los ojos. Ante ella estaba Oliver, su esposo, profundamente dormido, con su cabello revuelto y la sombra de una sonrisa en su rostro. Sus rasgos eran serenos y familiares: los ojos cerrados bajo pestañas oscuras, los labios suavemente curvados y la calidez que irradiaba a su lado en la cama. Olivia sonrió, embriagada por ese momento cotidiano y perfecto.

-Buenos días, mi amor -susurró ella, mientras acariciaba su brazo.

Él abrió los ojos lentamente, revelando un par de pupilas llenas de complicidad y cariño, y con una sonrisa adormilada respondió:

-No debería ser yo quien diga eso -replicó en tono juguetón, antes de levantar una mano y acariciar su cabello con ternura.

Olivia, con una risita, se acomodó en la almohada.

-Cuidado, o me volveré a dormir... y adivina quién tendrá que atender a los niños -advirtió, entrecerrando los ojos de forma perezosa.

Él soltó una carcajada y le acarició la mejilla.

-Podríamos tomarnos el día libre -sugirió con una sonrisa traviesa.

-No puedo -suspiró Olivia-. Tengo que terminar el libro. Me faltan al menos treinta páginas por escribir.

Oliver puso los ojos en blanco, fingiendo disgusto.

-Yo tengo una sesión fotográfica en la tarde -replicó-, y aquí me tienes, sin quejarme.

Olivia bufó.

-Escribir treinta páginas es mucho más tedioso que apretar el botón de tu cámara.

Oliver comenzó a reír, y en ese instante, unas risitas infantiles y pequeños pasos irrumpieron en la tranquilidad. En un segundo, sus dos hijos estaban sobre la cama, invadiendo el espacio. Óscar, el más pequeño, daba saltos emocionado, con la energía inagotable de sus cinco años.

-¡Soy el gran dinosaurio! -exclamó, imitando un rugido-. ¡Déjala ir, o te las verás conmigo!

Oliver fingió miedo, levantando las manos en señal de rendición.

-No, por favor, gran dinosaurio, cooperaré -dijo con tono dramático.

Óscar se lanzó sobre él, y Oliver le envolvió en un abrazo cálido, dándole un beso en la frente.

-Ven aquí, mi superhéroe favorito -le dijo, mientras el niño soltaba una risita contagiosa.

Antonela, su hija mayor, suspiró, acomodando su cabello mientras miraba a su madre y a su hermano con una sonrisa.

-Papá, voy tarde para mi acto -dijo con tono de preocupación, de forma adorablemente seria.

Oliver, poniéndose en un rol teatral, la miró con ojos brillantes y habló en una voz afectada.

-¿Por qué no haces un poco de magia mientras yo preparo el desayuno?

Óscar brincó, emocionado.

-¡Quiero pan francés! -pidió con entusiasmo, saltando de la cama.

-Muy bien, vamos, chef -respondió Oliver, tomando de la mano a sus dos hijos mientras bajaban juntos a la cocina.

Olivia, dejándose llevar por el ambiente, fue al baño, donde se dio una ducha caliente, disfrutando de la calidez que contrastaba con el frío de afuera. Al salir, se vistió con ropa cómoda, preparándose para un día en casa. Pero al bajar, la casa estaba extrañamente silenciosa. Miró alrededor, esperando ver a su familia en la cocina, pero no había nadie.

-¿Dónde se metieron todos? -preguntó en voz alta, como si con eso los hiciera aparecer.

Entró en la cocina, asomándose detrás de la puerta, fingiendo que jugaba a las escondidas.

-¡Sé que están aquí, escondidos! -canturreó, bromeando.

Pero la cocina estaba vacía. Frunció el ceño, confundida.

-¿Niños? ¿Oliver?

Comenzó a recorrer la casa, habitación por habitación, cada vez más inquieta. Subió de nuevo las escaleras y alzó la voz.

-Oliver, basta de juegos. ¿Dónde están los niños? ¡Se hace tarde!

Llegó a la habitación de Antonela, esperando encontrarla arreglándose, pero estaba todo en orden, como si nadie hubiera estado allí. Regresó al pasillo y miró a su alrededor, el corazón latiendo más rápido.

-Oliver, ¡esto no es gracioso!

Entró en su propia habitación y se detuvo de golpe. Miró el reloj de la mesa de noche y sintió un escalofrío. Seguía marcando las 7:05 de la mañana, la misma hora en la que había despertado por primera vez. Todo a su alrededor comenzaba a volverse borroso; los objetos, el mobiliario, la cama... incluso el reloj parecía desvanecerse.

Olivia parpadeó varias veces, desconcertada, y en ese instante todo se desvaneció. Su corazón latía con fuerza. Abrió los ojos y el entorno a su alrededor no era el mismo. Ya no estaba en su habitación, ni en su casa. A su alrededor había paredes blancas, y el aire olía a desinfectante.

Parpadeó de nuevo, confundida, y vio que estaba rodeada de monitores médicos, con el sonido rítmico del bip-bip del monitor cardíaco al lado de su cama. La luz era tenue, y al mirar hacia la derecha, vio una enfermera tomando nota en un clipboard.

Los tubos de suero y una sonda nasal se conectaban a su cuerpo, y sus manos se sentían pesadas. La enfermera notó su movimiento y se giró hacia ella, con una expresión amable pero sorprendida.

-Bienvenida de vuelta, Olivia -dijo la enfermera, con voz suave, como si temiera asustarla.

Olivia parpadeó, tratando de despejar la niebla de su mente mientras intentaba enfocar la vista. La habitación era pequeña, con paredes de un blanco impersonal y frío, decorada solo con los monitores que registraban sus signos vitales. Al girar la cabeza un poco, vio a la enfermera de pie junto a la cama, su expresión era una mezcla de profesionalismo y preocupación.

-¿Dónde estoy? -preguntó Olivia, con la voz quebrada, como si apenas pudiera reconocerse en aquel tono débil.




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