Sueño Vivido /por Siempre Mi Amor

Capítulo 3) ¿Dónde estás?

Era un día claro, aunque el aire aún estaba fresco por la reciente lluvia. El hospital, con sus paredes blancas y los constantes murmullos de médicos y enfermeras, ya era un lugar familiar para Olivia. Desde su accidente, cada rincón le parecía invariable, casi monótono, y ahora, tras varios días de recuperación, sentía una mezcla de alivio y ansiedad al salir de allí.

La enfermera la ayudó a sentarse en una silla de ruedas, empujándola suavemente por los pasillos hasta llegar al vestíbulo principal. A su lado, Fernanda y Luis, sus padres, esperaban con una sonrisa tenue. Aunque se veían tranquilos, en sus ojos Olivia percibía la preocupación constante que el accidente les había dejado. Su madre le acarició el hombro, transmitiéndole calma, y su padre la observaba con un orgullo silencioso, como si el simple hecho de que estuviera viva y recuperándose fuera un regalo inmenso.

–Aquí estamos –murmuró Fernanda cuando llegaron a la puerta de salida, tratando de contener la emoción que sentía al ver a su hija dar el siguiente paso en su recuperación.

Olivia suspiró, sintiendo el aire frío en su rostro cuando cruzaron las puertas automáticas del hospital. Afuera, el mundo se sentía más amplio y desconocido. Había algo en el viento que le recordaba la libertad, pero también una sensación de pérdida, como si hubiese dejado algo importante atrás.

La enfermera detuvo la silla de ruedas junto a la camioneta familiar, una vieja pero confiable SUV azul oscuro que siempre había sido parte de los viajes de la familia. Con cuidado, la ayudó a levantarse y a acomodarse en el asiento trasero, mientras Fernanda y Luis la miraban atentos, listos para ayudar en cualquier momento. Al despedirse, la enfermera le dio una sonrisa cálida y le susurró:

–Por favor, cuídense mucho. Y recuerda que aquí estamos si nos necesitas.

Olivia asintió, devolviéndole una sonrisa leve antes de cerrar la puerta de la camioneta. Observó a la enfermera despedirse con un movimiento de mano, y de pronto, se sintió extrañamente sola. Durante su estancia en el hospital, el equipo médico había sido su compañía constante, y ahora, al estar de regreso con sus padres, todo parecía algo irreal, como si parte de ella estuviera desconectada de esta realidad.

Mientras avanzaban por el camino, los sonidos de la ciudad se mezclaban con el silencio interior de Olivia. Miraba por la ventana, observando los edificios, los autos y la gente que pasaba, pero sus pensamientos estaban lejos, vagando por recuerdos confusos y llenos de vacíos.

Fernanda, que estaba en el asiento delantero, se giró para mirarla, rompiendo la quietud que reinaba en el vehículo.

–Fuimos a tu apartamento a recoger algunas cosas, Olivia –dijo su madre, su voz suave, como si intentara no alterar la delicada paz en la que estaba sumida su hija–. No tienes que preocuparte por nada, está todo en orden.

Olivia giró la cabeza con rapidez, mirándola con algo de curiosidad y ansiedad en los ojos.

–¿Y cómo está mi apartamento? –preguntó, temerosa de que algo hubiese cambiado, de que ese lugar en el que había vivido por años se sintiera ajeno después de todo lo que había pasado.

Fernanda le dedicó una sonrisa cálida, tratando de tranquilizarla.

–Todo está bien, hija. Nos aseguramos de que la renta esté cubierta y revisamos tus correos. Nada de qué preocuparse.

Sin embargo, la respuesta no apaciguó las inquietudes de Olivia. Un deseo creciente la invadió, una necesidad de regresar a ese lugar, como si pudiera encontrar en su apartamento algún tipo de respuesta, una conexión con esos recuerdos confusos que aún rondaban su mente.

–¿Podemos ir allá? –preguntó casi con urgencia, sintiendo que necesitaba estar en su espacio, rodearse de sus cosas, de los objetos que le recordaban quién era.

Luis, su padre, la miró a través del espejo retrovisor con una expresión firme pero gentil.

–El doctor dijo que no puedes estar sola, Olivia –respondió con un tono que, aunque amable, no dejaba lugar a discusión–. Estarás con nosotros unos días. Queremos asegurarnos de que estés bien antes de que vuelvas a tu apartamento.

Olivia asintió, aunque algo en su interior seguía deseando regresar. Se quedó pensativa, observando sus propias manos que reposaban en su regazo, como si intentara procesar cada palabra de su padre y al mismo tiempo luchar contra la sensación de desconexión que sentía. Su madre, notando su silencio, trató de animarla con una propuesta familiar y reconfortante.

–¿Qué te gustaría comer? –preguntó Fernanda con suavidad–. ¿Recuerdas mi pasta Alfredo?

Luis sonrió, sacudiendo la cabeza en un gesto cariñoso y divertido.

–Ve despacio, mujer –dijo en un tono ligero–. Recién salió del hospital.

Olivia apenas pudo contener una sonrisa mientras respondía en un murmullo.

–La pasta suena bien…

A pesar de sus palabras, su mente no estaba del todo presente. Aunque la perspectiva de probar la comida de su madre era algo reconfortante, no podía dejar de pensar en ellos. En Oliver, en sus hijos, en esa vida que ahora parecía tan lejana, pero tan real al mismo tiempo.

Observó las calles pasar, los colores y las formas que conformaban el paisaje de la ciudad. No podía evitar imaginar a Oscar y Antonela en el asiento trasero, riendo y jugando, o a Oliver conduciendo junto a ella. Por un instante, casi podía escuchar sus voces, sus risas, y ver sus rostros reflejados en la ventana. Pero cuando parpadeaba, la ilusión desaparecía, y solo quedaba ella, su reflejo solitario en el cristal.

Sentía un vacío inexplicable, como si algo dentro de ella hubiera sido arrancado. Aunque sabía que, según sus padres y el doctor, Oliver y sus hijos nunca habían existido, en su corazón esa familia era real. Recordaba sus rostros, sus voces, la calidez de sus abrazos. ¿Cómo podía algo tan vívido ser solo un sueño?

Mientras intentaba procesar estos pensamientos, la camioneta se deslizaba por la carretera en dirección a la casa de sus padres. El ambiente era tranquilo, pero en el interior de Olivia se libraba una batalla entre la realidad y el recuerdo, entre lo que sabía y lo que su corazón se rehusaba a aceptar. Su madre giró la cabeza un momento para mirarla, con una expresión de comprensión y ternura, como si pudiera ver el conflicto interno que consumía a su hija.




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