Sueño Vivido /por Siempre Mi Amor

Capítulo 4) Una simple fantasía

Fernanda se movía por la cocina con calma, colocando la vajilla en el fregadero mientras miraba a Luis, quien estaba sentado en la mesa con un gesto de concentración, los ojos fijos en el periódico, pero su mente evidentemente perdida en otro lado. Sus manos temblaban ligeramente, y aunque intentaba disimularlo, Fernanda lo conocía demasiado bien para no notarlo. Hacía tiempo que Luis no se mostraba tan tenso; incluso el crujido del papel al pasar la página del diario parecía más fuerte de lo habitual, como si fuera su manera de expresar el conflicto interno que lo consumía.

Al cabo de un rato, Fernanda se acercó a él, con esa serenidad que la caracterizaba. Observó su perfil en silencio, con el ceño ligeramente fruncido, y después de unos instantes, se atrevió a hablar.

-Ahora que Olivia está en casa, todo estará bien -dijo con un tono que pretendía sonar seguro, pero había un atisbo de duda en su voz. Ella misma necesitaba creer en sus propias palabras, necesitaba aferrarse a la idea de que el regreso de su hija era el primer paso hacia la sanación.

Luis dejó de leer, pero no levantó la mirada. Su rostro reflejaba una mezcla de escepticismo y cansancio, como si las palabras de Fernanda no fueran suficientes para calmar sus preocupaciones.

-¿De verdad lo crees, Fernanda? -preguntó, con voz baja y seria, mientras sus dedos tamborileaban nerviosamente sobre la mesa-. ¿No te das cuenta de que ella no es la misma?

Fernanda suspiró y, tras un breve silencio, se sentó frente a él, buscando sus ojos con la esperanza de encontrar algo de consuelo en la conversación. Tenía una expresión decidida, convencida de que, pese a las dificultades, no podían rendirse. Había visto a Olivia volver de la oscuridad y, aunque fuera un camino largo, creía en su recuperación.

-Luis, sé que está confundida, que ahora mismo es como si fuera otra persona -admitió, inclinándose ligeramente hacia él-. Pero eso no significa que no vuelva a ser la Olivia de siempre. Solo necesita tiempo.

Luis soltó una risa sin humor, un sonido amargo que resonó en la cocina y reflejaba su incredulidad. Apoyó el periódico sobre la mesa, sin molestarse en doblarlo, y miró a Fernanda, incrédulo.

-Tiempo... -repitió, como si la palabra le supiera a mentira-. ¿De verdad crees que solo con tiempo se le va a pasar? Fernanda, nuestra hija cree que tiene un esposo y dos hijos. ¿De verdad piensas que eso se arregla solo con tiempo? -Su tono era sarcástico, pero en el fondo había un rastro de dolor, de miedo por la posibilidad de que Olivia nunca se recuperara.

Fernanda no retrocedió ante su mirada. Al contrario, respiró hondo y sostuvo su postura, determinada a no dejarse influenciar por el pesimismo de Luis.

-El doctor sugirió que hablara con alguien -le respondió con calma, aunque sus ojos mostraban un destello de incomodidad. Sabía que Luis era terco y que, para él, aceptar la ayuda de un profesional era sinónimo de admitir que Olivia no estaba bien. Pero no podía permitir que su obstinación se interpusiera en el bienestar de su hija-. Llamémoslo como quieras, Luis: terapeuta, psiquiatra... Es alguien que puede ayudarla a entender lo que le sucede.

Luis frunció el ceño, como si las palabras de Fernanda no le resultaran más que una teoría sin sentido. Sus dedos, ahora inquietos, comenzaron a golpear suavemente la mesa en un ritmo repetitivo, un gesto que delataba su frustración. Sin embargo, dejó de tamborilear y, por un instante, desvió la mirada hacia el suelo, pensando en lo que su esposa acababa de decir. Finalmente, soltó el periódico y apoyó ambas manos sobre la mesa, buscando un contacto visual que le permitiera expresar su desesperanza sin palabras.

-Fernanda -dijo, su voz en un tono casi suplicante-, nuestra hija cree que tuvo una vida completa que no existe. ¿Qué terapia va a hacer que entienda que todo eso fue una fantasía?

Fernanda dejó escapar un suspiro tembloroso, y aunque el miedo asomaba en sus ojos, su resolución no flaqueaba. En su mente, no había otra opción. Olivia era su hija, y si había una mínima posibilidad de ayudarla, no podían rendirse. Se inclinó hacia él, colocó su mano suavemente sobre la de Luis, y lo miró con un amor y una comprensión que intentaban apaciguar sus dudas.

-No lo sé, Luis -admitió en voz baja, su tono cargado de sinceridad-. No sé si una terapia será suficiente o cuánto tiempo le tomará a Olivia aceptar lo que pasó, pero... -hizo una pausa, apretando ligeramente su mano- debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos. Olivia nos necesita ahora más que nunca, y no podemos permitirnos perder la esperanza.

Luis, quien hasta ese momento había mantenido una expresión dura, sintió que algo en su interior se ablandaba. El cansancio y la frustración comenzaron a disiparse, reemplazados por una sensación de vulnerabilidad que pocas veces se permitía experimentar. Miró a Fernanda y asintió lentamente, como si sus palabras hubieran logrado tocar una fibra que ni siquiera él sabía que estaba ahí.

-De acuerdo... -respondió finalmente, con un susurro resignado. Su voz no era más que un murmullo, pero el peso de su aceptación llenó el aire de la cocina con una mezcla de alivio y tristeza.

Fernanda le dedicó una sonrisa cálida, aunque sus ojos reflejaban la preocupación constante por el bienestar de Olivia. En silencio, ambos permanecieron sentados uno frente al otro, compartiendo el mismo miedo, la misma incertidumbre. Sabían que el camino que tenían por delante sería largo y que la recuperación de Olivia no sería sencilla, pero por primera vez en días, se sentían un poco más fuertes, sostenidos mutuamente por un compromiso que iba más allá de sus propias dudas.

Finalmente, Luis desvió la mirada hacia la ventana, donde las luces de la tarde comenzaban a parpadear. La realidad de su situación aún era abrumadora, pero en ese instante comprendió que, aunque su hija estuviera perdida en un mundo de recuerdos distorsionados, él y Fernanda estarían allí para guiarla de regreso, sin importar cuán largo y doloroso fuera el viaje.




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