La casa estaba silenciosa cuando Olivia y Page regresaron esa noche. Olivia entró primero, con pasos lentos y un aire abatido que no pasó desapercibido para sus padres. Fernanda, que estaba sentada en el sofá con una revista en las manos, alzó la mirada y notó de inmediato el rostro sombrío de su hija. Luis, desde el comedor, también la observó en silencio, compartiendo una mirada de preocupación con su esposa.
No dijeron nada. Decidieron darle su espacio, confiando en que ella hablaría cuando estuviera lista. Pero en la cena, cuando los cuatro se sentaron a la mesa, la tristeza de Olivia era aún más evidente. No tocó mucho de su comida, apenas levantaba la mirada, y sus padres, sentados uno frente al otro, intercambiaron una breve comunicación silenciosa. Fernanda movió los ojos hacia Olivia, haciendo una seña con la cabeza. Luis entendió y suspiró profundamente, dejando el tenedor a un lado.
—Mañana tienes una cita con el terapeuta que recomendó el doctor Méndez —dijo Luis con tono tranquilo, pero firme.
Olivia, que apenas había comido un par de bocados, dejó el tenedor sobre el plato y alzó la mirada hacia su padre. Había cansancio y resistencia en sus ojos.
—No necesito terapia, papá. Estoy bien —dijo, tratando de sonar segura, aunque su voz delataba algo de frustración.
Fernanda intervino con una sonrisa suave, esa que siempre usaba cuando intentaba calmar las discusiones.
—Tienes que ir, hija. Tal vez te dará una explicación, te ayudará a entender todo esto. Además, ayudarás al doctor Méndez a estar más tranquilo. Estaba muy preocupado por ti.
Olivia suspiró. Sabía que no podría evitarlo, no con la persistencia de sus padres. Miró su plato, empujando un poco la comida con el tenedor, y finalmente asintió.
—De acuerdo —respondió con voz cansada.
A la mañana siguiente
Olivia se levantó temprano, sintiendo un leve frescor en el aire que la invitaba a salir. Decidió ir a correr. El ejercicio siempre le había servido como una especie de terapia personal, un momento para despejar su mente. Se puso un conjunto deportivo sencillo y salió al parque cercano. Mientras corría, sus pensamientos se revolvían: la casa, Oliver, Antonela, Óscar… ¿Cómo podía algo que sentía tan real no serlo?
Cuando regresó a casa, su madre estaba en la cocina, preparando un desayuno ligero.
—Recuerda que tienes una cita con el terapeuta —le dijo Fernanda, girando apenas para mirarla con preocupación.
Olivia, subiendo las escaleras, respondió con un tono algo seco.
—Lo recuerdo, mamá.
—Date una ducha. Te espero. Yo te llevaré.
—Puedo ir sola, mamá. Estoy bien —respondió Olivia, con un suspiro.
Fernanda dejó el desayuno a un lado y la miró directamente, con una seriedad que no admitía discusión.
—No te dejaré ir sola. El doctor dijo que no debías estar sola, y además tengo que hacer unas diligencias cerca de esa dirección.
Olivia suspiró nuevamente, resignada, y se dirigió a su habitación. Cuando abrió la puerta, la recibió el mismo espacio que había sido suyo durante años. Todo estaba tal como lo había dejado antes de irse de casa. Las paredes pintadas en un tono claro, la cama perfectamente tendida con una colcha floral que su madre siempre insistía en lavar aunque ella no la usara, y las estanterías llenas de libros que le habían acompañado durante su adolescencia.
Ese lugar le trajo una avalancha de recuerdos. Se detuvo un momento, mirando alrededor, y pensó en cómo su vida había cambiado. ¿Realmente había cambiado? A veces se sentía como si estuviera atrapada entre dos mundos, sin pertenecer completamente a ninguno.
Después de una ducha caliente, Olivia se vistió con ropa cómoda y simple: unos jeans oscuros y una blusa blanca de algodón. Cuando estuvo lista, salió con su madre rumbo al consultorio.
En el consultorio del terapeuta
El lugar era acogedor, pintado en tonos cálidos que buscaban transmitir tranquilidad. Las paredes estaban decoradas con cuadros minimalistas, y había una pequeña mesa en una esquina con revistas apiladas cuidadosamente. El aroma a café recién hecho llenaba el aire, y las ventanas dejaban entrar la luz de la mañana, haciendo que el espacio se sintiera amplio y abierto.
Olivia fue recibida por el terapeuta, un hombre de mediana edad con gafas redondas y un rostro afable. Llevaba una libreta en la mano y la invitó a sentarse en un sofá cómodo frente a su escritorio. Olivia aceptó de mala gana, consciente de que solo estaba allí por la insistencia de sus padres.
—¿Cómo estás, Olivia? —comenzó el terapeuta con un tono tranquilo.
—Bien… supongo —respondió ella, cruzando las piernas y mirando alrededor del consultorio en lugar de al hombre.
Él asintió, tomando nota en su libreta.
—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó, observándola con atención.
Olivia suspiró, impaciente.
—Sí, estoy aquí porque mis padres creen que necesito ayuda. Pero yo estoy bien, de verdad.
El terapeuta sonrió levemente, sin dejarse afectar por su resistencia.
—La mente tiene mucho poder, Olivia. Puede hacernos creer cosas que a veces no son reales. Eso puede ser confuso, incluso doloroso.
Olivia lo miró, claramente desinteresada.
—Entiendo lo que dice.
Él continuó con paciencia.
—¿Crees que tu subconsciente está tratando de decirte algo?
Olivia dudó por un momento. Luego, se encogió de hombros.
—Claro que sí. Mi subconsciente me dice que soy escritora, aunque todavía no lo soy, pero me gustaría serlo. También me dice que tengo un esposo y dos hijos.
El terapeuta la observó con cuidado, tomando nota de sus palabras.
—Eso suena confuso, Olivia. Es mucho para procesar. ¿Crees que eso tiene que ver con el accidente?
Ella asintió lentamente, como si estuviera tratando de ordenar sus pensamientos.
—Tal vez. Es que… estoy cansada. Estar meses en coma no debe ser fácil.
El terapeuta hizo una pausa antes de responder.