Sueño Vivido /por Siempre Mi Amor

Capítulo 6) Mi amor está aquí

El apartamento de Olivia, aunque pequeño, estaba decorado con una sencillez que reflejaba su personalidad. Las paredes estaban pintadas de un tono crema claro, con algunas fotografías en blanco y negro colgando de los muros, recuerdos de sus días felices antes del accidente. Una estantería de madera contenía libros de autores diversos, desde novelas de misterio hasta clásicos de la literatura. Las cortinas eran de lino blanco, permitiendo que la luz del día entrara suavemente, iluminando el espacio. El sofá gris, ubicado en la sala, estaba cubierto por una manta tejida, y la mesa de centro tenía un par de velas aromáticas y un cuaderno de notas abierto. La cocina, aunque compacta, tenía electrodomésticos modernos y una pequeña barra con dos taburetes.

Fernanda observaba a su hija con detenimiento mientras esta limpiaba el apartamento. La vio quitar el polvo con movimientos mecánicos, claramente distraída. Cuando Olivia la notó, se detuvo y dijo:
—Hola, mamá.

Fernanda sonrió y se acercó a ella.
—¿Cómo estás?

Olivia suspiró, dejando el trapo sobre la mesa.
—Tengo que terminar de limpiar todo esto.

Fernanda alzó las cejas, mirando el lugar.
—Te ausentaste por meses, ¿qué pensabas? —Luego hizo una pausa, con un tono más serio—. ¿Volverás a trabajar?

Olivia se tensó, sintiendo el peso de la pregunta. No sabía cómo decirle que ya no quería ser asistente. Finalmente, se armó de valor.
—Ya no quiero trabajar como asistente.

La sorpresa en el rostro de Fernanda fue evidente.
—¿Y qué quieres hacer?

—Algo más que solo ayudar a la gente en su trabajo.

Fernanda cruzó los brazos, claramente preocupada.
—Sabes que las cuentas no se pagan solas, Olivia.

Olivia asintió.
—Lo sé, mamá. Estoy en eso… solo que nada me llama la atención. Quiero ser escritora.

La incredulidad de Fernanda era palpable, pero trató de no juzgar.
—Bueno, al menos busca algo temporal mientras decides.

Olivia asintió y, ese mismo día, se dirigió a una agencia de empleo. El edificio era moderno, con paredes de vidrio que reflejaban la luz del sol. Al entrar, un aroma a café recién hecho llenaba el aire. La recepción estaba decorada con plantas verdes y un gran escritorio de mármol blanco. Una mujer morena, de cabello rizado y sonrisa cálida, la recibió.

—Hola, soy Mariana. ¿En qué puedo ayudarte?

Olivia le devolvió una sonrisa tímida.
—Busco empleo.

Mariana tomó una tablet y comenzó a buscar entre las vacantes.
—Tenemos varias solicitudes de asistente personal, niñera, asistente dental, recepcionista, personal de limpieza… ¿Algo de eso te interesa?

Olivia se removió incómoda.
—No importa tanto por ahora.

Mariana asintió comprensiva.
—Tengo una vacante como recepcionista. Es temporal, justo lo que buscas.

Le entregó una hoja con la dirección y, antes de que Olivia se marchara, agregó:
—Te esperan mañana a las nueve.

Cuando Olivia llegó a casa esa noche, el frío se había intensificado. Se sirvió una taza de chocolate caliente y se sentó en el sofá, mirando el vacío de su apartamento. Pensó en Oliver y en los hijos que nunca tuvo.
—Estoy loca —susurró.

Tomó su computadora y comenzó a escribir, perdiéndose en las palabras hasta altas horas de la noche.

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Al día siguiente, se vistió con sencillez: unos jeans oscuros y una blusa blanca. Con un suspiro, tomó la hoja con la dirección y condujo hasta el lugar. Al llegar, un elegante edificio de fachada de ladrillo con grandes ventanales llamó su atención. Sobre la entrada, un letrero metálico rezaba: B&G Fotografía.

El interior era luminoso y moderno. El suelo de madera clara contrastaba con las paredes blancas adornadas con fotografías impresionantes: paisajes vibrantes, retratos llenos de emoción, escenas urbanas capturadas con maestría. Olivia quedó fascinada con la calidad de las imágenes, que parecían cobrar vida en los marcos.

Exploró el lugar, pero no vio a nadie. Cuando se dio media vuelta, un hombre apareció de repente. Olivia quedó paralizada al reconocerlo: Oliver, el hombre de sus sueños. Estaba ahí, frente a ella, con una camisa azul celeste y un aire tranquilo.

—Hola, soy Oliver. ¿Eres la nueva recepcionista? —preguntó con una sonrisa amable.

Olivia sintió un nudo en la garganta.
—¿Eres tú?

Oliver la miró, confundido.
—Claro, Oliver. ¿Y tú eres…?

—Soy Olivia Ballestero.

Extendió la mano para saludarlo, tratando de ocultar su asombro. Mientras estrechaban las manos, Olivia sintió una oleada de emociones: amor, incredulidad, euforia. Su esposo de los sueños estaba allí, pero no la recordaba.

Oliver continuó.
—Te mostraré el lugar. Este será tu puesto. Aquí atenderás las llamadas.

Mientras hablaba, Olivia no podía apartar la mirada de él. Su amor estaba allí, tan real y tangible.

—¿Olivia? ¿Me estás escuchando?

—¿Qué? Ah, sí, Oliver. Lo escucho —respondió rápidamente, sintiéndose expuesta.

Oliver inclinó la cabeza, preocupado.
—¿Estás bien?

Olivia sonrió nerviosa.
—Es que te ves tan familiar…

—¿Me conoces? —preguntó él, con curiosidad.

Olivia negó con la cabeza, sintiendo que había ido demasiado lejos.

En ese momento, sonó el teléfono, y Oliver lo contestó. Mientras hablaba, Olivia sacó su teléfono y le tomó una foto. El flash no pasó desapercibido, y Oliver la miró con una sonrisa divertida.

—¿Tomaste una foto?

—Sí… de la agenda, para saber dónde están las cosas.

Oliver asintió.
—Está bien, no te preocupes.

Luego de terminar la llamada, Oliver le mostró más del lugar y se retiró para preparar una sesión. Olivia lo observó mientras trabajaba. Sus movimientos eran precisos, su mirada concentrada. Olivia no podía dejar de pensar: "Lo he encontrado. Mi amor está aquí."

El sonido de la campanilla en la entrada distrajo a Olivia, que estaba revisando algunas notas en su escritorio improvisado. Levantó la mirada y vio entrar a una mujer de cabello castaño claro, vestida con un abrigo beige, acompañada por dos niños pequeños, un niño y una niña que no debían tener más de ocho años. Los ojos de los niños brillaban con emoción, y la mujer sonrió amablemente al acercarse al mostrador.




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