Olivia conducía por un camino rodeado de árboles mientras se dirigía a casa de sus padres. La pequeña casa donde creció estaba enclavada en un barrio tranquilo con jardines bien cuidados y farolas que iluminaban tenuemente la acera. Las luces cálidas que salían de las ventanas le daban un aire acogedor. Cuando estacionó el auto frente a la entrada, pudo ver a través del cristal cómo sus padres la esperaban en la cocina, trabajando juntos como solían hacerlo.
Al entrar, el aroma de la salsa que su padre movía lentamente en una olla la envolvió. Su madre estaba en el comedor, colocando cuidadosamente la loza sobre la mesa, cada plato perfectamente alineado con los cubiertos. Olivia dejó su abrigo en una silla y se unió a ellos, terminando de preparar la ensalada.
-Gracias por invitarme a cenar -dijo Olivia con una sonrisa cálida mientras cortaba los últimos ingredientes.
Su padre la miró con orgullo mientras seguía revolviendo la salsa.
-Tu madre me comentó que ya tienes trabajo. Me alegra mucho por ti, hija.
Olivia asintió, sintiendo el calor familiar en el aire.
-Sí, conseguí un trabajo como recepcionista en un centro de fotografía. Contesto el teléfono, agendo citas... fascinante, ¿verdad? -bromeó con una ligera risa.
Su madre, curiosa, dejó los platos en la mesa y se giró hacia ella.
-¿Y cómo es el lugar? ¿Te gusta? ¿Qué tal tus compañeros?
Olivia pensó en Oliver y sintió un ligero rubor en las mejillas.
-Bueno, solo hay un fotógrafo. Es el dueño, y respecto al lugar... me agrada mucho.
Su madre levantó una ceja, intrigada.
-¿Y tu jefe? ¿Qué tal es?
Olivia trató de sonar despreocupada, pero sus palabras salieron con una sinceridad que no pudo evitar.
-Es todo lo que desearía en un... -hizo una pausa, percatándose de lo que iba a decir- jefe.
El silencio momentáneo fue sustituido por risas y anécdotas durante la cena, dejando a Olivia sintiéndose agradecida por el apoyo de sus padres. Sin embargo, al regresar a su apartamento esa noche, su mente no pudo evitar divagar hacia Oliver y todo lo que representaba.
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A la mañana siguiente, Olivia llegó temprano al centro de fotografía. Decidió detenerse antes a comprar un café para ella y un chocolate para Oliver, recordando cómo en el sueño que tuvo, él prefería el chocolate al café.
Cuando entró, Oliver estaba terminando de ajustar luces y equipo en el estudio.
-Buenos días -dijo él, mirándola con una ligera sonrisa.
-Buenos días -respondió Olivia mientras extendía el chocolate.
Oliver se detuvo por un momento, observándola con sorpresa.
-No tenías que hacerlo -dijo, pero aceptó el chocolate de todos modos.
-No te preocupes. Es un buen día para tomarlo -respondió Olivia, tratando de mantener su tono casual mientras sentía cómo las mariposas en su estómago revoloteaban al verlo disfrutar algo que sabía que le encantaba.
Oliver tomó un sorbo y cerró los ojos por un instante.
-Wow, chocolate. Me encanta. ¿Cómo lo sabías?
Olivia sintió un leve pánico, pero rápidamente buscó cambiar el tema, mencionando ideas para mejorar las citas con los clientes. Mientras Oliver asentía y retomaba su trabajo, no podía dejar de pensar en lo peculiar que era Olivia. Había algo en ella que despertaba una inexplicable familiaridad, como si sus vidas ya se hubieran cruzado antes.
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Poco después, una madre llegó al estudio con su hijo pequeño para una sesión de fotos. El niño, sin embargo, no quería cooperar. Lloraba desconsolado mientras su madre intentaba calmarlo con promesas de helado, sin éxito. Oliver, con paciencia, intentaba jugar con él para hacerlo sonreír, pero no lograba más que gestos contrariados.
Olivia, al ver la escena desde el marco de la puerta, tuvo una idea. Entró sigilosamente y comenzó a reunir algunos elementos del estudio: una caja, una varita, una bufanda y un osito de peluche. La madre del niño y Oliver la miraron curiosos, preguntándose qué haría.
Olivia se acercó al niño con una sonrisa y le preguntó suavemente:
-¿Te gustan los trucos de magia?
El niño, con lágrimas todavía en sus mejillas, asintió lentamente. Olivia colocó la caja frente a él y comenzó a hacer un truco sencillo pero entretenido. Al final, sacó un pequeño avión de juguete de la caja y exclamó:
-¡Mira! ¡Un avión! ¿Te gusta?
El niño dejó de llorar, su atención completamente capturada por el juguete. Olivia comenzó a moverlo en círculos, simulando el vuelo, mientras hacía ruiditos graciosos que lograron arrancarle una sonrisa. Oliver, aprovechando el momento, levantó su cámara y comenzó a capturar las expresiones genuinas y felices del pequeño.
Cuando Olivia se colocó detrás de Oliver, agitando el avión para mantener la atención del niño, Oliver sintió su presencia cercana. Giró la cabeza ligeramente y la vio de reojo. Algo en su pecho se agitó. Había algo en Olivia que lo hacía sentir... completo, como si esa escena, por extraña que pareciera, estuviera destinada a ocurrir.
Mientras miraba a través del visor de la cámara y tomaba una última foto, un pensamiento fugaz cruzó su mente: "¿Por qué siento que ya la conozco?".
La sesión de fotos terminó con éxito, y la madre del niño agradeció profusamente a Oliver y a Olivia.
-¡No sé cómo lo hicieron! Nunca había visto a mi hijo tan feliz en una sesión de fotos. Gracias, de verdad -dijo mientras tomaba la mano del pequeño y lo dirigía hacia la salida.
Oliver, aún sosteniendo su cámara, observó cómo Olivia recogía los objetos que había utilizado. Se detuvo un momento, evaluando el impacto de lo que acababa de presenciar. Olivia no solo había logrado que el niño sonriera, sino que había transformado por completo el ambiente en el estudio.
Mientras ella guardaba la varita y el avión, Oliver decidió acercarse.
-Eso fue... impresionante -dijo con una sonrisa que intentaba ocultar su asombro.