Olivia estaba sentada en su escritorio, la luz cálida de la lámpara bañaba la superficie mientras terminaba de escribir en su computadora. Sus dedos volaban sobre el teclado, dando los últimos toques a la historia que había estado construyendo toda la semana. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro al poner el punto final. Cerró los ojos un momento, disfrutando esa sensación de logro, hasta que un sonido la sacó de su ensimismamiento: la puerta.
Frunció el ceño, intrigada por la visita inesperada. Se levantó y caminó hacia la puerta principal, ajustando el suéter que llevaba puesto para combatir el frío de la noche. Al abrir, se encontró con las figuras familiares de sus padres, Fernanda y Luis, quienes sonreían ampliamente bajo la tenue luz del pasillo.
—¡Buenas noches! —exclamó Olivia, abrazándolos a ambos con calidez.
—Buenas noches, hija —respondió Fernanda, devolviéndole el abrazo con cariño.
—¿Tenían planes para cenar? —preguntó Olivia, sorprendida pero contenta de verlos.
Luis negó con la cabeza, con una sonrisa tranquila.
—No, solo queríamos pasar a verte.
—Estoy bien, gracias por venir —dijo Olivia, apartándose para dejarlos pasar.
Una vez dentro, Luis alzó una bolsa que llevaba en la mano, mostrándosela con entusiasmo.
—Mira, traje postres.
Olivia dejó escapar una pequeña risa, observando los tres envases que él sacó con orgullo.
—Qué considerado, papá. Buscaré las cucharas.
Mientras Olivia se dirigía a la cocina, sus padres se acomodaron en la mesa del comedor. Fernanda inspeccionaba el lugar con curiosidad, notando los pequeños detalles que revelaban el toque personal de su hija, desde los libros en la estantería hasta la taza de café olvidada junto a la computadora.
—Tu apartamento siempre luce tan acogedor —comentó Fernanda.
Olivia regresó con las cucharas y las repartió mientras se sentaba.
—Gracias, mamá. Me esfuerzo para que se sienta como un hogar.
Comenzaron a disfrutar del postre en un ambiente relajado. Luis, mientras tomaba un bocado de su pastel de chocolate, rompió el silencio con una pregunta directa:
—¿Cómo va el trabajo?
Olivia sonrió y dejó su cuchara a un lado.
—El trabajo va súper bien. Hoy ayudé en una sesión fotográfica en una hermosa casa de campo. Fue un lugar precioso, casi como sacado de un cuento.
Fernanda arqueó una ceja, interesada.
—¿De verdad? Eso suena emocionante.
Luis asintió, mirando a su hija con atención.
—¿Y qué tal tu jefe?
Olivia dudó un segundo antes de responder, evitando parecer demasiado entusiasta.
—Es una persona agradable. Es bonito trabajar con él.
Fernanda y Luis intercambiaron una mirada rápida, pero ninguno dijo nada al respecto. Luis, sin embargo, tomó un tono más serio.
—Te pregunto porque sabemos que este trabajo es temporal, hija. Estábamos pensando que podrías necesitar algo más estable. ¿Recuerdas a Wilbur, mi amigo?
Olivia dejó escapar una risa nerviosa.
—¿El que juega golf contigo?
—Ese mismo. —Luis sonrió—. Me comentó que necesita un asistente personal. Es un trabajo bien pagado, con beneficios, y pensé que podría interesarte.
El estómago de Olivia se tensó. Sabía que su padre le estaba proponiendo cambiar de empleo y, con ello, renunciar al centro de fotografía y a trabajar junto a Oliver.
—Papá... —comenzó, tratando de mantener un tono calmado—. Estoy bien. Me gusta mi trabajo actual.
Luis no pareció convencido.
—Entiendo que te guste, pero este otro trabajo es más estable, y estoy seguro de que Wilbur estaría encantado de tenerte en su equipo.
Fernanda, siempre más sutil, intervino.
—Hija, sabemos que este trabajo es temporal. Quizás deberías considerar algo más a largo plazo.
Olivia suspiró, tratando de ocultar su incomodidad.
—Lo sé, mamá, pero estoy cómoda donde estoy ahora. Me gusta lo que hago.
Luis insistió.
—Hija, en el centro de fotografía también eres una asistente, técnicamente. No sería tan diferente.
—No es lo mismo, papá. Allí siento que estoy haciendo algo que realmente disfruto. No quiero dejarlo, al menos por ahora.
Hubo un breve silencio mientras Luis y Fernanda asimilaban su respuesta. Finalmente, Luis decidió dejar el tema por el momento.
—Está bien, hija. Pero piénsalo, ¿sí? Wilbur estaría encantado de tenerte.
—Lo pensaré —respondió Olivia, queriendo cerrar la conversación.
El resto de la noche transcurrió de manera más ligera. Hablaron de temas triviales mientras terminaban el postre, y las risas llenaron el pequeño comedor. Sin embargo, cuando llegó el momento de despedirse, Luis le dio un último consejo mientras subía al auto con Fernanda.
—Recuerda lo que hablamos, Olivia. Cualquier cosa que necesites, estamos aquí.
Olivia asintió, sonriendo mientras veía el auto arrancar y alejarse. Una vez que el vehículo desapareció en la distancia, se quedó en la puerta un momento, respirando profundamente. Sabía que sus padres solo querían lo mejor para ella, pero la idea de dejar su trabajo en el estudio y alejarse de Oliver le parecía un sacrificio que no estaba dispuesta a hacer. No todavía.
Olivia llegó temprano al centro de fotografía aquella mañana. El sol apenas se filtraba por las grandes ventanas del lugar, iluminando los retratos enmarcados que adornaban las paredes. Colocó su bolso en el pequeño escritorio detrás del mostrador y revisó la agenda del día. Era un inicio tranquilo, lo cual agradecía. Acomodó las carpetas con las fotos reveladas en su lugar, lista para entregar el pedido más reciente.
Unos minutos después, una mujer joven, con un bebé en brazos, entró al lugar. Olivia sonrió amablemente y se acercó al mostrador.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? —preguntó con su tono profesional pero cálido.
—Vengo a recoger las fotos de mi sesión —respondió la mujer, ajustando al pequeño que comenzaba a inquietarse en sus brazos.