El sol ya se ocultaba en el horizonte cuando Oliver estacionó su auto frente al edificio de apartamentos. Estaba agotado, pero satisfecho después de un largo día de trabajo. El cielo comenzaba a teñirse de un azul profundo, y las luces del estacionamiento se encendían automáticamente, iluminando el asfalto con su tenue resplandor amarillento. Llevaba en una mano una bolsa de papel con comida y su maletín en la otra, mientras caminaba hacia la entrada principal.
Antes de alcanzar la puerta, su teléfono vibró en el bolsillo. Soltó un suspiro mientras colocaba la bolsa en el suelo para responder la llamada. Al mirar la pantalla, el nombre "Papá" parpadeó en grandes letras. Oliver deslizó el dedo para contestar.
—¿Papá? —saludó, con tono despreocupado.
Pero lo que escuchó al otro lado de la línea hizo que todo su mundo se detuviera. La voz de su padre, cargada de angustia, pronunció las palabras que Oliver jamás pensó escuchar ese día:
—Hijo... tu madre... ella ha fallecido.
El maletín cayó de su mano, y la bolsa de papel se estrelló contra el suelo, esparciendo su contenido por el pavimento. Oliver sintió que el aire abandonaba sus pulmones, como si alguien le hubiera golpeado en el pecho.
—¿Qué? —murmuró, su voz quebrándose mientras sus ojos comenzaban a arder con lágrimas contenidas.
Su padre, entre sollozos, explicó que había sido repentino, un ataque fulminante que no dejó tiempo para nada. Oliver no podía procesarlo. Las palabras se mezclaban en su mente, perdiendo sentido. Se apoyó contra el auto, sintiendo que sus piernas flaqueaban. La imagen de su madre, su risa, su voz, inundaron su mente de golpe. El dolor era tan abrumador que parecía imposible de contener.
Su mente se llenó de imágenes de su madre: su risa suave, la calidez de sus abrazos, la manera en que sus ojos brillaban cuando le hablaba de sus sueños.
Ahora, todo eso había desaparecido.
El golpe emocional fue inmediato, pero el verdadero dolor, ese que venía de lo más profundo, tardó un segundo más en emerger. Cuando finalmente lo alcanzó, fue como si un torrente de emociones lo inundara sin piedad: incredulidad, tristeza, rabia... culpa.
"¿Por qué no estuve ahí? ¿Por qué no supe que esto iba a pasar? ¿Por qué no la llamé ayer, como pensé hacerlo?"
Las lágrimas comenzaron a arderle en los ojos, pero Oliver las reprimió instintivamente. Había pasado tanto tiempo siendo la persona fuerte, el apoyo para los demás, que el mero acto de llorar parecía una traición a sí mismo. Pero el nudo en su garganta crecía con cada segundo, amenazando con romperlo.
Esa idea debería haberle dado consuelo, pero no lo hizo. Solo intensificó su sensación de pérdida. No hubo despedida, no hubo oportunidad para decirle cuánto la amaba, cuánto la admiraba. Era como si una parte de él hubiera sido arrancada de golpe, dejándolo incompleto.
Finalmente, su cuerpo cedió al peso de la realidad. Se dejó caer contra el costado del auto, sintiendo el frío del metal a través de su ropa. Las lágrimas, esas que había intentado contener, comenzaron a caer silenciosamente por su rostro.
"¿Cómo voy a seguir sin ella?"
Era una pregunta que no tenía respuesta, y en ese momento, Oliver no podía imaginar una vida sin la presencia de su madre. Todo parecía perder sentido, como si el mundo hubiera cambiado de forma irrevocable y él fuera incapaz de adaptarse. Y lo peor de todo era esa sensación de vacío, ese agujero que sabía que nunca podría llenar.
En el fondo, Oliver sabía que tendría que enfrentar lo que venía: el funeral, las condolencias, el peso de consolar a su padre. Pero en ese instante, solo podía aferrarse al dolor, permitiéndose sentir, aunque fuera por un breve momento, la magnitud de lo que acababa de perder.
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A la mañana siguiente
Olivia llegó temprano al centro de fotografía, como de costumbre. Aparcó su vehículo frente al edificio y se quedó unos segundos dentro, mirando hacia el volante. No había tráfico en la carretera, y la mañana parecía tranquila, pero algo en su interior le hacía sentir inquieta. Respiró hondo antes de salir del auto.
Justo cuando cerraba la puerta, su teléfono sonó. Revisó la pantalla y vio un número desconocido, pero contestó de todos modos.
—Buenos días.
La voz al otro lado le resultó familiar; era la secretaria de la agencia de trabajo que la había enviado al estudio de Oliver.
—Hola, Olivia. Soy de la agencia. Te llamo porque ocurrió algo con el señor Summerfeld.
Olivia frunció el ceño, preocupada.
—¿Algo con Oliver? ¿Está bien? —preguntó con un leve nerviosismo en la voz.
La secretaria continuó, su tono profesional, pero cargado de seriedad:
—Su mamá falleció anoche.
Olivia sintió que algo dentro de ella se rompía. La noticia la golpeó como un balde de agua fría. Aunque intentó mantenerse serena, su rostro reflejaba el dolor que comenzaba a invadirla. Recordó los detalles de su fantasía, donde Oliver le había contado cuánto había sufrido por la muerte de su madre. Ahora, ese sufrimiento era real.
—Lo lamento mucho —dijo finalmente, con la voz apagada.
La mujer al otro lado de la línea continuó hablando:
—Le di tu número telefónico. El señor Summerfeld dijo que se comunicaría contigo. Mientras tanto, si lo deseas, podemos buscarte otro trabajo hasta que él regrese.
Olivia negó rápidamente, aunque sabía que Janet no podía verla.
—No, no, no es necesario. Estoy bien. Me quedaré esperando a que él decida.
—De acuerdo, solo avísanos si necesitas algo —respondió Janet antes de colgar.
Olivia se quedó inmóvil por unos segundos, apretando el teléfono en su mano. Su pecho estaba pesado, y las emociones la inundaban. Sabía cuánto significaba la madre de Oliver para él, y la idea de que tuviera que enfrentar ese dolor la hacía sentir impotente.
Decidió volver a casa. No podía concentrarse en el trabajo con aquella noticia rondando en su mente. Al llegar, se dejó caer en el sofá y trató de calmarse, pero la tristeza y la culpa la abrumaban. Fue entonces cuando llegó Page, su mejor amiga, quien al verla, notó de inmediato que algo andaba mal.