La casa estaba envuelta en un silencio sepulcral, apenas roto por el leve crujir de la madera bajo los pies de Oliver mientras recorría el espacio. En la sala, la fotografía de su madre parecía observarlo desde la repisa. Su sonrisa inmortalizada contrastaba con el vacío aplastante que ahora reinaba en el lugar. Oliver la tomó con cuidado, sus dedos temblorosos rozando el marco como si al tocarlo pudiera recuperar algo de ella.
Se sentó en el sofá con un suspiro profundo, abrazando la foto contra su pecho. El dolor era una ola interminable que lo golpeaba con una fuerza brutal, dejándolo sin aliento. "Esto no puede ser real," pensó. Su mente aún se resistía a aceptar que su madre, el pilar de su familia, ya no estaba.
-Oye, papá... -su voz rompió el silencio como un murmullo cargado de pesadez-. ¿Quieres cenar?
Su padre, sentado en el sillón frente a él, no respondió de inmediato. Parecía atrapado en un lugar lejano, mirando hacia un rincón vacío de la habitación con los ojos vidriosos. Después de unos largos minutos, finalmente negó con la cabeza, pero sin siquiera mirarlo.
Oliver sintió un nudo apretarse en su garganta al ver la expresión perdida de su padre. "Está tan roto como yo," pensó. Quiso decir algo, cualquier cosa que pudiera aliviar el peso que ambos compartían, pero las palabras se le atoraron en el pecho. Con un suspiro resignado, se levantó y caminó hacia la cocina.
Abrió la nevera y examinó los estantes, pero su mente estaba demasiado nublada para concentrarse. Cerró la puerta con un movimiento lento y apoyó la frente contra ella.
-Mejor pediré algo para los dos -murmuró para sí mismo, tratando de encontrar algo de normalidad en medio del caos interno.
Mientras marcaba el número de la pizzería local, escuchó a su padre hablar desde la sala. Su voz era baja, como si costara arrancar las palabras de su interior:
-Pensé que me iría antes que ella...
Oliver dejó el teléfono en la encimera, olvidándose por completo del pedido. Las palabras de su padre lo congelaron en el lugar. Permaneció unos segundos inmóvil antes de regresar a la sala. Se sentó al lado de él, sus ojos buscando desesperadamente alguna señal de estabilidad en el rostro de aquel hombre que siempre había sido su fortaleza.
-Por meses supimos que algo no andaba bien... -continuó su padre, con la mirada fija en el suelo-. Pero nunca pensé que sería tan rápido.
Oliver no pudo contenerse más. Extendió la mano y cubrió la de su padre, apretándola con firmeza, como si ese simple gesto pudiera sostenerlos a ambos en ese momento de vulnerabilidad.
-Yo tampoco, papá... -admitió, su voz quebrándose mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla.
El silencio volvió a caer sobre ellos, pero esta vez no era un silencio vacío. Era un silencio compartido, lleno de emociones no dichas, de dolor y amor. Oliver sintió una oleada de culpa por no haber hecho más, por no haber estado más presente en los últimos días de su madre. Pero al mirar a su padre, comprendió que él también llevaba esa misma carga.
El hombre mayor apretó la mano de Oliver, su mirada finalmente encontrando la de su hijo.
-Gracias por estar aquí -murmuró, con la voz quebrada.
-Siempre, papá... siempre estaré aquí -respondió Oliver, jurándose a sí mismo que haría todo lo posible por cuidar de su padre, aunque el vacío en su pecho nunca desapareciera del todo.
El centro de fotografía tenía un aire más sombrío esa mañana, casi como si el ambiente reflejara el estado de ánimo de Oliver. Olivia llegó, aparcando su vehículo con movimientos lentos y mecánicos, aún pensando en lo que había escuchado el día anterior. Cerró la puerta del auto y ajustó su bolso al hombro, tomando un respiro antes de entrar.
Al cruzar el umbral del estudio, vio a Oliver en su despacho. La puerta estaba entreabierta, lo suficiente para que ella pudiera verlo inclinado sobre su escritorio, sus dedos tamborileando nerviosamente sobre el teclado de la computadora. Su cabello estaba despeinado, y él lo peinaba una y otra vez con las manos, un gesto que delataba su frustración. Olivia sintió un nudo en el pecho al verlo así, preguntándose cuán profundo sería el dolor que estaba atravesando.
Se acercó despacio, apoyándose suavemente en el marco de la puerta.
-Hola, Oliver -dijo en un tono cálido, rompiendo el silencio.
Él levantó la mirada, sus ojos cansados se encontraron con los de ella, y por un instante pareció que intentaba esbozar una sonrisa, pero no lo consiguió del todo.
-Hola, Olivia -respondió, su voz áspera, como si hubiera estado en silencio durante horas.
Ella notó el peso en sus hombros y suspiró, buscando las palabras adecuadas.
-Agradezco que hayas pospuesto mis citas. -Hizo una pausa, como evaluando si continuar-. Gracias por organizar mi agenda de trabajo, no era necesario hacerlo ahora.
Oliver asintió, apartando la mirada hacia la pantalla de la computadora.
-Pensé que sería un día ocupado con muchas sesiones -dijo, su tono neutro, casi mecánico.
-No quise bombardearte con tanto trabajo. -Ella intentó suavizar el ambiente-. Pensé que sería mejor colocarte solo algunas.
Hubo un breve silencio entre ellos antes de que Olivia se armara de valor para decir lo que realmente sentía.
-Lamento mucho lo que tú y tu papá están pasando. -Su voz se quebró ligeramente, pero logró mantener la compostura.
Oliver levantó la mirada una vez más, esta vez sus ojos mostraban un destello de agradecimiento.
-Gracias... -dijo simplemente, con una sinceridad que casi dolía escuchar.
Olivia asintió y, sintiendo que había dicho todo lo que podía en ese momento, se giró hacia la puerta.
-Voy a preparar lo de la sesión -dijo antes de marcharse, dejándolo solo en su oficina, luchando contra las emociones mientras intentaba editar unas fotos que parecían más difíciles de manejar que nunca.
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Esa noche, Oliver había quedado con Tessa para cenar en un restaurante. Cuando llegó, ella ya lo esperaba en la mesa, levantándose para abrazarlo apenas lo vio.