Fernanda y Olivia caminaban juntas por el pasillo del hospital, con un aire de tranquilidad tras haber recibido los buenos resultados de las pruebas médicas. Fernanda tenía una expresión relajada y ligera, como si una pesada carga hubiera sido levantada de sus hombros. Mientras se dirigían al auto, Fernanda rompió el silencio con una sonrisa nostálgica.
-¿Recuerdas cuando te enamoraste de Peter Rosario? -preguntó de repente, con un tono divertido.
Olivia, sorprendida por el comentario, frunció el ceño y soltó una pequeña risa.
-Eso fue en secundaria, mamá -respondió, rodando los ojos, pero sin poder evitar sonrojarse ligeramente ante el recuerdo.
Fernanda, perspicaz como siempre, estrechó los ojos mientras miraba a su hija.
-¿Estás enamorada, hija?
Olivia se detuvo por un momento, mirando hacia otro lado como si buscara una respuesta en el horizonte. El corazón le latía más rápido; no esperaba esa pregunta. Intentó buscar las palabras adecuadas, pero todo lo que salió de su boca fue un titubeo.
-Yo... mamá, no sé...
Fernanda, que conocía bien a su hija, no necesitaba más confirmación. Esbozó una sonrisa cálida y repitió con un tono más directo:
-¿Estás enamorada?
Olivia respiró hondo, sintiendo que no podía ocultarlo más. Bajó la mirada al suelo, jugando con las llaves del auto entre sus manos.
-Sí, mamá, tienes razón.
Fernanda arqueó una ceja, ahora más interesada.
-¿De quién?
Olivia dudó por unos segundos. La confesión que estaba a punto de hacer la llenaba de nerviosismo, pero también de una extraña sensación de alivio. Levantó la vista y respondió con voz suave:
-Es alguien de mi trabajo.
Fernanda la miró fijamente, un brillo de sorpresa y curiosidad encendiéndose en sus ojos.
-¿Es tu jefe?
La pregunta directa hizo que Olivia retrocediera un poco, sintiendo cómo sus mejillas se teñían de rojo. No podía evitarlo; su madre siempre tenía una habilidad especial para leer entre líneas.
-Mamá... -intentó evadir la respuesta, pero el silencio y la mirada insistente de Fernanda la obligaron a admitirlo-. Sí, es él.
Fernanda sonrió y asintió con comprensión, aunque no sin cierta cautela.
-Estabas tan convencida de tu sueño... es un alivio ver que lo superaste.
Olivia se quedó mirándola, sintiendo cómo aquellas palabras resonaban profundamente en ella. No sabía exactamente qué responder. Por un lado, sabía que su madre hablaba con buenas intenciones; por otro, sentía una ligera incomodidad al escuchar que "superó" su sueño.
Ambas permanecieron en silencio por unos segundos, hasta que Fernanda tocó suavemente el brazo de Olivia y sonrió, dejando claro que, independientemente de su opinión, estaría a su lado.
Era una tarde tranquila en el centro de fotografía. Olivia estaba revisando algunos correos en su escritorio mientras escuchaba el clic constante de la cámara de Oliver. En el estudio, una pareja de avanzada edad posaba para las fotos; sus arrugas y sus miradas cargadas de amor contaban una historia de cinco décadas juntas. Oliver, detrás de la lente, capturaba cada momento, pero su expresión parecía distante, casi melancólica. Había algo en aquella pareja que le evocaba recuerdos de sus propios padres, de los momentos felices que compartían antes de que todo cambiara.
Cuando terminó la sesión, Oliver les agradeció amablemente, y Olivia se ofreció para ayudarlos con sus abrigos. La pareja sonrió con gratitud mientras Olivia ajustaba cuidadosamente las solapas y los despedía con un gesto cálido. Oliver, en tanto, revisaba las fotos en su cámara, aparentemente concentrado, pero con una sombra de tristeza en los ojos.
Cuando Olivia regresó al estudio, percibió la atmósfera. Se acercó a Oliver, tratando de romper el silencio con una pregunta casual.
-¿Cómo está tu padre?
Oliver levantó la vista de su cámara y suspiró.
-Está mejor... -respondió con un tono de resignación-. Lo llamo todos los días y lo visito cada vez que puedo, pero aún es difícil.
Olivia asintió con comprensión. Sabía que no era fácil superar una pérdida así. Recordó algo que Oliver había mencionado en otra ocasión y, con delicadeza, agregó:
-Mencionaste que no puede cuidar de sí mismo... ¿eso incluye que no sabe cocinar?
Oliver soltó una risa suave, casi forzada, pero genuina.
-Corrección: se le quema todo lo que intenta.
Olivia rió con él, pero no era solo una broma para ella. Esa respuesta le trajo de vuelta un recuerdo vívido, algo que había visto en su sueño mientras estaba en coma: la imagen de Oliver bromeando con su padre sobre la cocina y el caos que eso siempre causaba.
Tras un breve silencio, Olivia tuvo una idea.
-Hoy en la mañana hice bastante sopa de cebolla -dijo con un tono casual, como si apenas se le ocurriera-. Y como quedó un buen poco, podrías llevársela.
Oliver la miró, sorprendido por el comentario.
-¿Sopa de cebolla? -preguntó, sus ojos brillando un poco más-. Es su favorita.
Olivia dejó salir una media sonrisa tímida, complacida de haber acertado, aunque sabía perfectamente que lo haría.
-Entonces voy a traerla y se la llevas -ofreció, dando un paso hacia su bolso como si no quisiera darle tiempo para negarse.
Sin embargo, Oliver la detuvo con una mirada sincera.
-No quiero llevarme el crédito. ¿Quieres llevarla tú?
El tono de su voz era una mezcla de gratitud y vulnerabilidad, algo que hizo que Olivia lo mirara directamente a los ojos por unos segundos antes de asentir.
-Está bien -respondió suavemente.
Mientras salía a buscar la sopa, Olivia sintió que algo había cambiado en su relación con Oliver. No eran solo compañeros de trabajo; había algo más profundo que se tejía entre ellos, algo que ambos parecían estar explorando lentamente, paso a paso.
La noche se perfilaba tranquila mientras Oliver conducía a Olivia hacia la casa de su padre. El trayecto fue mayormente silencioso, pero no incómodo. Ambos parecían sumidos en sus propios pensamientos, aunque de vez en cuando Oliver miraba de reojo a Olivia, agradecido de que lo acompañara en este momento. Al llegar, Olivia observó la casa: era una construcción modesta pero cálida, con una fachada de ladrillo envejecido y un pequeño jardín delantero lleno de plantas bien cuidadas. Había una luz tenue en el porche que les daba la bienvenida.