El sol estaba casi ocultándose cuando Oliver terminó de cargar el equipo de fotografía en el automóvil. Las últimas luces del día daban al lugar un aire nostálgico y melancólico. Olivia lo observaba en silencio, sosteniendo el pie de una de las cámaras mientras él aseguraba los trípodes y las bolsas en el maletero.
Cuando llegaron al estudio de fotografía, Olivia caminaba detrás de Oliver, intentando mantener el equilibrio con las bolsas que llevaba. De repente, uno de los bolsos se deslizó de sus manos y cayó al suelo con un golpe seco.
—Se te cayó la bolsa, Olivia —dijo Oliver, girándose rápidamente para ayudarla.
—No te preocupes, yo puedo recogerla —respondió ella, nerviosa mientras sostenía el equipo con ambas manos.
—Déjala, yo la recojo —insistió Oliver, agachándose para tomar la bolsa.
Al levantarla, algo llamó su atención. Una hoja doblada había sobresalido del cierre ligeramente abierto. Al recogerla, leyó el encabezado escrito con una caligrafía pulcra: “Oliver Summerfeld”. Se quedó inmóvil por un instante, examinando el papel con detenimiento antes de levantar la vista hacia Olivia, claramente confundido.
—¿Qué es esto? —preguntó, extendiéndole la nota—. Estaba en tu bolsa. Tiene mi nombre.
Olivia se congeló, sintiendo cómo su estómago se retorcía. Había olvidado por completo esa nota, un pedazo de papel que había escrito para tratar de procesar todo lo que había vivido. Sus manos comenzaron a temblar, y el color de su rostro palideció.
—No es... no es lo que piensas, Oliver —dijo, su voz quebrándose mientras intentaba formular una excusa convincente.
Oliver arqueó una ceja, claramente intrigado y un poco desconfiado.
—Entonces explícame, porque no entiendo. ¿Por qué tienes algo con mi nombre escrito dentro de tu bolsa?
Olivia comenzó a caminar de un lado a otro, pasando las manos por su cabello en un gesto de desesperación. Su mente buscaba frenéticamente las palabras adecuadas, pero sabía que no podía seguir ocultando lo que había estado sintiendo.
—Es que… es difícil de explicar. Vas a pensar que estoy loca —murmuró, evitando mirarlo directamente.
—Tal vez lo haga, pero igual creo que merezco una explicación —insistió él, cruzando los brazos.
—No, claro que no te estoy vigilando —respondió Olivia rápidamente cuando Oliver sugirió esa posibilidad. Pero su reacción solo lo hizo más suspicaz.
—Entonces, ¿cómo sabes tanto de mí? —preguntó, elevando la voz, aunque sin sonar agresivo.
Olivia respiró hondo, cerrando los ojos por un momento. Finalmente, decidió enfrentarlo. Recordó las palabras de Page el día anterior: “A veces, lo único que podemos hacer es decir la verdad, sin importar lo que pase después”.
—Sé todo de ti porque… porque estuvimos casados.
La sala quedó en silencio. Oliver la miró con incredulidad, sin saber si reír o preocuparse.
—¿Qué? —soltó, finalmente—. ¿En qué vida? Yo nunca me he casado.
—No aquí, no en esta vida… —dijo Olivia, su voz apenas un susurro. Sentía que el corazón se le iba a salir del pecho, pero continuó—. Hace unos meses, tuve un accidente y estuve en coma. En ese tiempo… soñé, o lo que sea que haya sido, que tú eras mi esposo. Vivíamos juntos en una hermosa casa. Teníamos dos hijos, Antonella y Óscar.
Oliver soltó una risa nerviosa, dando un paso hacia atrás.
—¿Me estás diciendo que en tu coma “viviste” conmigo?
—¡No era solo un sueño! —respondió Olivia, levantando la voz por primera vez—. Lo sentí tan real… era como si realmente estuviera allí contigo. Conocí cada detalle de tu vida, cosas que no podría saber de otra manera.
Oliver comenzó a caminar de un lado a otro, procesando sus palabras.
—Esto es una locura. ¿Me estás diciendo que sabes cosas de mí por un sueño?
—No es solo un sueño. —Olivia sacó fuerzas y continuó—. Por ejemplo, tu color favorito es el morado, aunque siempre dices que es el azul. ¿Por qué? Porque quieres parecer más “normal”, pero si abres tu armario, la mayoría de tus prendas son moradas.
Oliver se detuvo en seco. Sus ojos se estrecharon, y su rostro se tensó.
—Eso no prueba nada. Podrías haberlo adivinado.
—¿Y cómo sé que no te gustan los deportes, pero que tienes una pequeña obsesión con el fútbol? Siempre dices que no eres fanático, pero no te pierdes un solo partido importante.
Oliver la miró fijamente, tratando de encontrar alguna explicación lógica para todo lo que estaba diciendo.
—Eso tampoco significa nada.
—¿Y por qué crees que cuando llegué te sugerí que llamaras al estudio “Summerfeld Photography”? —continuó Olivia, con lágrimas en los ojos—. Porque lo harás. Es un homenaje a tu madre. Nadie más te llamaba “Oli” porque querías que ese apodo quedara solo entre ustedes dos.
El rostro de Oliver se endureció, como si las palabras de Olivia hubieran tocado algo profundo. Tragó saliva, sintiendo cómo su mente se llenaba de preguntas.
—¿Cómo sabes tanto de mi madre? —murmuró, con la voz apenas audible.
—Porque la amabas más que a nada en el mundo. Y también sé cuánto la extrañas.
Oliver pasó las manos por su cabello, frustrado. Todo lo que Olivia decía parecía imposible, pero no podía ignorar la precisión de sus palabras.
—Esto no tiene sentido, Olivia. Esto… no puede ser real.
—Pero lo es. Y lo sabes. —Las lágrimas caían ahora por el rostro de Olivia—. Lo sentí, Oliver. Todo era tan real. Antonella, Óscar, nuestra casa… todo.
Oliver dio un paso hacia atrás, levantando una mano como si quisiera detenerla.
—No puedo… no puedo hacer esto. Esto no significa nada. Solo fue un sueño.
Olivia sollozó, abrazando sus propios brazos.
—Para ti puede que no signifique nada, pero para mí fue mi vida.
Oliver suspiró profundamente, sin saber qué más decir. Finalmente, murmuró:
—Creo que deberías irte.
Olivia lo miró por última vez, su rostro lleno de dolor. Asintió y salió del estudio, dejando a Oliver solo, atrapado en un torbellino de pensamientos y emociones que no podía comprender ni aceptar.