Olivia llegó a su apartamento con la mente y el corazón desbordados. Cerró la puerta tras de sí con suavidad, apoyándose un instante contra ella como si buscara algún refugio en su propio hogar. Soltó su bolso al suelo, sin preocuparse por recogerlo, y se dirigió directamente a la chimenea. Allí encendió el fuego, observando cómo las llamas crecían y comenzaban a iluminar el salón con su cálido resplandor.
Se dejó caer en el sillón frente a la chimenea, abrazando sus rodillas, mientras el crepitar de la madera llenaba el silencio. Su mente repasaba cada palabra que le había dicho a Oliver, cada mirada que él le devolvió, cada gesto que parecía oscilar entre incredulidad y confusión. Sabía que había arriesgado mucho al decirle la verdad, pero no podía seguir callando. Había sido su única oportunidad para intentar que él entendiera, aunque fuera un poco.
—¿Por qué tuve que decírselo todo? —susurró para sí misma, con la mirada perdida en el fuego—. Ahora piensa que estoy loca…
En el centro de fotografía, Oliver intentaba concentrarse en la edición de las fotos de la sesión que habían hecho en el castillo. Sin embargo, cada vez que intentaba ajustar los colores o recortar un encuadre, la imagen de Olivia regresaba a su mente: sus ojos sinceros y llenos de lágrimas, su voz quebrada pero firme al afirmar que habían estado casados en otra vida.
Frustrado, dejó caer la cámara sobre el escritorio y se inclinó hacia atrás en su silla, pasándose las manos por el cabello.
—No tiene sentido… —murmuró para sí mismo—. ¿Cómo puede saber tantas cosas de mí? ¿Cómo pudo adivinar lo de Antonella, lo de mi madre?
El peso de la incertidumbre lo impulsó a tomar su computadora portátil. Abrió el buscador y, tras unos segundos de vacilación, escribió el nombre completo de Olivia. Pulsó "enter" y esperó. En cuestión de segundos, varios resultados aparecieron en la pantalla. Escaneó los titulares hasta que uno llamó su atención: “Mujer sobrevive a accidente automovilístico y permanece en coma por semanas”.
Su corazón dio un vuelco. Hizo clic en el enlace y comenzó a leer.
La noticia hablaba de un accidente ocurrido meses atrás, en el que Olivia había perdido el control de su vehículo mientras regresaba de una sesión fotográfica. Había chocado contra un árbol y los servicios de emergencia habían tardado casi media hora en sacarla de los restos del auto. El artículo mencionaba que había sufrido múltiples fracturas y que había estado en coma durante más de tres meses antes de despertar.
Oliver sintió un escalofrío recorrer su espalda mientras leía cada palabra. Todo lo que Olivia le había contado era cierto. Cerró los ojos por un momento, intentando procesar lo que estaba descubriendo.
—Pero eso no explica… —murmuró, todavía escéptico, pero sintiendo cómo la duda se instalaba en su mente—. ¿Cómo puede conectar eso conmigo?
Volvió al buscador y revisó otros artículos. Uno de ellos mencionaba que, tras despertar, Olivia había comentado a sus familiares y amigos cercanos que había tenido un sueño muy vívido durante el coma. El artículo incluso citaba a Olivia diciendo: “No fue un sueño, fue una vida diferente”.
Oliver se quedó mirando la pantalla, incapaz de apartar los ojos de esas palabras. Se reclinó en su silla, con la mirada fija en el vacío. Su mente repasaba cada cosa que Olivia había dicho: la sopa de cebolla, el apodo "Oli" que nadie más usaba desde que su madre había fallecido, el nombre Antonella...
El fuego crepitaba en el apartamento de Olivia, mientras ella permanecía inmóvil frente a la chimenea, recordando cómo Oliver la había mirado al final, como si quisiera creerle pero no supiera cómo.
En el estudio, Oliver cerró la computadora de golpe, se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro. Su mente era un torbellino de pensamientos contradictorios. Quería descartar todo como una coincidencia, como algo absurdo… pero algo en el fondo de su ser le decía que había más verdad en las palabras de Olivia de lo que estaba dispuesto a admitir.
Se detuvo frente a la ventana del estudio, mirando hacia la calle vacía. Respiró hondo, dejando que el aire frío le despejara la mente. Por un momento, las palabras de Olivia resonaron en su cabeza: “Esto no es casualidad, Oliver. Es el destino”.
El destino. Una idea que siempre le había parecido romántica pero irreal. Y sin embargo, esa noche, se encontró preguntándose si tal vez Olivia tenía razón.
El amanecer trajo consigo una calma engañosa al pequeño apartamento de Olivia. Las primeras luces del sol atravesaban las cortinas, proyectando líneas doradas sobre el suelo. Olivia, envuelta en una manta junto a la chimenea apagada, permanecía sentada en silencio, recordando los eventos del día anterior. Sus ojos estaban hinchados por las lágrimas que había derramado durante la noche, incapaz de alejar los pensamientos de Oliver y la conversación que habían tenido.
El sonido del teléfono interrumpió sus cavilaciones. Con movimientos lentos, Olivia lo tomó de la mesa auxiliar y deslizó el dedo por la pantalla para contestar.
—Hola, mamá —dijo en voz baja, reconociendo la voz de Fernanda al otro lado.
—Olivia, cariño, ¿qué pasó? ¿Por qué me dijeron que dejaste el trabajo? —preguntó Fernanda, preocupada.
Olivia apretó los labios, evitando llorar de nuevo. Sabía que su madre no entendería su situación, y explicarlo parecía una tarea imposible.
—No lo dejé, mamá. Me despidieron —respondió, intentando sonar indiferente.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué hiciste? —insistió Fernanda, elevando un poco el tono.
Antes de que Olivia pudiera responder, escuchó la voz de Luis, el esposo de su madre, al fondo.
—¿Cómo prefieres los huevos? ¿Revueltos o hervidos? —preguntó casualmente, ajeno a la tensión de la conversación.
—Luis, espera —dijo Fernanda antes de regresar su atención a Olivia—. ¿Por qué no me dijiste que estabas desempleada?