Después de despedirse de Tessa, Oliver caminó lentamente hacia su auto. El aire fresco de la tarde le despejaba la mente, pero sus pensamientos seguían siendo un remolino de emociones. Sacó las llaves del bolsillo y se detuvo frente a la puerta del vehículo, mirando su reflejo en la ventana. Sus ojos estaban llenos de una mezcla de alivio y melancolía. Había hecho lo correcto, lo sabía, pero eso no quitaba el peso del vacío que sentía.
Mientras conducía por la ciudad, los recuerdos con Olivia aparecían en su mente sin previo aviso. Recordaba sus risas, la forma en que siempre encontraba la manera de hacerlo sonreír incluso en los días más difíciles, y cómo su presencia iluminaba todo a su alrededor. Tessa había sido importante en su vida, pero con Olivia... todo era diferente. Era como si el mundo se tornara más vibrante, más real. Se preguntó, por milésima vez, si aún habría una oportunidad para ellos.
A medida que avanzaba por las calles, decidió que necesitaba distraerse. Giró hacia su estudio fotográfico, su refugio habitual. Al entrar, el familiar olor de los químicos y el suave zumbido de las luces lo recibieron. Todo estaba en silencio, el equipo de trabajo ya se había ido por el día. Encendió su computadora y comenzó a revisar fotografías recientes, pero nada lograba capturar su atención. Su mente seguía volviendo a Olivia, a la llamada que ella había dejado.
"Te amo tanto que solo quiero que seas feliz."
Esas palabras resonaban en su cabeza como un eco persistente. Tomó su teléfono del escritorio y lo giró en sus manos, indeciso. Finalmente, abrió el buzón de voz para escuchar nuevamente el mensaje. Su corazón se aceleró al escuchar su voz, nerviosa pero llena de sinceridad. Sabía que estaba en un punto de inflexión, y aunque no estaba seguro de cuál sería su próximo paso, algo dentro de él le decía que no podía ignorar lo que sentía.
Al otro lado de la ciudad, Olivia estaba sentada en su pequeño apartamento, escribiendo en su diario. Había decidido dar un giro a su vida, pero las inseguridades seguían asomándose. ¿Y si su sueño de ser escritora no era suficiente? ¿Y si su decisión de llamar a Oliver había sido un error? Su madre, Fernanda, siempre le decía que la paciencia era clave, pero la incertidumbre era un enemigo difícil de combatir.
El sol de la tarde comenzaba a ocultarse mientras Oliver estacionaba su auto frente a la casa de su padre. La fachada, tan familiar, le evocaba recuerdos de su infancia: las risas en el jardín, los juegos con su madre, y los consejos de su padre en la vieja cochera. Salió del auto con su cámara al hombro, sabiendo exactamente a qué venía, aunque el motivo no dejaba de parecerle extraño. El auto de su madre estaba allí, estacionado frente a la casa, impecable como siempre lo había mantenido. Era difícil imaginar que pronto sería de otra persona.
Su padre estaba de pie junto al vehículo, con una sonrisa tranquila que contrastaba con los años que se reflejaban en su rostro. Vestía un suéter marrón y jeans gastados, y su cabello blanco lucía perfectamente peinado, como era su costumbre. Al ver a Oliver, levantó la mano en un saludo amistoso.
—Gracias por venir, hijo.
Oliver sonrió, aunque no podía evitar un atisbo de tristeza al mirar el auto. Tomó su cámara y ajustó el lente.
—No hay de qué, papá. Pero, ¿por qué venderás el auto de mamá?
Su padre suspiró, cruzando los brazos mientras miraba el vehículo con nostalgia.
—Ya no puedo verlo como antes. Mi vista no es la misma, y prefiero no arriesgarme. Además, no tiene sentido tener dos autos aquí. Es un gasto innecesario.
Oliver asintió, comprendiendo las razones, aunque no dejaba de sentir que algo se perdía en esa decisión. Se colocó frente al vehículo y comenzó a tomar fotos, buscando los mejores ángulos. Su cámara capturaba los reflejos del sol en la pintura, las líneas elegantes del diseño y el interior perfectamente cuidado.
—Gracias por ayudarme con esto —dijo su padre mientras observaba a Oliver trabajar con profesionalismo.
Oliver bajó la cámara un momento, mirándolo con una sonrisa cálida.
—Soy tu hijo. Lo hago con gusto.
Su padre sonrió, pero rápidamente su expresión cambió a una mezcla de curiosidad y preocupación.
—Y Tessa... Hace días que no hablas de ella.
Oliver dejó de disparar la cámara por un momento, bajándola ligeramente.
—Terminamos hace algunos días.
El tono calmado de Oliver contrastaba con la sorpresa de su padre, quien lo miró fijamente antes de preguntar con cautela.
—¿Lo tomó bien?
Oliver volvió a enfocar la cámara en el auto, pero su respuesta fue directa.
—¿Cómo sabes que fui yo quien terminó?
Su padre sonrió levemente, como si lo hubiera estado esperando.
—Lo imaginé. Además, nunca pensé que fueran compatibles.
Oliver dejó salir una risa breve, dejando la cámara colgada en su cuello mientras lo miraba.
—¿Y cómo llegaste a esa conclusión?
Su padre alzó los hombros, divertido.
—Es una intuición de padre. Pero dime, ¿y la chica de la sopa?
Oliver dejó de reír. Esa mención hizo que su pecho se apretara ligeramente. Miró el auto y luego volvió la vista a su padre.
—Supongo que está bien.
Su padre, siempre observador, frunció el ceño.
—¿Qué pasó entre ustedes? Pensé que era especial.
Oliver suspiró, su voz cargada de honestidad y un toque de arrepentimiento.
—Ella no era la persona que pensé que era... o tal vez yo no lo fui. Todo se complicó.
Su padre asintió en silencio, entendiendo que Oliver no quería entrar en más detalles. En cambio, cambió el tema mientras señalaba la cámara.
—Mis fotos están aquí. ¿Puedes subirlas a Internet? Creo que estas imágenes serán suficientes.
Oliver sonrió, aliviado por el cambio de tema.
—Claro, papá. Estas son más que suficientes.
Guardó su cámara en la funda y siguió a su padre hacia la casa. Una vez dentro, el aroma de chocolate caliente invadió el aire. Su padre ya había preparado dos tazas y las colocó sobre la mesa de la cocina mientras Oliver encendía la computadora portátil.