Sueño Vivido /por Siempre Mi Amor

Capítulo 24) Su dirección

La habitación estaba iluminada tenuemente por la luz de la pantalla de la computadora de Olivia. Los dedos de Olivia descansaban sobre el teclado, pero no escribían. Llevaba horas intentando concentrarse, pero su mente estaba en otro lugar. Frente a ella, el cursor parpadeaba sobre una página en blanco, como si la desafiara a seguir adelante.

El sonido de pasos se escuchó desde el pasillo. Fernanda, su madre, entró suavemente en la habitación con una taza de té caliente. Se detuvo cerca de Olivia, observándola por un momento antes de hablar.

—Olivia, ya sé toda la verdad, y quiero hablar contigo.

Olivia alzó la vista, sus ojos ligeramente enrojecidos por la frustración. Su tono era distante cuando respondió.

—Si esto es sobre el señor Wilbur, no me interesa el trabajo, mamá.

Fernanda suspiró y dejó la taza en la mesa, sentándose frente a su hija. Había algo en su mirada, una mezcla de seriedad y preocupación.

—No es sobre eso, hija. Hablo de lo que me contó Page... sobre Oliver.

El rostro de Olivia se tensó. Apartó la computadora y se recostó en la silla, preparándose para lo que su madre iba a decir.

—¿Oliver? —preguntó, fingiendo indiferencia, aunque su corazón latía con fuerza.

—Sí —respondió Fernanda, apoyando los codos sobre sus rodillas mientras la miraba directamente—. Nunca pensé que tu jefe fuera la persona que mencionaste en tus sueños.

Olivia arqueó una ceja, sintiendo cómo una chispa de esperanza se encendía dentro de ella.

—¿Ahora crees que podría ser el mismo hombre de mi sueño?

Fernanda negó con la cabeza lentamente, pero su expresión era amable.

—No, no es eso, hija. No es cuestión de si era o no el hombre del sueño. Lo importante es que te creo.

Olivia entrecerró los ojos, confundida.

—¿Me crees? —preguntó con voz temblorosa.

Fernanda asintió, acercándose un poco más.

—Sí. Antes no sabía cómo creer algo así, Olivia. Era... solo un sueño. Pero ahora veo que no lo inventaste. Jamás abandonaste esa idea, incluso cuando parecía imposible.

Olivia sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Bajó la cabeza, ocultando su rostro tras sus manos.

—Ya no importa, mamá —murmuró con un hilo de voz—. Porque lo perdí. Lo perdí otra vez.

Fernanda la observó con tristeza. Extendió una mano y tomó la de Olivia, entrelazando los dedos en un gesto de apoyo.

—Tal vez lo hayas perdido por ahora, pero eso no significa que sea el final, cariño. No puedes rendirte ahora.

Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Olivia. Sus palabras salieron entrecortadas por el llanto.

—Básicamente... cree que estoy loca. Mirándolo desde su perspectiva, es una reacción normal, ¿no?

Fernanda negó con suavidad, apretando la mano de su hija.

—Mantenerte firme en lo que sientes, en lo que crees, no es estar loca. De hecho, me enorgullece verte defender tus sueños, como lo haces con tu escritura.

Olivia levantó la vista, sus ojos llenos de dolor.

—Es que lo amo, mamá. Pero ya no puedo hacer más. Me siento como si hubiera llegado a un punto en el que todo está fuera de mis manos.

Fernanda, conmovida, soltó un suspiro antes de hablar.

—Olivia, cuando estabas en el hospital... los doctores y enfermeras me decían que me preparara. Decían que no despertarías. Pero ¿sabes algo? Nunca te dejé sola. Jamás. Confiaba en ti, en que saldrías adelante.

Las palabras de su madre eran cálidas y llenas de amor. Olivia rompió a llorar con más fuerza, cubriéndose el rostro con ambas manos. Fernanda se levantó de su silla y rodeó a su hija con un abrazo firme, dejándola llorar en su hombro.

—Siempre estaré aquí para ti, en todo lo que decidas hacer —susurró Fernanda.

Olivia se aferró a su madre como si fuera un ancla en medio de la tormenta. Entre sollozos, apenas logró articular.

—Gracias, mamá.

Fernanda acarició su cabello, transmitiéndole calma y consuelo. En ese momento, Olivia no sabía si su vida encontraría el rumbo que tanto deseaba, pero el amor y apoyo de su madre le dieron la fuerza suficiente para seguir intentándolo.

Oliver estaba en su centro de fotografía, rodeado de cámaras, luces y las imágenes que había capturado con tanto cuidado a lo largo de los últimos días. Estaba en su despacho, absorto en su trabajo, editando las últimas fotos que había tomado. El teléfono del lugar sonó, rompiendo el silencio del estudio, pero la nueva recepcionista, que acababa de comenzar en su puesto, parecía no estar de buen humor. Con una expresión de indiferencia, tomó el teléfono sin mostrar demasiada cortesía, algo que no pasó desapercibido para Oliver. Aún así, él continuó con su tarea, el sonido del teléfono en segundo plano mientras las imágenes se acumulaban en su pantalla.

En un momento dado, el sonido del teléfono fue reemplazado por el crujir de una hoja de papel al moverse, y Oliver, distraído, echó un vistazo al escritorio. Vio la tarjeta que había dejado en la mesa, una tarjeta que Olivia le había entregado tiempo atrás. Recordó que ella, con su tono decidido, le había hablado de su propia fotografía. La imagen de esa tarjeta le hizo pensar en ella, algo que parecía inevitable. La había guardado, pero en ese momento no sabía por qué.

De repente, la visión de una foto sobre su escritorio lo hizo detenerse. La imagen era una de Olivia, tomada en la casa de campo, aquella casa en la que habían compartido algunos días especiales. Él mismo había sido quien le tomó esa foto. En la imagen, Olivia estaba sentada en la terraza, su rostro iluminado por la luz suave del atardecer. En el fondo, se podía ver la casa de campo, los árboles y la calma de un entorno que, por un breve instante, había sido su refugio. Oliver no pudo evitar quedarse observando la foto durante unos segundos, sus dedos pasando lentamente por la pantalla mientras sentía un nudo en el estómago. Recordó cómo Olivia, en un tono tranquilo pero lleno de seguridad, le había dicho algo que aún lo sorprendía:




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