Sueños Blancos.

PRÓLOGO — ANTES DEL COMIENZO

Ximena aprendió esa noche que el silencio hace más ruido que los gritos.

Tenía diez años y las rodillas heladas contra el suelo de la planta alta. Desde su escondite en la escalera, con los pies descalzos y el cuaderno de dibujo apretado contra el pecho, observaba el vestíbulo. Abajo, sus padres no peleaban como en las telenovelas que veía la abuela. No había platos rotos ni voces alzadas. Lo de ellos era peor: era una guerra de susurros quirúrgicos.

La casa Guzmán, con sus techos altísimos y esa elegancia de revista, se sentía esa noche como un pulmón sin aire.

Hernán salió del estudio. Ximena vio cómo se detenía un segundo para revisar la pantalla de su celular y guardarlo en el bolsillo interior del saco. Impecable. Ni una arruga en el traje, ni una duda en los pasos. Caminó hacia Malvina, que lo esperaba sentada en el borde del sofá, rígida, como si estuviera posando para una pintura que nadie quería ver.

—¿Vas a negarlo? —preguntó él. Su tono era el mismo que usaba para despedir empleados: suave, definitivo.

Malvina no bajó la cabeza. Tenía los ojos secos, muy abiertos.

—No. Pero no me mires así, Hernán. Tú no eres ningún santo.

—No estamos hablando de mí. Estamos hablando de lo que haces cuando crees que nadie te ve. ¿Cómo se lo explicas a tu hija?

Los dos miraron hacia arriba, hacia la oscuridad de la escalera. Ximena dejó de respirar. Se hizo pequeña, fundiéndose con la sombra de la baranda, rogando ser invisible. Ellos no la vieron.

—Yo también tengo derecho a sentirme viva —la voz de Malvina se rompió, solo una grieta minúscula en su armadura—. Gustavo me miró cuando tú dejaste de hacerlo. Tú te fuiste de esta casa hace años, Hernán. Solo que tu cuerpo seguía viniendo a cenar.

Él se acomodó los gemelos de la camisa, un gesto mecánico, perfecto.

—Eso fue una elección, Malvina. Lo tuyo es una traición.

Ximena no entendía quién era Gustavo. No sabía qué significaba amante, ni entendía la logística de un matrimonio roto. Pero sintió el golpe. El dibujo en su regazo, un paisaje de colores vivos que había empezado esa tarde, de repente pareció estúpido. Infantil.

No lloró. Los Guzmán no lloraban, o al menos eso había aprendido viendo a su padre. Pero esa noche, algo dentro de ella, algo tierno y flexible que tienen todos los niños, se endureció. Se torció en silencio como una rama obligada a crecer contra el viento.

El frío de la escalera se le metió en los huesos y decidió quedarse a vivir allí. En su forma de querer. En su forma de callar.

Allí, en la oscuridad del escalón número siete, terminó su infancia. Y empezó todo lo demás.




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