En la casa de Berta todo estaba en un silencio que dolía. Solo el tic-tac del reloj del comedor rompía la quietud, marcando los segundos con una insistencia que parecía burlarse del tiempo detenido. Berta se levantaba y volvía a sentarse, una y otra vez, con la mirada fija en la ventana, como si observar el camino pudiera traer de regreso la figura de Vicente cruzando la calle con ese andar cansado, pero firme.
Habían pasado demasiadas horas desde que dijo que saldría a buscar a Ximena. Más de las que podía tolerar.
Marcó a Malvina una, dos, tres veces durante la tarde. Luego, con el corazón acelerado, volvió a intentarlo al anochecer. El timbre sonaba, pero nadie contestaba. No era línea muerta. Era ausencia. Y eso era peor.
En su mente, las imágenes se atropellaban con violencia. Hernán... su yerno. Inestable, impulsivo, celoso. ¿Y si habían discutido? ¿Y si Vicente intentó intervenir?
Berta llevaba casi una hora caminando en círculos por la sala. Había intentado disimular su ansiedad recogiendo tazas, abriendo ventanas, regando plantas que no necesitaban agua... pero nada la calmaba. Vicente no volvía. Malvina no respondía. Era como si el mundo entero hubiera decidido volverse inalcanzable esa noche.
Volvió a sentarse en el borde del sofá, las manos heladas apretando el tejido de su blusa. La vista fija en la puerta. Vicente había salido antes del almuerzo a buscar a Ximena. "Solo un rato", le dijo. Y no volvió. No llamó. No avisó.
Sintió que no podía más. La soledad le apretaba el pecho. Pensó en llamar de nuevo a Malvina, pero ya había marcado tantas veces que temía que la rechazaran por insistente. Entonces, por primera vez en años, pensó en Adrián.
Era su vecino desde siempre. Exagerado, peculiar, un poco entrometido a veces. Pero también parecía un buen hombre. Honesto. El padre de Patricia, una amiga cercana de su nieta. Y aunque nunca fue su confidente, Berta sabía —en el fondo— que Adrián siempre había tenido un respeto profundo por Vicente. Tal vez por eso. Tal vez porque ya no tenía a nadie más a quién recurrir, tomó el teléfono y marcó su número.
Del otro lado, Adrián hojeaba con desgano un periódico arrugado. La tarde era tranquila, la televisión sonaba baja, y María preparaba té en la cocina. Al cuarto timbrazo, levantó el auricular.
—¿Aló?
—Vecino... buenas noches. Soy yo... Berta —dijo con un hilo de voz, tembloroso, al borde del llanto.
—Señora Berta... qué gusto saludarla. ¿Todo bien?
—No... no, no está todo bien. Vicente salió hace muchas horas. Iba a buscar a Ximena. No ha regresado. No me ha llamado. No responde. Y Malvina tampoco... nadie me contesta. Es como si se hubieran esfumado todos. Y yo ya no sé qué hacer. No sé si esperar o salir a la calle. No sé si llamar a la policía... —su voz se quebró en un susurro—. Estoy sola. Y siento que algo muy malo está por pasar... o ya pasó.
Adrián se puso de pie. El periódico se deslizó de su regazo al suelo. Su expresión cambió.
—Mire... no quiero alarmarla, pero si Vicente decidió seguir a Hernán... entonces quizá fue una mala idea. Él estaba alterado, yo los vi ¿sabe? Y Vicente a veces se deja llevar por el impulso. Usted lo conoce. Siempre actuando como si el mundo necesitara que él lo arregle.
Berta enmudeció un instante.
—¿Qué quiere decir con eso, Adrián? ¿Que la culpa es de él? ¿Que si no aparece, es por imprudente?
—No, no quise decir eso... solo... sólo pienso que quizá se metió en algo que no le correspondía. Hernán estaba molesto. Todos lo notamos.
—¿Usted lo notó? —preguntó ella, y el tono cambió—. ¿Desde cuándo sabe cosas que yo no? ¿Y por qué no me dijo nada antes?
Adrián titubeó. Fue un segundo. Pero ese segundo bastó.
—No quise preocuparla, señora Berta. Nada más.
—Claro... —murmuró ella. Su voz sonó más seca ahora, menos quebrada—. Gracias por su... amabilidad.
Y colgó sin más.
Adrián se quedó con el auricular suspendido, como si no supiera del todo qué acababa de pasar. Desde la cocina, María lo miró, cruzada de brazos.
—¿Qué dijiste?
—Solo mencioné que Vicente pudo haber actuado por impulso...
—¿Y qué esperabas que pensara una mujer como Berta al escuchar eso?
Adrián no respondió. Bajó el teléfono con gesto inquieto, mientras una incomodidad nueva se instalaba en el ambiente: la de haber dicho algo que, sin querer, sembraría la semilla del rencor.
Adrián bajó lentamente el auricular. Su rostro reflejaba una tensión que pocas veces mostraba. Desde la cocina, María lo observaba en silencio, sin necesidad de preguntar.
—¿Era Berta? —dijo, asomándose con el pañuelo en la mano.
—Sí. Dice que Vicente no ha vuelto. Que no sabe nada de Malvina. Que Ximena no está.
María apoyó el cuerpo en el marco de la puerta, en silencio. Luego susurró:
—Si pasó lo que temías... si Vicente siguió a Hernán...
Adrián no respondió. Se quedó mirando la nada, con ese presentimiento que no se nombra para no invocarlo. A veces, el corazón sabe antes que la mente. Y en esa noche espesa, algo dentro de él ya entendía que el mundo de su vecina —de esa mujer que nunca pidió ayuda— estaba a punto de venirse abajo.
En la casa del frente, Berta se quedó sentada frente al teléfono. Su mirada ya no era solo de angustia. Había algo más. Algo que palpitaba detrás del miedo. Una sospecha.
"No quiso preocuparme", repitió en su mente. "¿Qué más no quiso decirme?"
Y entonces, sin pruebas, pero con la lógica desbordada por el dolor, empezó a construir una idea: Adrián sabía algo. Tal vez lo vio. Tal vez lo dejó ir. Tal vez... lo empujó.
El miedo tiene voz. Pero cuando el miedo se mezcla con pérdida, toma la forma del juicio. Y Berta, en ese instante, sin saberlo, empezó a mirar a Adrián no como su vecino... sino como el hombre que quizá le ocultaba la verdad sobre la última noche de su esposo.
El teléfono de Adrián volvió a sonar. Él, aún con el peso de la conversación reciente con Berta palpitándole en el pecho, se acercó a contestar. Reconoció la voz de inmediato.