La mañana de la boda amaneció con un cielo tan limpio que parecía una promesa. Las calles estaban silenciosas, como si el tiempo hubiera hecho una pausa para permitirle al destino cumplir su curso.
La iglesia del centro, antigua y solemne, había sido adornada con lirios blancos, tul transparente y lazos crema que caían desde los bancos como suspiros. Afuera, en el parque cercano, el aire tenía ese olor de tierra mojada y viento fresco que solo ocurre cuando algo importante está por suceder.
En su casa, no muy lejos, Jackie se debatía entre rizarse el cabello o dejarlo suelto.
—¡Ay, no sé! —gritó desde el baño—. ¿Y si me veo como una palmera?
Alejandra, sentada en la cama con los zapatos aún en la mano, sonrió sin levantar la mirada.
—Peor sería que te vieras como una lápida. Vamos, Jackie. Te ves hermosa. Solo… no exageres. Es una boda, no un desfile de modas en Tokio.
—¿Dónde está Patricia cuando se la necesita para criticarme? —suspiró Jackie, con una sonrisa nostálgica.
El silencio se hizo repentino. Ambas sabían que no era un nombre que se mencionara sin dejar huella. Patricia ya no estaba. Y David, aunque vivo, también había elegido ausentarse.
—¿Crees que David pensó en venir? —preguntó Alejandra en voz baja, casi como una confesión.
Jackie se encogió de hombros frente al espejo.
—Lo sé. Pero decidió quedarse lejos.
—Era su gran amor —susurró Alejandra.
—Sí —afirmó Jackie, apagando la plancha del cabello—. Pero cuando el amor se convierte en pérdida… a veces uno no encuentra cómo estar presente sin sufrir. Y David… ya sufrió más de una vez.
En otro rincón de la ciudad, Marco se peleaba con su corbata.
—¡No puede ser tan difícil hacer un nudo! —gritó, mientras Julio, ya vestido con su traje azul oscuro, reía sentado en la cama.
—¿Quieres que te ayude?
—¡No! —dijo Marco con terquedad—. Si voy a ir elegante, al menos que sea por mis propios méritos.
Joaquín entró entonces con una caja de anillos en la mano.
—¿Listos? El coche está abajo. No quiero que lleguemos tarde y Ximena cambie de opinión.
Julio se levantó y lo miró con una media sonrisa.
—¿Tú crees que cambiaría de opinión?
—Tú no has visto cómo brilla cuando te mira, hermano. Ni aunque apareciera David vestido de novio, te quitaría ese lugar.
El ambiente se tornó por un instante más callado. Nadie lo dijo, pero todos lo pensaron. David no estaría allí. No habría bromas suyas, ni canciones improvisadas, ni palabras al oído para calmar los nervios del novio. Y eso dolía.
La iglesia se fue llenando lentamente. Dulcina y Verónica llegaron tarde, pero discretas. Nadie las saludó con entusiasmo. Solo con cortesía. Y eso bastó.
Blanca había tomado asiento en la última fila, con un vestido prestado y un rosario entre los dedos. A su lado, Berta respiraba con dificultad, pero con los ojos brillantes.
Cuando el órgano comenzó a tocar, todos se pusieron de pie.
Ximena apareció en la puerta, tomada del brazo de Malvina. Jackie cedió su lugar a quien realmente debía llevarla al altar: su madre. Vestía un traje sencillo, pero elegante. El tul caía como neblina sobre sus hombros, y su rostro era el de una mujer que ya no creía en cuentos de hadas. Quería realidades dignas que se construyen con heridas y promesas verdaderas.
Julio, al verla avanzar por el pasillo, sintió que todos los años previos, todo el dolor, las traiciones, las muertes… no habían sido en vano. Porque al final, allí estaba ella. Y estaba para él.
Durante la ceremonia, no hubo lágrimas escandalosas ni exclamaciones dramáticas. Solo silencios respetuosos, miradas cruzadas, y en los ojos de todos, el mismo pensamiento: la vida sigue. A veces a rastras. A veces con heridas. Pero sigue.
Cuando el sacerdote pronunció las palabras que los unían como esposos, Ximena sintió, por primera vez en años, paz.
Y mientras el coro entonaba el Ave María, sus pensamientos se elevaron hacia quienes no estaban: su abuelo, su apoyo. Su padre, con todos sus errores. Patricia, su amiga herida. David, su hermano del alma, lejos de todo.
Pero aun con sus ausencias, ese día no fue incompleto. Fue un día lleno de memoria. De esperanza. De presente. En ese presente, Ximena y Julio unieron sus vidas, como los jóvenes que fueron, y como las personas que habían aprendido, a la fuerza, que el amor verdadero no se encuentra. Se construye.
Desde el rincón más discreto de la iglesia, Verónica observaba con una sonrisa contenida mientras todos se levantaban para aplaudir el beso de los recién casados. Nadie se percató de cómo apretaba los dedos contra la cartera, ni del leve estremecimiento que le recorrió el pecho cuando Julio, vestido con impecable sobriedad, tomó la mano de Ximena y la condujo por el pasillo central entre pétalos blancos.
Era un gesto sencillo. Una escena común. Pero para Verónica, ese momento le caló como una espina clavada en lo más profundo de su orgullo. Siempre había sido así. Desde niñas, aunque separadas por silencios familiares y mentiras entrelazadas, Ximena siempre tuvo lo que a ella le era negado: un padre que la llamaba hija, una madre que la abrazaba con ternura, una educación con libros, valores y principios. Verónica, en cambio, creció en las sombras. Criada con astucia y ambición por Dulcina, aprendió desde temprano a calcular antes que a confiar. A mirar desde lejos. A fingir indiferencia.
Y sin embargo, la figura de Ximena siempre se le había vuelto insoportable. No por lo que tenía, sino por la paz que le envolvía incluso en medio de la pérdida. Ahora, verla vestida de blanco, rodeada de amigos, unida a un hombre como Julio —noble, fuerte, sereno—… despertaba en ella algo que no supo nombrar al principio. No era solo rabia. No era simple rencor. Era hambre. Deseo. Envidia disfrazada de anhelo.
Cuando Julio le dirigió una mirada fugaz al pasar —cordial, apenas un gesto educado—, algo dentro de ella vibró.