Sueños Blancos.

XIX. EL PLAN DEL CUERVO

Adrián González llevaba ya ocho meses encerrado. Los primeros días se había mostrado desafiante, altivo. Luego vino la caída, lenta y predecible: el aislamiento, los silencios prolongados, las noches insomnes, la mirada extraviada entre las grietas del techo.

Pero no había desaparecido del todo. Solo se había replegado. Esperaba. Pensaba. Planeaba. Su compañero de celda, Andrés, era un hombre curtido, de voz áspera y memoria de hierro. Había aprendido a leer los ojos de los que caían, y los de Adrián ya no mostraban culpa. Solo estrategia. Una tarde cualquiera, Adrián rompió el silencio.

—Andrés... ¿sabes una cosa?

—¿Qué pasa ahora, Adrián?

—Me redujeron la condena. A la mitad.

—Vaya... eso es bueno. Para ti. Y malo para esa señora... ¿cómo se llamaba?

—Berta —murmuró Adrián, apretando los dientes—. Esa vieja maldita no sabe lo que se le viene encima.

—¿Y cómo lo lograste?

No alcanzó a responder. Un guardia apareció en la reja.

—González, tiene visita. Su abogado.

—Perfecto —respondió, sonriendo con los labios, pero no con los ojos.

Su abogado vestía un traje azul marino y un maletín de cuero. Adrián lo recibió con un apretón de manos disimulado. Había confianza. Pero más que eso, había complicidad.

—¿Qué tiene para mí esta vez?

—Buenas noticias —dijo el abogado, bajando la voz—. No solo le van a reducir la condena. Lo van a trasladar a un hospital psiquiátrico.

Adrián entrecerró los ojos.

—¿Y eso?

—He movido influencias. Lo demás depende de usted. Tendrá que simular un desequilibrio evidente. Algo creíble. Algo que los médicos no puedan ignorar. El diagnóstico lo hará el propio personal del reclusorio.

Adrián sonrió. Pero era una sonrisa hueca.

—Entiendo. Un loco peligroso. ¿Y desde el hospital...?

—Desde el hospital será más fácil todo. Más puertas abiertas. Menos seguridad.

—Perfecto —dijo Adrián, bajando la voz—. Hágalo. Y deje de cuestionarse. Usted solo cumple órdenes. Le están pagando por eso.

Andrés notó la expresión distinta de su compañero. Lo observó, desconfiado.

—¿Qué te dijo el abogado?

Adrián se sentó en su litera, como un niño que guarda un secreto.

—Que me trasladan a un hospital psiquiátrico.

—¿Y eso es bueno?

—Mucho. De ahí puedo escapar.

Andrés frunció el ceño.

—Estás hablando en serio...

—Sí. Y necesito tu ayuda.

—No cuentes conmigo, Adrián. Eso es un suicidio. Además, no pienso involucrarme.

La voz de Adrián cambió de tono. Se volvió opaca. Amenazante.

—Si no me ayudas... te mato.

—¿Qué dijiste?

—Que si te interpones, te elimino. Así de simple. Ya lo hice antes. Me deshice de mi esposa. De mi hija. Fue tan fácil...

Andrés retrocedió un paso. Por primera vez en meses, sintió verdadero miedo.

—Estás loco.

Adrián se echó a reír.

—Exactamente. Estoy loco. Y los locos son peligrosos. Así que más te vale estar de mi lado.

Al Día siguiente en la oficina del director del reclusorio el abogado firmaba los documentos mientras el juez de control daba su aprobación médica.

—Está clínicamente inestable. El informe de los doctores es claro. Presenta conductas psicóticas, delirios de persecución, amenaza a su entorno y desdoblamiento emocional. El traslado procede.

—Perfecto. Será llevado al hospital psiquiátrico San Lázaro mañana al amanecer.

Adrián, acostado boca arriba, hablaba solo. Murmuraba frases inconexas. Reía entre dientes. Luego lloraba. Luego se quedaba inmóvil.

Andrés no durmió. Lo observó en silencio toda la noche. Y por primera vez entendió que su compañero ya no era un hombre con un plan... era un abismo que caminaba.

Al amanecer, la furgoneta policial avanzaba lenta entre la niebla de la mañana. Dentro, Adrián González iba encadenado de manos y pies, pero su mente iba suelta, libre, corriendo hacia una sola idea: salir. Liberarse. Vengarse.

No mostraba resistencia. No hablaba. Solo mantenía la mirada baja, la respiración controlada y un leve temblor fingido en las manos. Los dos agentes que lo escoltaban murmuraban entre ellos. No sabían que el hombre al que llevaban no estaba vencido... estaba gestando algo.

A las 7:34 a.m., el vehículo se detuvo frente a los portones del hospital psiquiátrico San Lázaro. Un edificio gris, de muros altos y ventanas enrejadas. Los muros que no se notaban eran más densos: los que encerraban a los que decían la verdad y nadie escuchaba... y a los que mentían con la precisión de un cirujano.

Adrián fue recibido por un celador y una enfermera. Se le asignó una habitación individual. No de castigo, sino de observación.

—Paciente ingresado por indicios de brote psicótico crónico. Peligrosidad alta. Estado emocional inestable —leyó en voz baja el médico de turno.

Ya en su habitación, Adrián se sentó en la cama. Miró la pequeña ventana que daba al jardín interior. Se fijó en las cámaras. En el cambio de turno. En la rutina.

—Aquí hay menos barrotes... —susurró—. Solo es cuestión de tiempo— Y sonrió.

En su casa, Berta estaba sentada junto a la ventana, como todos los días desde el juicio. Sostenía una taza de café que no bebía. Observaba a los niños que iban al colegio, a los perros que corrían, a las hojas que caían del naranjo en el patio.

Desde que declaró contra Adrián, no dormía del todo bien. A veces escuchaba pasos en el pasillo. O un golpe en la puerta que nunca ocurrió. Vivía con la sensación de que algo —o alguien— la observaba. Pero se repetía a sí misma que era el peso de la historia... no el peligro.

En las noches rezaba por Vicente. Y por Patricia. A María le pedía perdón en voz baja. Sentía que no pudo hacer más. Que todo se le fue de las manos.

Ese día en particular, algo le inquietó. El teléfono sonó brevemente, pero al levantar, solo escuchó el tono de fondo.

—¿Aló? ¿Quién habla? —dijo. Pero no hubo respuesta.




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