La ciudad no amaneció distinta, pero para ellos, todo había cambiado.
En el hospital de Nueva York, el cuarto donde Marco exhaló su último aliento mantenía un silencio que parecía contener aún su aliento. La cama vacía, cubierta con sábanas nuevas, reflejaba la luz tenue de una mañana gris, incapaz de tocar las paredes como antes. El aire retenía el eco de un adiós suspendido.
Jackie permanecía en una silla del pasillo. Inmóvil. Manos sobre el regazo. Mirada extraviada. No lloraba. Ya no. Las lágrimas se le habían secado en la madrugada. Solo el alma seguía en duelo.
Julio se arrodilló frente a ella.
—Nos lo llevamos a casa —dijo con voz baja, grave—. A Quito. Él lo habría querido así. Que su último aliento regresara a la tierra donde halló su nombre. Donde se volvió Marco. Donde nos volvió familia.
Jackie no respondió. Apenas un gesto leve. No hacían falta palabras. Lo entendía. Lo compartía.
Unos metros más allá, Gustavo y Sabrina coordinaban los trámites con el hospital y la funeraria. La decisión estaba tomada: Marco sería enterrado en Quito, no en otro país ni en un mausoleo distante. En el cementerio del barrio donde vivió. Cerca del restaurante Sueños Blancos. Donde floreció el amor.
—Vamos a acompañarlo hasta el final —dijo Sabrina, firmando los documentos.
Gustavo, exhausto, sostuvo su mirada.
—Allá lo esperan. Allá también lo lloran.
La noticia del traslado circuló entre pasillos y habitaciones. Al amanecer, el grupo se reunió, maletas en mano, arrastrando un dolor más pesado que cualquier equipaje.
Ximena acomodaba con cuidado la ropa de Daniel. El niño dormía. Malvina doblaba camisas, en silencio. Cada prenda era una parte de vida embalada con esmero.
David guardó su guitarra con una delicadeza que no era de músico. Era de hermano.
—¿Estás bien? —preguntó Mónica.
—No. Pero estoy vivo. Y eso me compromete. Tengo que seguir. Por él. Por lo que dejó en mí.
En la casa, Alejandra y Joaquín cerraban su equipaje. Ella guardaba libros. Él doblaba abrigos.
—¿Segura? —preguntó Joaquín.
—Sí. Nada nos retiene aquí. Todo lo importante está allá. Con ellos. Nuestra gente.
—Nuestra familia —corrigió él.
Ella lo abrazó por la espalda.
—Volvamos a casa.
Él respiró, por fin, en calma.
El avión partiría al anochecer.
Julio gestionaba los traslados. Ximena revisaba los documentos. Gustavo organizaba el entierro. Marco sería repatriado esa misma tarde, acompañado por quienes más lo amaron.
Antes de salir, Jackie pidió un momento a solas. Entró en silencio. El cuerpo de Marco, envuelto en blanco, descansaba con la dignidad serena del que ha sido amado. Se arrodilló, le tomó la mano cubierta y cerró los ojos.
—Te llevamos a casa —susurró—. Donde sembraste tu alma. Donde prometimos recordarte en la risa, en los sueños y en cada canción.
Lo besó en la frente. Luego se levantó.
El viaje comenzaba. Uno de retorno. De reconstrucción. De amor que persiste.
Marco ya no estaba… pero lo que dejó en ellos no se iría jamás.
La mañana en Quito era tibia. El cielo, limpio. En la casa de Berta, reinaba un silencio espeso. Blanca acomodaba unas flores en el jarrón del comedor cuando sonó el teléfono.
—Contesta tú —pidió Berta desde la sala—. No quiero más noticias que duelan.
Blanca atendió.
—¿Aló?... Sí, señora Malvina. ¿Cómo?... ¿Está segura?... ¿Cuándo?... —guardó silencio.
Berta alzó el rostro.
—¿Quién llama?
Blanca tardó en responder. Tenía los labios temblorosos.
—La señora Malvina. Marco ha muerto.
—¿Marco?... —susurró Berta—. ¿Ese muchacho noble?... ¿El que siempre traía una sonrisa limpia?
Blanca se arrodilló junto a ella.
—Lo trasladan hoy. Lo enterrarán aquí.
Berta apoyó la cabeza en el respaldo. Cerró los ojos.
—Lo vi tantas veces aquí… Me abrazó como si yo también fuera su abuela. ¿Por qué la vida se lleva primero a los buenos?
—No tiene sentido, señora. Es injusto.
—¿Y ahora quién cuidará los sueños blancos?... —murmuró Berta.
Y en el salón, el silencio se hizo denso. Como si Marco hubiese pasado por allí para despedirse.
...
En España, la tarde traía una luz opaca. En la casa alquilada por Alfonso, el teléfono vibró. Era Ximena.
—¿Ximena?... ¿Qué pasó?
La voz de su sobrina llegó con pausas. A la tercera palabra, el rostro de Dulcina se descompuso. Guardó silencio. Escuchó. Luego murmuró:
—Gracias por decírmelo tú.
Colgó. Alfonso, desde la entrada, entendió antes de oír.
—¿Qué ha pasado?
—Murió Marco —dijo ella, sosteniéndose de la mesa—. Se fue…
Alfonso quedó inmóvil. Su rostro palideció.
—Dios mío… Era apenas un chico…
—El mismo que escapó de la muerte una vez. Esta vez no pudo.
Dulcina caminó hasta el ventanal. Miró el jardín ajeno, sin comprender del todo el mundo.
—¿De qué sirvió todo el dolor, Alfonso?... ¿De qué sirvió haber enfrentado nuestros errores, si la vida no nos dejó verlo vivir?
Él se acercó.
—No pienses así…
—¿Y cómo no? Perdí a mi hija por no saber educarla. Llené una casa de cosas, no de amor. Confundí tener con ser. Y Verónica se fue por dentro mucho antes de irse del todo.
—No hay defensa posible —murmuró Alfonso.
—¿Tú crees que Gustavo, que Julio, que Malvina… que todos ellos pueden olvidar lo que Verónica hizo? ¿Que podrán borrar el día en que Marco fue atacado? ¿Y ahora… cómo enfrentan este nuevo dolor? ¿Cómo se repara lo irreparable?
Él le tomó la mano con respeto.
—No lo sé. Pero ellos seguirán. Porque se aman. Porque aprendieron a mirar hacia el otro incluso tras el daño. Porque eligieron perdonar.
Dulcina no contestó enseguida. Luego, con voz quebrada por dentro:
—Lo único que consuela… es saber que Marco no murió solo. Que lo amaron. Que su vida, aunque breve, fue plena. Verdadera. Y si algo de nosotros estuvo allí… que al menos haya sido para bien.