Suspiros.

Capítulo 27

Se encontraban en la cancha haciendo deportes. Elizabeth creía que sería fácil. A ella le encantaba correr y sabía que por esa habilidad era buena en lo demás. Quería correr y demostrar a sus compañeros que ella existía. Estaba nublado, los campos estaban llenos de jugadores de futbol. Sin embargo, no corrieron, en vez de eso solo hicieron ejercicios de estiramiento y la hora de la clase pasó tan lenta que fue la peor clase que había tenido de deportes.

Se sentía triste, pero pensó que a la siguiente vez no sería lo mismo y ahora sí demostraría de lo que era capaz. Volteó a ver a todo el campo y vio que después de todo no había sido tan malo.

Le pareció bonito lo que sus ojos miraban. Chicos jugando futbol y otras clases de deportes. La vista de la escuela era impresionante. Empezó a caminar para alcanzar a Gina, pero al tercer paso sintió un tremendo golpe en el estómago que le sacó el aire y terminó cayendo al suelo. No podía respirar. Empezó a marearse y con vista borrosa vio cómo se acercaban chicos hacia ella. Por unos minutos no logró escuchar nada y la vista cada vez más borrosa.

 Cayó por completo. Después de unos minutos empezó a recobrar la respiración. Sentía movimientos de su cuerpo que no eran por su voluntad. Miró hacia arriba, ojos curiosos la observaban sin hacer nada. Vio al hombre que estaba con ella, parecía un profesor. Le empezó a preguntar cosas y después la ayudó a levantarse.

Se sentía avergonzada. No quería que nadie la viera. Miraba al suelo. Pero las preguntas del profesor le impedían hacer lo que quería. Trató de buscar a Gina, pero entonces se encontró con unos ojos verdes hermosos.  Rápidamente lograron hipnotizarla y por unos segundos se olvidó de lo que le había pasado. Aquel chico se encontraba a dos metros de ella. No se encontraba en la multitud, pero sí parecía estar pendiente a lo que había sucedido. Tenía un balón de futbol entre sus manos y ropa deportiva. Era alto. Delgado, piel blanca y cabello negro. Le pareció realmente atractivo. Su rostro no decía nada. Ni preocupación, ni curiosidad, asombro o burla.  

La atención que le prestaba fue interrumpida por la vista de Gina. Se fueron a la enfermería.

En las horas posteriores y al día siguiente estuvo buscando entre los cientos de estudiantes a aquél chico, no logró encontrarlo. Pensó que solo había sido su imaginación.

En la salida mientras caminaba escuchó una voz que la llamaban. Pensó que el hecho de gritarle por la prenda que llevaba puesta no era suficiente para que en verdad fuera ella a quien se dirigían. Segundos después sintió como su corazón se aceleraba cada vez más. Enfrente de ella estaba aquel chico. Era real. Era alto, piel blanca, cabello negro lacio, complexión de deportista, y ojos verdes.

- Hola- se paró en frente de ella deteniéndola. - te he hablado, pero parece que no me escuchaste- sonrió de lado con gesto avergonzado. – perdona que te interrumpa, pero quería… pedirte disculpas- la miró a sus ojos

- ¿Qué? - contestó

- ¡Ah!, perdona, sé que eres extranjera, tal vez no me entiendes lo que te digo-se avergonzó

- No, no.…no, sí te entiendo. - movió sus manos y cabeza rápidamente a los lados

- ¡Oh, qué bien! - sonrió

- Pero…. ¿Por qué te disculpas? - preguntó poco audible

- Por lo que te sucedió el otro día en los campos

- ¿Fuiste tú?

- No, solo que estaba jugando y nunca nos disculpamos contigo. No quisiera que te llevaras una mala impresión de nosotros

- Ah… eso ya pasó, no te preocupes- volvió a hablar muy suave

- Pues que bien, me alegro. Bueno… yo me retiro. Adiós

- Adiós

En ese momento se sintió tan estúpida. Los nervios la paralizaron. Había tenido una oportunidad con el hombre más atractivo que habían visto sus ojos y sin en cambio había actuado tan descortés. Le pareció tan lindo el gesto que había hecho de disculparse, sin ni siquiera ser el culpable. Se preguntó si en verdad él había sentido una mínima atracción como ella hacia él. Sonrió tan estúpidamente. Era lo más increíble que le había sucedido. Nunca antes se había comportado tan seca con alguien. Nunca antes alguien había provocado una reacción así, ese sentimiento era inefable.

A los días siguientes trataba de encontrarlo, pero no lo encontraba. Había tantos estudiantes.

A la semana siguiente lo encontró en la biblioteca. Él sentado en la esquina en un sillón café. Sostenía un libro y su mirada atenta en aquellas hojas.

Se resguardó detrás de los estantes viéndolo y suspirando por tener el deseo de hablar con él. Pero no podía. Se sentía temblorosa.  Las manos le sudaban, su corazón latía rápido. Sabía que no podría hablarle. Se sentía tan estúpida. A la única persona que en verdad quería hablarle le era incapaz de pronunciar palabras adecuadas.




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