Suspiros.

Capítulo 28

El fin de semana que tanto había anhelado había llegado por fin, era sábado, las tres de la tarde marcaba el reloj. Los boletos que permitían el acceso a la torre Eiffel las estaba esperando. 

Alma y Elizabeth estaban fascinadas, los ruegos que tanto le había hecho a Gina habían funcionado.

El hecho de salir, ver a través del autobús y caminar era de lo más asombroso. Estaba fascinada con los parques, los edificios, las cafeterías, los monumentos, y todo a su alrededor. Absolutamente todo era distinto.

Al llegar a la torre estaba de lo más alegre, estaba desesperada por subir.  Al llegar al tercer piso salió corriendo del elevador y se acercó lo más cerca de la orilla. La vista era increíble. Podía ver la ciudad, los árboles, los coches, todo era hermoso. Podía sentir el aire golpeándole el rostro. Extendió sus manos y cerró los ojos. Era el lugar más hermoso en que podría estar. La relajación y armonía que sentía no se podía comparar. Era lo único que necesitaba, lo único que la podía hacerla sentir tan feliz. Lo único que quería. No importaban los demás lugares, no importaban los museos, las cafeterías, no importaba nada más que la torre, era su escape, era el único lugar que necesitaba. El lugar que desde hacía tiempo había soñado. Ahora su sueño era realidad. Se preguntó cómo se vería de noche, si de día era sensacional, la noche sería inefable. Quería estar para siempre en ese lugar, quería ver la vista todos los días, sabía que, aunque la viera todo el tiempo nunca se hartaría, siempre quedaría fascinada.

Abandonó el lugar con gran decepción, pero sabía que regresaría. Los boletos ya habían sido comprados y esta vez sería sin las prisas de sus compañeras de cuarto, esta vez permanecería hasta la noche, esta vez vería la ciudad de noche.

Afortunadamente solo pasaron dos días para volver a visitarla. Eran las 6 de la tarde, prometió a Gina que solo saldría un momento a pasear y regresaría en la cena. Tendría media hora para cada cosa, una hora de camino y la media hora que podría disfrutar en la cima.

Llegó, eran 6:30, con el clima se hacía ver más oscuro. Pronto empezaría a llover. No obstante, valía la pena, no había tanta gente como la anterior vez, compró un café y todo el tiempo quedó deleitándose de lo que veía. Se preguntó cómo estaría su familia, que estarían haciendo sus amigos, que haría si el milagro de haber venido a París nunca hubiera pasado. Esto era lo más increíble, era de lo más afortunada. Su sonrisa no podía desaparecer. La oscuridad estaba acechando cada vez más. Miró su reloj de mano, 7:15 pm. Ya debería estar volviendo, no obstante, prefería seguir un rato más. Quería seguir ahí, ver las nubes grises que asomaban lluvia, seguir con el contacto del aire, seguir soñando.

- Es hermoso ¿verdad? - escuchó una voz a su lado

- ¡Es inaudito! - respondió con su gran sonrisa y con los ojos cerrados. – sé que si viviera aquí toda mi vida nunca me cansaría de venir.

- Si, te entiendo, aun no me harto, el mejor lugar para poder sentirte vivo

Abrió sus ojos y miró el reloj, 7:46 pm. El tiempo había pasado tan rápido. Se asustó por la hora. Los señores Jouvet estarían a punto de llegar, necesitaba media hora para regresar, pero si los señores llegaran antes armarían un escándalo, le dirían a sus padres y si ahora no eran estrictos de seguro más adelante si lo serían.

Volteó a ver al sujeto que se encontraba a su lado. Sus pupilas se agrandaron al ver la sorpresa. Era el chico que consideraba su amor platónico. Estaba ahí parado, con su cara al frente y los ojos cerrados. Un ángel que sonreía mientras las pequeñas gotas de las nubes comenzaban a caer.

- ¡oh! - abrió sus ojos y la miró- ya comenzó a llover- sonrió.

- si- Quería permanecer en ese espacio, no mover ningún musculo, contemplar al chico y permanecer a su lado, conversar con él y decirle tantas cosas sobre ella, pero una gota en su nariz la hizo despertar. Sabía que ya era tarde, los Jouvet la esperaban. Tenía que irse pronto o los problemas vendrían.

- ya me tengo que ir, hasta luego

- adiós

Corrió en dirección al elevador, pero a unos cuantos pasos se volvió a regresar, llegó hasta él, se paró de puntillas y depositó un beso sobre su mejilla. El acto le sorprendió bastante al chico. Pero no dijo nada. Permaneció en silencio observando como corría aquella chica.

Elizabeth sabía que era casi imposible volver a encontrarse con él. Tenía que aprovechar la ocasión y demostrar que existía para ella.




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