Susurros en la Oscuridad

Capítulo 2: Las reglas de la casa

Idalia pasó el resto de la noche sentada en el suelo del pasillo, de espaldas a la pared, con una sábana en el regazo que no se atrevió a echar sobre el espejo. El cristal se había vaciado hacía horas. Pero ella seguía mirándolo, con la certeza dolorosa de que no se había equivocado. Dani había estado ahí. Con el cabello mojado, como la noche del río.

La luz de la mañana entró tarde y tamizada, filtrada por nubes bajas que parecían haberse quedado a vivir sobre el Retiro. Apenas rozaba las paredes de la casa, como si temiera cruzar el umbral. Cuando la voz de Elena surgió del espejo, Idalia ni siquiera se sobresaltó.

—Ya no estás pensando en irte.

—No —admitió ella, con la garganta áspera—. Dime qué fue lo que vi.

Elena tardó en responder. Tenía ese gesto de quien elige palabras como se eligen piedras para cruzar un arroyo.

—Los espejos de esta casa no muestran lo que quieres ver, hija. Muestran lo que cargas.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que sé darte hoy.

Idalia se puso de pie. Le dolían las rodillas y el pecho. Quería gritarle a esa mujer translúcida que era injusto, que ya había tenido suficiente fantasma en la vida con uno solo, el que no se iba de sus sueños. Pero lo único que dijo fue:

—Entonces enséñame a vivir aquí.

Elena pareció complacida, o aliviada. Con un movimiento lento de la mano, la guio por la casa como una anfitriona que entrega la propiedad a una inquilina nueva. En la cocina, el frío cortaba el aire junto a la estufa: Ahí se sienta el que espera, no lo mires fijo. En el recibidor, una vela blanca ardía dentro de un nicho excavado en el muro, con una llama pequeña y quieta que no temblaba aunque la puerta estuviera abierta.

—Esta es la primera regla —dijo Elena—. Esta vela nunca se apaga. Si se apaga, enciéndela de inmediato, con fuego que no sea de cerillos. Con el que sea. Una brasa, una chispa, tu aliento si hace falta. Yo no sé de dónde salió. Cuando yo llegué, ya ardía.

—¿Qué pasa si se apaga?

—Que la casa deja de ser puente y se vuelve puerta.

Idalia no preguntó más. Había algo en el tono de Elena que le hizo comprender que la respuesta sería peor que el silencio.

—La segunda regla —continuó la mujer— es el patio. Después de que la campana del panteón dé las tres de la madrugada, no cruces el patio. Aunque oigas que te llaman, aunque la voz sea la de alguien que quieres.

Idalia sintió que se le helaban las manos.

—¿Alguien que quiero?

—El roble es viejo —dijo Elena, y de nuevo sus ojos se desviaron hacia el fondo de la casa, hacia la ventana por donde asomaban unas ramas retorcidas—. Y tiene hambre de lo que más duele.

—¿Y la tercera?

—No contestes al llanto de la escalera.

En ese momento, sin ninguna transición, se oyó un sollozo que venía de debajo de los peldaños. No era fuerte. Era un llanto pequeño, entrecortado, de quien llora sin querer que lo oigan. Idalia dio un paso hacia el sonido antes de comprender que lo estaba haciendo. Elena alzó la voz con una urgencia que no le había oído:

—Ese es Nachito. A él puedes contestarle.

Idalia se detuvo. Se asomó al hueco oscuro bajo la escalera y descubrió a un niño de unos ocho años, acurrucado entre la pared y las tablas, con las rodillas contra el pecho. Llevaba una camisa de lino demasiado grande y tenía el rostro sucio de lágrimas. En las manos sostenía una vela apagada, cuyo pabilo estaba negro de tanto frotarlo con los dedos.

—Hola —dijo Idalia, con la ternura torpe de quien hace mucho no habla con un niño.

Nachito levantó los ojos. Eran dos pozos de agua quieta, demasiado serios para una cara tan pequeña.

—Vienes a lo que viene todo el mundo —susurró.

—¿A qué?

—A quedarte. —El niño se limpió la nariz con la manga—. Pero tú traes algo pegado. Como si alguien te siguiera desde el río.

Idalia sintió que el piso se movía. Elena, desde el pasillo, dijo con suavidad:

—Nachito, no.

—Es verdad —insistió el niño, abrazando su vela—. Y el que crece ya sabe que llegaste.

Un viento sin origen recorrió la casa. Las vigas crujieron. En el patio, algo seco y largo arañó los cristales de la ventana, como una rama que quisiera entrar. Elena, por primera vez, cruzó la mirada con Idalia con un miedo real.

—Basta de preguntas por hoy —dijo, y su voz era una súplica apenas disimulada—. Hay cosas que se aprenden despacio o no se aprenden.

Idalia habría insistido, pero no tuvo oportunidad. Tres golpes secos sonaron en la puerta principal.

Era Ana, la vecina, con una bolsa de pan dulce y un frasco de agua bendita. Una mujer de unos cincuenta años, de pelo canoso recogido en un chongo y ojos que habían llorado demasiado. Miraba la casa con respeto, y a Idalia con una compasión que aún no se atrevía a convertir en palabras.

—Me enteré de que llegó la nieta de doña Remedios —dijo—. Qué bueno, mija. Qué bueno y qué lástima.

—¿Lástima?

—Aquí no se llega por casualidad. —Ana le tendió el frasco—. Lleva esto contigo. No va a detener nada, pero a mí me tranquiliza.

Se despidió rápido, persignándose, sin cruzar el umbral. Idalia la vio alejarse por la calle empedrada con la sensación de que Ana no huía de la casa. Huía de lo que la casa le recordaba.

Esa tarde, cuando la luz comenzaba a deshilacharse sobre los tejados, Idalia subió al desván por una escalera de madera que crujía como un animal viejo. Buscaba mantas, cajas, cualquier cosa que le diera una pista sobre su abuela. Encontró un baúl cubierto de polvo y, dentro, ropa que olía a naftalina, fotografías en sepia de personas que ya no estaban en ninguna parte, y una caja de lata llena de cartas atadas con listón.

Una de ellas no estaba atada. Reposaba encima de todo, sola, como si hubiera sido colocada ahí poco antes. Un sobre amarillento, sin sello, con una sola línea escrita con la letra apretada e inclinada que Idalia ya conocía:




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