Susurros en la Oscuridad

Capítulo 3: El cochero

La carta de su abuela ocupaba una sola hoja, escrita por ambos lados con esa letra apretada que parecía temer quedarse sin papel. Idalia la leyó en el desván, de rodillas junto al baúl, con la luz agonizante del atardecer filtrándose por una claraboya cubierta de telarañas.

Si estás leyendo esto, ya llegaste. Perdóname por lo que voy a pedirte.

Sé lo de tu hermano. Lo supe antes de que tú me llamaras, antes de que el notario te escribiera. Lo supe porque esta casa se entera de todo lo que sucede cerca del agua.

Escúchame bien, hija, aunque no tengas razones para confiar en mí: si el espejo te muestra a quien perdiste, no le hables. No le respondas. No le prometas nada. Lo que se ve en ese cristal sabe qué cara ponerse.

Cuida la vela del recibidor. Cuida el patio. Y no dejes que nadie en esta casa te diga que el pacto es una bendición.

La segunda cara de la hoja estaba rasgada a la mitad. Faltaba el resto del párrafo. Alguien, tal vez la propia abuela, tal vez otra mano, había arrancado la parte que seguía. Los bordes del papel estaban ennegrecidos, como si hubieran estado muy cerca de una llama.

Idalia dobló la carta con cuidado. Sabía lo de Dani. Su abuela, a quien apenas conoció, sabía lo de Dani.

Bajó las escaleras con las piernas flojas. En el recibidor, la vela ardía en su nicho, diminuta e inmóvil. Idalia se quedó mirándola un rato largo, como quien vigila a un animal herido, y luego fue a la cocina a preparar algo caliente que no se atrevió a probar.

Esa noche llovió.

Comenzó como un murmullo sobre las tejas, y para las once se había convertido en un golpeteo constante, furioso, que hacía temblar los cristales. El panteón desaparecía detrás de la cortina de agua. Idalia se sentó en el último peldaño de la escalera, con una manta sobre los hombros, y Nachito, sin pedir permiso, se acurrucó a su lado con su vela apagada entre las manos.

—¿Por qué nunca la enciendes? —le preguntó ella en voz baja.

—Porque no es mía —dijo el niño, mirando el pabilo ennegrecido—. Es de alguien que se la llevó.

No dijo más. Idalia tampoco se atrevió a preguntar.

Fue cerca de la medianoche cuando lo oyó. Al principio creyó que era un trueno lejano, pero el sonido se repetía con un compás demasiado regular: tac, tac, tac, tac. Cascos sobre adoquines mojados. Se acercaban despacio, sin prisa, con la calma de quien sabe adónde va.

Nachito se puso rígido.

—No es nada —murmuró. Y empezó a temblar.

Los cascos se detuvieron frente a la casa.

Después vino el llanto. Salía de la puerta principal, del otro lado de la madera, un sollozo infantil, agudo, desesperado: “Abre, por favor, tengo frío, abre”. Idalia sintió que el cuerpo se le inclinaba solo hacia el recibidor. Era la voz de un niño asustado, solo bajo la tormenta. Su instinto, el mismo que no había podido apagar la noche del río, le gritó que corriera a abrir.

Una mano pequeña y helada le sujetó la muñeca.

—Ese no soy yo —susurró Nachito—. Yo estoy aquí.

Y era cierto. El niño estaba a su lado, con los ojos desorbitados, y ni un solo sonido salía de su boca. Pero la voz afuera seguía llorando con la misma cadencia que había oído un rato antes bajo la escalera. Una imitación perfecta. Una trampa hecha con lo más tierno de la casa.

—No contestes al llanto de la escalera —recordó Idalia, y se mordió los labios hasta sentir sabor a metal.

La puerta tembló en sus goznes. Algo golpeaba del otro lado, con suavidad al principio, luego con la insistencia de quien no está acostumbrado a que le nieguen. Desde una esquina de la sala, de las sombras que cubrían el aparador, una voz grave y vieja, desconocida para ella, habló sin alzarse:

—No es el niño. Es él. El cochero no pide permiso.

Idalia giró la cabeza, pero entre las sombras solo alcanzó a distinguir el brillo de unos ojos y el pomo de una empuñadura. Quien hablaba no quiso mostrarse. Cuando volvió la vista a la puerta, vio por la rendija inferior un charco de agua turbia que se deslizaba hacia el interior, avanzando por el mosaico como si tuviera intención.

Corrió a la ventana de la sala. No debió hacerlo, pero lo hizo. Apartó una esquina de la cortina con un dedo.

En la calle, bajo la lluvia, había un carruaje negro cuyas ruedas no tocaban del todo el suelo. Los caballos no tenían ojos. Junto a la puerta, de espaldas, encorvado, con un sombrero de ala ancha que goteaba un hilo continuo de agua oscura, estaba un hombre. Sus manos, enormes, descarnadas, seguían aferradas a unas riendas que no sostenían nada.

El hombre empezó a girar la cabeza.

—No lo mires —dijo la voz de Elena a un palmo de su oído, aunque Elena no estaba—. Nunca mires a los ojos de Don Julián. Lo que hay en su cara es el camino al panteón.

Idalia sintió un tirón en el pecho, una atracción espantosa, como la de asomarse a un precipicio. Quería ver. Quería comprobar si de verdad no había nada bajo el ala del sombrero, o si lo que había era justo aquello que llevaba ocho meses tratando de olvidar. El hombre ya estaba casi de frente.

Una palma fría, de dedos fuertes, le cubrió los ojos desde atrás.

—Basta —ordenó la voz grave—. Respira.

Idalia respiró. Cuando la mano se retiró, en la ventana solo quedaban la lluvia y la calle vacía. El carruaje se había ido. El llanto, también. Sobre el mosaico, el charco de agua turbia se encogía poco a poco, filtrándose entre las tablas como si la casa se lo bebiera.

Nachito la miraba con una seriedad devastadora.

—Casi —dijo el niño.

Idalia no pudo dormir. Se quedó en la sala hasta el amanecer, con la manta alrededor del cuerpo y los ojos clavados en el nicho del recibidor, donde la vela seguía ardiendo.

A las ocho de la mañana, Ana llegó con el cabello húmedo y una expresión de quien conoce de memoria lo que ha ocurrido.

—Vino anoche, ¿verdad?




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