Lo abrió sola, en la cocina, con la puerta cerrada y el cuchillo del pan sobre la mesa, sin saber por qué lo había puesto ahí.
Una hoja arrancada de un cuaderno de rayas. La misma letra, torcida, apresurada:
Idalia: aquí hace frío. No me dejes. No sé dónde estoy, pero el agua me trajo cerca de ti. Alguien dijo que si me ayudas puedo volver. Trae la vela. Dani.
Los ojos se le llenaron de lágrimas antes de que pudiera terminar de leer. Se las limpió con rabia. Trae la vela. Ya sabía cuál. No necesitaba que nadie se lo explicara. Podía imaginarse cruzando el recibidor, tomando la llama con las manos, saliendo al patio, buscando la voz de su hermano entre las raíces del roble…
—Los muertos no escriben cartas.
Nachito estaba parado en la puerta de la cocina, con su vela apagada contra el pecho. Idalia no lo había oído entrar.
—¿Cómo sabes lo que dice?
—No lo sé —respondió él con simplicidad—. Pero llevas la cara de quien acaba de recibir una invitación. Y aquí las invitaciones nunca llegan sin cobro.
—Es de mi hermano.
—Es con la letra de tu hermano. —El niño dio un paso al frente—. Es distinto. Aquí aprenden pronto lo que más duele de ti.
Idalia quiso discutir, pero algo en la serenidad del niño, en esa sabiduría terrible de quien lleva demasiado tiempo muerto, la detuvo. Dobló la carta, la guardó en el bolsillo del pantalón y, sin decir nada más, salió de la casa.
Necesitaba aire. Necesitaba hablar con alguien que respirara.
La casa de Ana quedaba a tres cuadras, una vivienda angosta de fachada amarilla, con macetas de geranio descoloridas junto a la puerta. Ana abrió antes de que Idalia llamara, como si la hubiera visto venir por la ventana. No dijo nada; solo se hizo a un lado y la dejó pasar.
Por dentro, la casa olía a café y a incienso. Los muebles eran modestos, limpios, cuidados con una devoción casi religiosa. En la sala, sobre una repisa cubierta con un mantelito de encaje, había una fotografía enmarcada: un muchacho de veintitantos años, delgado, de sonrisa torcida, con una gorra de beisbol echada hacia atrás. Frente a la foto ardía una veladora y descansaba un rosario.
—Es Luis —dijo Ana al notar su mirada—. Mi hijo.
—¿Está…?
—Desapareció hace cuatro años. Salió una noche a comprar cigarros y nunca volvió. —Su voz era tranquila, de una calma que ya no tenía dónde guardar el dolor—. Fui a la policía, a la Fiscalía, a las marchas. Nadie vio nada. Nadie sabe nada. Dicen que se fue por su cuenta. Que a los muchachos les gusta irse.
Idalia se sentó en el sillón, con las manos entre las rodillas.
—Lo siento muchísimo.
—No es el único, mija. —Ana tomó asiento frente a ella y se quedó mirando el vaho de su café—. En esta colonia han desaparecido seis personas en veinte años. Seis. Una señora que vendía tamales, un velador del panteón, una muchacha de la prepa, dos albañiles que hacían un arreglo en la calle. Y mi Luis. Siempre de noche, siempre cerca. Y siempre alrededor de la casa de tu abuela.
La última frase la dijo sin acusar, pero con un peso tal que Idalia sintió que le oprimía el esternón.
—¿Usted cree que mi abuela…?
—No lo sé. —Ana alzó la vista. Había en sus ojos algo que no era rencor ni piedad, sino una especie de espera—. Doña Remedios era buena con todos. Ayudó a mi mamá cuando estaba enferma. Rezaba por los desaparecidos. Y aun así… —Calló, como si la siguiente palabra le doliera más que las anteriores—. Aun así, a veces pienso que sabía algo y se lo llevó a la tumba.
Hubo un silencio largo. Afuera, una paloma arrulló en el alero. Idalia pensó en la carta rasgada, en el fuego que había lamido el borde del papel.
—Yo no vine a hacerle daño a nadie —dijo, con la voz quebrada.
—Lo sé. —Ana le tomó la mano, y la suya estaba tibia y áspera—. Pero ten cuidado, hija. Esa casa te va a pedir cosas. Y siempre empieza por las pequeñas.
Idalia volvió a Mezquitán al caer la tarde, con la sensación de haber dejado en esa sala un fragmento de sí misma. Al cruzar el recibidor, la vela del nicho parpadeó una vez, apenas un temblor, y recuperó su quietud. Nadie la saludó. Ni Elena, ni Nachito. La casa estaba callada como una iglesia vacía.
Entonces vio el tapiz.
Colgaba al fondo del pasillo, al lado de la cocina, un paño desvaído con bordados de pájaros que habían perdido el color. Idalia habría jurado que esa mañana no había nada ahí, solo un muro liso. Pero el tapiz se movía apenas, agitado por una corriente que subía desde el suelo. Detrás, una puerta de madera oscura estaba entreabierta.
Un olor dulzón, a flores marchitas, le llegó con la brisa.
No debió bajar. Lo supo con claridad mientras sus pies tocaban el primer escalón de piedra. Pero la carta de Dani le pesaba en el bolsillo como una brasa, y la voz de su abuela repetía en su memoria no dejes que nadie te diga que el pacto es una bendición. Había demasiadas preguntas y una sola casa con respuestas.
El sótano olía a humedad y a algo más antiguo, más quieto. Una lámpara de aceite parpadeaba en un rincón, aunque Idalia no recordaba haberla visto. Bajo su luz temblorosa, sobre una losa cubierta con un paño negro, había un altar. Velas consumidas formaban un semicírculo irregular. Había flores secas, un cuenco de barro con algo oscuro en el fondo y varias fotografías en blanco y negro de rostros que no conocía: mujeres de peinados antiguos, hombres de bigote, un niño de rodillas sucias.
Y en medio, atravesado en la losa, un cuchillo ritual con mango de hueso tallado en forma de calavera.
Idalia se acercó despacio, sin respirar. Entre las fotografías antiguas, apoyada contra una de las velas, había una imagen distinta. Era a color, impresa en papel fotográfico moderno, con las esquinas aún firmes. Un muchacho delgado de sonrisa torcida y gorra de beisbol echada hacia atrás.
Era Luis.
Se llevó la mano a la boca para no gritar. La fotografía era idéntica a la de la repisa de Ana, la misma pose, el mismo fondo de pared azul, como si alguien hubiera sacado una copia de la original. Alguien que había estado en esa casa. Alguien que lo había colocado ahí como se coloca una ofrenda.