Idalia subió del sótano con la foto de Luis en el bolsillo y la respiración rota. Cruzó el pasillo sin mirar el espejo, atravesó la sala y se detuvo frente al nicho del recibidor, donde la vela seguía ardiendo, indiferente.
—¿Quién bajó ahí? —preguntó al aire—. ¿Quién puso a Luis en ese altar?
La casa tardó en responder. Primero fue el crujido de una viga, luego un frío sutil junto a la escalera. Elena se formó despacio, primero como una mancha de vaho en el aire, luego como esa silueta de vestido antiguo y mirada hundida. Tenía las manos juntas sobre el vientre, con la compostura de una dama que se sabe observada.
—Tu abuela hacía ofrendas por los desaparecidos —dijo—. Rezaba por ellos en ese altar. Es lo único que sé.
—La cera estaba tibia.
—La casa guarda el calor de lo que se hace en ella. A veces por años.
Era una respuesta perfecta. Demasiado perfecta. Idalia la miró fijamente, pero Elena sostuvo la mirada con una calma que, de pronto, le pareció ensayada. En ese instante, una tos seca y varonil rompió la tensión desde la sala.
—Déjala respirar, Elena. La muchacha acaba de ver lo que ninguna debería ver en su segundo día.
Quien habló salió de las sombras del aparador con el paso lento de quien no tiene prisa por nada. Era un hombre alto, de unos cuarenta años, de bigote cuidado y mandíbula marcada. Vestía un uniforme de capitán de principios de siglo, con botones oxidados y una chaqueta que parecía hecha de humo viejo. De la cintura le colgaba un sable envainado, y su rostro tenía la gravedad de las estatuas de los héroes en las plazas. Idalia lo reconoció por la voz: él la había salvado del cochero.
—Capitán Rafael Montes de Oca, a sus órdenes —dijo, y se inclinó apenas—. Perdone si anoche fui brusco. No hay manera elegante de tapar los ojos a una dama.
—Gracias —alcanzó a decir Idalia.
—No me agradezca. Cualquiera en esta casa lo habría hecho. —Sus ojos, oscuros y cansados, se deslizaron hacia Elena y se suavizaron con una ternura que le costó ocultar—. Casi cualquiera.
Elena bajó la vista. Había algo en ese intercambio que Idalia no supo descifrar, algo parecido a dos personas que se hablan a través de un cristal grueso. Rafael extendió la mano hacia ella, despacio, como quien toca algo que podría deshacerse. Los dedos del capitán se detuvieron a un centímetro de la mejilla de Elena, y atravesaron el aire sin encontrar nada.
—Así llevamos ciento veinte años —dijo él con una sonrisa triste—. Cerca. Nunca más cerca que esto. Solo bajo los arcos, cuando hay luna llena, nos permiten tocarnos. Una hora. A veces menos.
—¿Por qué? —preguntó Idalia.
—Porque el panteón no concede lo que no cobra después —respondió Elena, y la sentencia cayó con un peso que enfrió el aire.
En ese momento, un golpeteo repetido, seco y obstinado, empezó a sonar en el comedor. Rafael suspiró con la paciencia de un hombre que ha oído eso mil veces.
—Y ahí viene el tercero —dijo—. Prepárese para el entusiasmo.
En el comedor, bajo el retrato de doña Remedios, un anciano de barba descuidada y sombrero de paja golpeaba la mesa con una pala que no tocaba la madera. Le atravesaba el torso un chaleco raído, y de su cinturón colgaba un manojo de llaves oxidadas. Tenía los ojos brillantes de quien lleva demasiado tiempo persiguiendo la misma idea.
—¡Por fin! —exclamó al ver a Idalia—. ¡La nieta! ¡Doña Remedios me lo prometió! Ignacio Vargas, buscador de tesoros, a sus órdenes. Treinta años en esta casa y nadie me ha querido ayudar.
—Don Ignacio —lo reprendió Rafael.
—¡No me regañe, capitán! —El viejo extendió un papel desgastado sobre la mesa. Era un mapa dibujado a mano, con tinta que alguna vez fue negra: la casa, el patio, un roble y una cruz marcada tres pasos al norte del tronco—. Hay un cofre bajo el roble. Oro de la colonia, joyas de los fundadores del panteón. Lo enterraron cuando se construyó el cementerio. Yo cavé, ¿sabe? Antes de morir. Y no encontré nada. Pero después descubrí que había cavado en el lugar equivocado. ¡Treinta años! ¡Y no puedo levantar una pala siendo lo que soy!
Idalia miró el mapa sin saber qué decir. Había en el viejo una desesperación casi infantil que la conmovió a pesar de todo.
—Don Ignacio —dijo Elena con suavidad—, la señorita acaba de llegar. No es momento de…
—¡Siempre es momento! —protestó él.
Fue el niño quien rompió la discusión. Nachito apareció junto a la escalera con la vela apagada entre las manos y la mirada clavada en el mapa.
—No es oro —dijo en voz baja.
Todos callaron. Don Ignacio parpadeó, ofendido.
—¿Qué dices, chamaco?
—Que lo que hay bajo el roble no es oro. —El niño apretó la vela—. Huele a otra cosa.
Elena, con un movimiento casi imperceptible, se interpuso entre el niño y la mesa.
—Nachito, ve a jugar.
—Pero si…
—Ve a jugar.
El niño obedeció. Idalia lo vio perderse bajo la escalera con una punzada de inquietud. Rafael observaba a Elena con una arruga fina entre las cejas, como quien acaba de notar algo en lo que antes no había reparado.
Idalia aceptó, finalmente, por pura curiosidad y por el cansancio de no tener nada más que hacer. Salió al patio a media tarde, cuando el sol aún calentaba, con una pala oxidada que encontró en la cochera. Don Ignacio flotaba a su lado, dando instrucciones con una exaltación juvenil: a la izquierda, no, más al norte, ahí, ahí, ¡cave, mujer!
El patio era un rectángulo de tierra negra rodeado de muros cubiertos de hiedra. En el centro se alzaba el roble, enorme, retorcido, con un tronco tan ancho que habrían hecho falta tres personas para abrazarlo. Su corteza parecía piel agrietada. Las ramas, secas y desnudas, se extendían sobre el techo de la casa como dedos huesudos. No tenía una sola hoja, pero Idalia habría jurado que respiraba.
Cavó tres palas. Cuatro. La tierra era oscura, húmeda, tibia al tacto, y despedía un olor metálico y dulzón que le recordó el de una carnicería. Cuando la pala golpeó algo duro, Don Ignacio dio un grito triunfal. Era solo una piedra, cubierta de una sustancia viscosa y oscura que Idalia limpió con un trapo. El trapo salió manchado de rojo parduzco.