Tan efímero como un beso

Capítulo 15

El local latía con luces bajas y música que ya nadie escuchaba de verdad. El aire olía a cerveza derramada y algo más peligroso: deseo contenido.

Ana no supo que Alberto entró empujando la puerta con el hombro, Rocío permanecía a su lado como si temiera que la noche se la tragara. Ana había insistido en ver a Rocío, repitiendo que “era un asundo de vida o muerte”. Pero cuando los ojos de Alberto barrieron la multitud y aterrizaron en Ana —sentada en la barra con la espalda recta—, Rocío supo que había valido la pena y se quedó quieta cuando sus ojos se posaron en el recién llegado. Se le fueron los ojos. No fue sutil. La respiración se le aceleró un poco, los labios se le entreabrieron y una sonrisa lenta, casi hambrienta, le cruzó la cara al ver cómo Alberto avanzaba, cortando la gente como si el mundo entero tuviera que apartarse por él.

Ana lo sintió en la piel antes de verlo. Un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del local. Levantó la vista y ahí estaba: él, respirando agitado, los ojos oscuros encendidos con una mezcla de furia y algo mucho más profundo, mucho más hambriento.

Se detuvo a un metro. Lo justo para que ella pudiera oler su colonia mezclada con su sudor.

—Hola, ladrona —dijo en voz baja, ronca, como si la palabra le hubiera costado salir.

La frase cayó íntima, cargada, como un secreto que solo ellos dos conocían desde hacía poco tiempo.

Rocío soltó un suspiro teatral, entre divertida y deslumbrada.

—Oh, Dios… ¿es él? ¿Es tu galán?

Ana no contestó. Ni sí. Ni no. Solo sostuvo la mirada en Rocío, ignorando a Alberto, dejando que el silencio dijera todo lo que las palabras no se atrevían. Y en ese silencio, el bar entero entendió que sí.

Alberto giró apenas la cabeza hacia Rocío, sin despegar los ojos de Ana más que un segundo.

—Oye. Guarda silencio.

No fue un ruego. Fue una orden seca, tranquila, de las que no admiten réplica. Rocío tragó saliva. Algo en la voz de él, en esa mezcla de autoridad y contención, le recorrió la columna como electricidad. Se mordió el labio inferior, los ojos brillantes, y calló. No porque quisiera. Porque no pudo evitarlo.Entonces Alberto volvió a mirar a Ana.

—Y tú… vienes conmigo.

Ana parpadeó, el corazón latiéndole en la garganta.

—¿Qué?

Como si tuviera elección.

—No —dijo después, alzando la barbilla, la voz firme pero temblando en los bordes.

Alberto inclinó la cabeza, estudiándola con esa intensidad que la desarmaba. Una media sonrisa peligrosa le curvó los labios.

—Escucha. Será mejor que te levantes tú misma.

Extendió la mano y tomó el celular de Ana de la barra, donde ella lo había dejado descuidadamente. Lo guardó en su bolsillo trasero sin pedir permiso.

Ana alzó la mirada, desafiante.

—¿Y si no?

El reto brilló en sus ojos como una chispa.

Extendió la mano y tomó el celular de Ana de la barra, donde ella lo había dejado descuidadamente. Lo guardó en su bolsillo trasero sin pedir permiso.

—De lo contrario… tendré que cargarte. Y agarrarme fuerte de ese duro traserito tuyo.

La frase salió baja, casi un murmullo, pero lo suficientemente clara para que Ana sintiera calor subirle por el cuello. Soltó una risa incrédula, corta, nerviosa… y retadora.

—Estás loco.

Él no contestó. Solo esperó, los ojos fijos en los de ella, sin parpadear.

Y cuando Ana, con toda la dignidad que le quedaba, se puso de pie para marcharse en dirección contraria —solo para demostrar que podía—, Alberto actuó.

La tomó por la cintura con un brazo, la levantó del suelo como si no pesara nada y, en un movimiento fluido, se la cargó al hombro izquierdo. La mano libre descendió hasta su trasero, sujetándola con firmeza descarada.

Ana soltó un grito ahogado que se mezcló con una risa involuntaria.

—¡Oye! ¡Bájame ahora mismo!

Rocío dio un paso adelante, todavía aturdida.

—Ey, bájala, no seas…

Alberto giró la cabeza. La miró. Una sola mirada oscura, afilada, que la dejó sin palabras. Rocío retrocedió, los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando rápido.

El bar entero se había convertido en testigo. Susurros. Miradas entre admiración y envidia.

—Deja de retorcerte —murmuró Alberto junto a la oreja de Ana, la voz baja, íntima—. Duele. ¿Recuerdas que tengo una herida?

Ana, colgando cabeza abajo, el pelo cayéndole como una cascada, bufó.

—Pues yo soy la que está colgada de cabeza, ¿te parece justo?

Él soltó una risa corta, ronca, casi tierna.

—Sí. Me parece perfecto.

Entonces, más bajo, solo para ella, el aliento cálido contra su piel:

—Levanta la cara.

Ana obedeció sin saber por qué. Y cuando lo hizo, el mundo se detuvo.

Sus ojos se encontraron de nuevo. Y esta vez no había escapatoria. Había furia, sí. Había reproche. Pero también había deseo. Había silencio, de noches en las que uno sólo piensa en el otro y el otro fingía que no. Había todo eso concentrado en esa mirada.

Ahí fue cuando me di cuenta de que él también me había robado, pensó Ana, el corazón latiéndole desbocado. No solo mis pensamientos. A mí. Entera.

La imagen llegó sin piedad: su aún esposo, su violencia, su traición. Su madre dándole la espalda cuando más la necesitaba. Todos se habían ido. Todos la habían dejado vacía.

Todos menos él.

Alberto caminaba hacia la salida con ella al hombro, paso firme, brazo inquebrantable, brazo que no movía cerca de su trasero, pero cada roce era una promesa. Y ella, entre indignada y rendida, sintió que algo dentro del pecho se rompía… y se incendiaba al mismo tiempo.

Se vio a sí misma desde fuera: robada, cargada, sacada del bar a cuestas por el único hombre que había venido a buscarla cuando el mundo entero se dio por vencido.

Y por primera vez en mucho tiempo, no quiso que la bajara.

Nunca.




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